Un milagro - Dori Terán

                                       

 

Se acercan las fiestas patronales del pueblo. San Tirso y San Vicente mártires por abrazar la fe cristiana en la España romana, son homenajeados por el pueblo de Orbaneja cada 22 de Enero. Argimiro siempre ha vivido la fiesta con emoción y alegría. Se asoma muchas veces a la pequeña ermita donde se alojan los santos y habla con ellos. Sabe que son poderosos, por algo ascendieron directos al cielo tras su sufrimiento y ejecución. –“Oye Tirso, necesito un milagro, escúchame, por favor.” Y pega su cara a las rejas y les suplica con devoción. –“Tirso que mi Rosa se cure, tú lo puedes todo, eres el mejor…y si no que te ayude un poquito Vicente…a ver si entre los dos…Sabeis muy bien que todos los años os he traido mi arte, mi música y aunque me falten las fuerzas, este año mi concierto para vosotros será el mejor” Todos los años Argimiro viste sus mejores galas y lleva consigo el acordeón siguiendo solemne la procesión que glorifica a los santos. La potente melodía se expande por el camino rural con notas armoniosas. Envuelve a la fila de mujeres beatas que van cantando al son y van protegiendo con las manos las llamas de sus velas agitadas por el viento. Y envuelve a los hombres gentiles que con voz grave aportan dureza a la oración cantada, mientras los más jóvenes llevan sobre sus hombros los pasos que ensalzan a los santos. Y Argimiro soporta estoicamente el peso del instrumento y abre y cierra los pliegues del acordeón que desgranan los tañidos melódicos mientras un sudor frio recorre su flaco cuerpo por el esfuerzo. ¡Qué lejos aquellos años de juventud cuando el acordeón era una pluma para sus fuertes brazos!. Fue en aquel entonces cuando Rosa y él se enamoraron, cuando unieron sus destinos y fluyeron juntos en las alegrías y los dolores de la vida. Rosa aún no puede irse, no, no, no. Ya han recorrido el pueblo. Todo vuelve a su lugar. Argimiro corre a casa, sin pausa a la cama de Rosa y la encuentra sonriendo, con dos amapolas en las mejillas antes pálidas y frias. Se sienta a su vera, guarda las manos de ella en su regazo, eleva los ojos al cielo y exclama:-“Mañana vuelvo a tocar”.

 

 

 

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¿A qué huele el olvido? - Marga Pérez

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No he querido saber pero he sabido por Alba que Fer ha vuelto a casa, bueno, a mi casa, a aquella que dejó al marchar como si un tornado la hubiera atravesado …Perdí la cuenta ¿ un año, año y medio?. Sillas tiradas, platos rotos, cristales por todas partes, libros por el suelo, abiertos, discos regados hasta por el jardín… ¡Cuánto nervio! Diría su madre. Yo, que lo conozco bien, que viví con él bajo el mismo techo durante quince años y que sufrí en primera persona sus ataques de ira, digo ¡cuánta mala leche! Aunque se las pintaba solo para camelarme. No sé cómo siempre me engatusaba sin que me diera cuenta. Se acercaba con su mirada de animal herido, despacio, dominando la escena. No me tocaba pero, estando a unos diez centímetros de mi cara, acercaba su boca hasta mi oído y susurraba. Su olor a energía retenida, tabaco negro, barón dandy y arrepentimiento dulzón exhalado como vaho caliente en mi cuello, hacía que me estremeciera de tal manera que acababa lanzándome a sus brazos quitándole importancia a cualquier desatino que hubiera cometido.

¿De dónde sacaría aquellas palabras, aquel tono, aquella zalamería…? Eran las mismas con las que me había enamorado y el sabía que funcionaban.

Ha vuelto a mi casa convencido de que aún vivía allí. La vendí nada más divorciarnos, fue lo primero que hice. Era mía y no quería tener nada que me lo recordase, estaba impregnada de él y tenía que olvidarlo como fuera . Pensar que traía loquitas a tantas tontas como yo… No sé cómo lo hacía, era el alma de todas las reuniones, todos y todas, se lo rifaban. Contaba chistes, sabía anécdotas, relataba viajes, cocinaba, colaboraba en lo que fuera para que todos lo pasásemos bien. Cuando llegábamos a casa era otro. Mal gesto, desconfianza, control, no me dejaba tranquila, le tenía que enseñar el watsap, cada día, y lo de colaborar sólo cuando yo insistía y a regañadientes ¡Menos mal que no sabe dónde vivo! Sería capaz…Dios no lo quiera, no sé cómo reaccionaría si se me acercara... Aún me da pena, su mayor ilusión era ser militar y no dio la talla. Llevaba aquellos zapatos especiales, hechos a medida ¡un pastón! y sólo para ganar varios centímetros, pero no consiguió su sueño ¡pobre! Yo nunca tuve ese problema. Cuando salía sin el me subía a los tacones, los tenía siempre en el coche para evitar cabreos innecesarios. Cuando salíamos juntos, siempre plana, aunque soy de tamaño reducido, como el me decía.

Todavía no me creo que haya aceptado el divorcio. La verdad es que el psicólogo hizo un buen trabajo y se lo vendió como que era algo que le favorecía ¿El salir perdiendo? Nunca entró en sus planes quedar por debajo , pero lo aceptó destrozando todo aquello que se iba a quedar conmigo. A mi ya me había destrozado bastante antes de saber que me tenía que dejar, que, por mucho que le quisiera era imposible seguir juntos. Después supe lo de la otra. La conoció en el gimnasio donde pasaba varios días levantando pesas. Desde lo del ejército pasó a ejercitar su musculatura con disciplina militar, y, a ella, parece ser, que éso le ponía bastante, así que Fer salió de mi casa para vivir en la de ella… Pero ha vuelto.

No lo quería saber pero lo supe por Alba y ahora sólo soy capaz de dar vueltas como un animal enjaulado, como si nunca se hubiera ido, como si me lo fuese a encontrar aquí, en el salón de mi casa, como si fuese a invadirme de olor a energía retenida, tabaco negro, barón dandy y arrepentimiento dulzón exhalado como vaho caliente en mi cuello, como si oyese el susurro de sus palabras, como si no pudiese dejar de estremecerme atrapada en su cuerpo…

El teléfono me devuelve a la realidad. El segundo tono me intranquiliza al ver un número desconocido y pienso en no cogerlo. Seguro que alguien le dio mi teléfono... así y todo, contesto.

-Dígame -Mi voz suena con un aplomo que no siento

- Hola Mel ¿como estás?- Sólo el me llamaba así pero lo hubiese reconocido aunque me hubiese llamado de cualquier otra forma. Aquella voz de cordero degollado, de culpable arrepentido, de salvador de doncellas, de encantador de serpientes, no podía ser de otro más que de el.

-¿Qué quieres ? Le digo cortante

-Sólo saber de ti… ha pasado tiempo … Me doy cuenta que no acabamos muy bien...bueno, quiero decir, que no lo hice muy bien – dijo recalcando las palabras- he cambiado...

- Fer, está todo olvidado- Trato de poner distancia emocional pero el corazón va como una carrera de caballos.

- ¿Cómo estás?- Me interrumpe- Sólo quiero saber si tu estás bien…

-Si, si, estoy muy bien...

-Es que necesito verte- vuelve a interrumpirme con miedo a que le cuelgue- Necesito hablar contigo… necesito que me perdones, estoy tan arrepentido… No quiero nada más que verte, aclarar lo que pasó, pedirte perdón… estoy tan arrepentido… -Y se echó a llorar de forma sonora y a hablar con voz entrecortada- Perdóname no quería que esto pasara...lo siento Mel, lo siento, de veras.

Me quedé sin palabras. No sabía por dónde tirar. Había preparado esta escena con la psicóloga varias veces y ahora que era real no sabía qué coño hacer… No era mi psicóloga la que estaba al teléfono, era Fer, con su voz, con su dolor, con su arrepentimiento, con su llanto, hasta con su olor… y lo seguía queriendo. ¡Vaya si lo seguía queriendo!

Estuvimos un buen rato en silencio. El, ya sereno, seguía lloroso . Yo me empapaba de olvido, aún no sé cómo … No dijimos nada pero sabía qué era lo que tenía que hacer, colgué, apagué el teléfono, me perfumé ante el espejo y encendí el televisor. Era la hora de mi serie favorita.


 

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Morir antes de morir - Esperanza Tirado

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Los siguientes serían los niños. Al partir, un mar de lágrimas inundó a sus madres en los muelles del puerto. Muchas desaparecieron, ahogadas en el momento en que los barcos zarparon hacia puertos más seguros, lejos de las bombas. Las madres supervivientes, que lograron flotar entre las lágrimas, dejaron de vivir, esperando noticias de un hijo enviado lejos. a salvo de una bomba que quizá hiciese explotar sus corazones.

 

 

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Eso no vale - Marian Muñoz

                                          Gente Joven, Naure, Natualeza, Priroda



Tener un buen amigo es un gran regalo.

Un buen regalo es tener un amigo.

Los amigos regalan pero los buenos además están presentes.

Regalos puede haber muchos, pero amigos buenos son escasos.

  • ¡Venga, sigue sigue! tenemos que dar con el slogan adecuado al producto, si no lo encontramos se cambiarán de empresa de publicidad.

  • Es que el frío me encoge las ideas y no soy capaz de encontrar alguno original.

¡Tachan! No busques más regalos, aquí me tienes, amigo.





 

 

 

 

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Mi calle de jugar - Dori Terán

                                          La Carretera, Niños, Jugar, Multicolor

 

 

 

 A menudo en mis desplazamientos cotidianos paso a su vera. Alguna vez, al hacerlo acompañada de mis hijos que ya son hombres maduros, paro el coche, me enderezo orgullosa en el asiento y con solemnidad y cariño les muestro con la mano en un gesto delicado y firme mientras les digo:-“Ahí teneis mi calle de jugar. No la cambio por vuestras consolas y artilugios con los que os habeís criado”. La emoción que me cala y la huella que ha dejado en mi infancia, en mi vida toda, se escapa por algún lado y les llega, Javi llega a decirme:-“Como jugar en el pueblo mamá, que afortunada, tu calle para ti todo el año, no solo en verano”.

Ellos que desde pequeños entre las dudas que les planteaba el discurrir de la vida tenían aquella pregunta insistente:-“¿Cómo hay niños que no tienen pueblo?¡Es una injusticia!”, saben y conocen con detalle mis andanzas y vivencias en mi calle. Saben que tienen que mirar fotos si quieren reconocer el lugar que yo les cuento porque hoy el asfalto ha ganado el terreno, muros estéticos y construcciones nuevas han puesto otro orden allí. Mi calle era un arenal de playa, el mar en su retirada nos dejó la blanca arena sobre la que creció en algún montículo pequeñas plantas verdes propias, a las que nos agarrábamos los niños cuando patinando sobre cartones y otras veces rodando nuestros cuerpecillos aterrizábamos a los pies del montículo y la alfombra arenosa nos recibía empanados, jadeantes y ruidosos entre risas y aventuras inventadas. Nuestro máximo propósito era jugar. Al volver de la escuela tenía que centrarme en los tediosos deberes. Era un esfuerzo supremo porque mi mente solo pensaba en coger el bocadillo de la merienda, ir a las puertas de Yoli, de Rosa Mari, de Emilio, de Rafa y muchos más, para preguntar:”¿ Sales a jugar?” Y ella, nuestra calle de jugar nos ofrecía cada rincón libre y hermoso donde nuestra imaginación se disparaba y eramos todo lo que se puede ser. Una cantante con zapatos de tacón hechos con latas de conserva que sujetábamos al zapato y que habíamos encontrado en el basurero, con puntillas de la enagua que asomaban al remangarnos la falda, con colorete en la cara obtenido de los trozos de ladrillo que allí abundaban, los mismos con que pintábamos el cascayo. Y cantábamos subidos a las mesetas que sujetaban la torre de alta tensión al final de la calle. Yo era Marisol, “corre, corre caballito trota por la carretera… ” A menudo jugábamos al escondite en los pinares que mi calle escondía tras los edificios y los gallineros. Era digno el canto de los gallos en el patio trasero en el que también había un pozo que nos abastecía del agua a consumir en los hogares. Hasta que se hacía de noche jugábamos, imaginábamos, soñábamos. Con las primeras luces de las farolas resonaba como un eco las voces de cada madre llamando a su retoño para subir a cenar. ¡Cuantas veces simulé sordera¡. Mi hermano tenía otra estrategia, subía a casa, abría la ventana y tiraba el cubo y la pala con la que había estado jugando en la arena. Luego con cara inocente decía.-“Mama, tengo que ir a la calle se me ha caído sin querer el cubo y la pala”. Cuando esto le dejó de funcionar, le vi muchas veces subir a casa completamente tieso y a grito pelado bajo el brazo de mi padre escaleras arriba. Mi calle tenía y tiene nombre de héroe de leyenda Calle del Cid Campeador y yo creo que allí vivía el espíritu de la aventura y la libertad que todos los niños ansiamos y disfrutamos como nadie cuando se nos ofrece. Me quedó grabado para siempre ese aroma que rompe los moldes y normas que una sociedad tal vez demasiado manipuladora nos impone. Ya entonces los niños de mi calle rompíamos muchas de esas normas incomprensibles y puede que de ahí me haya quedado esa afición de faltar a muchas otras ilógicas e irreverentes, durante toda mi vida. Amo mi calle de jugar.

 

 

 

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Parece que va a llover... o quizá salga el sol - Marga Pérez

                                      Leer En Voz Alta, Leer, Libro, Abuela



Abuela ¿de dónde eres?...¡ Cómo son estos chiquillos…! Si, claro que cansan pero qué bien me lo paso con ellos… pensar que no entraban en mis planes… ni si quiera de futuro, no, la verdad es que nunca me vi como abuela. Lo reconozco, tenía cierto rechazo... si, si, lo tenía ¡Abuela! Quizá fuera la palabra… Me veía muy mayor, vieja, con esa edad en la que sólo estás para cuidar nietos revoltosos y malcriados... chocheando…¡qué carajo! Me veía decrépita, hasta con la baba cayendo… ¡qué equivocada estaba! . Con ellos estoy en otro mundo... bueno, es el mismo pero tan distinto… más guapo… y que listos son. Cuando estoy con ellos lo veo todo sencillo pero le doy tantas vueltas al coco…ellos me ayudan a entenderme, quizá… si, me entiendo mejor… doy muchas vueltas pero lo acabo simplificando, si, tiene que ser éso… Vivir es bastante más sencillo… ya me estoy enrollando otra vez, como cuando ayer jugaba con mi nieta... Estaba con ella, despreocupada, sin más, y va y me pregunta : “Abuela, de dónde eres?”. Con lo sencillo que sería contestar lo obvio, como todos… yo también lo hice, si ¡claro! A los ocho años, si se pregunta algo tan concreto, se espera, al menos, una respuesta igual de concreta pero... en alguna parte de mi se quedó ese interrogante enganchado y ya no pude dejar de darle vueltas… empecé a pensar en que me parieron aquí pero crecí en muchos sitios, que lloré en muchos brazos y además que bailé en pueblos apenas conocidos, como aquel de Cáceres cuando fuimos de vacaciones en el año… ¡Céntrate!... ser de un lugar…puede significar quizá que soy de la cuna que meció mis sueños... del parque que miraba cada día desde el dormitorio o del que corría y saltaba de niña por entre columpios… quizá que soy del colegio que me formó... de la calle que subí y bajé millones de veces ... de la iglesia que despertó esa generosidad que se resistía a aflorar… del aire que respiré, del bullicio que no siempre me dejaba dormir a pierna suelta, de la lluvia, del sol, del viento… ¡Cómo sonaban los inviernos desde la cama!… O del paraguas que no podía dejar en casa porque, si no llovía, siempre amenazaba … ¡qué infancia más plomiza tuvimos…!

Tal vez soy de aquella casa siempre llena de hermanos, padres, tíos, amigos… siempre llena de algarabía, movimiento, de olores, portazos...de televisión encendida tarde y noche hasta “El alma se serena”, el himno de España y la bandera ondeando entre nubes con distintos tonos de gris y mucha nieve... O de la misma casa llena de música, canciones, risas, llantos, juegos, carreras… de patines por el pasillo, de programas de radio en la cocina con caldera de carbón y mesetas calientes, con armarios a tope, cajones revueltos… -Hoy quiero ver el cajón de los calcetines ordenado- Aún veo a mamá con el dedo levantado… la casa donde esperábamos inquietas frente al baño haciendo cola, la del espejo compartido con mis hermanas, la de los vasos de cola-cao en la mesa de la cocina mientras del tostador salían rebanadas de pan y olor a merienda con mantequilla… puede que también sea de la comida que me dieron… y de la que me obligaban a comer y, quizá también, de la que cogía a escondidas trepando por las baldas de la despensa...

O a caso soy de la lengua que hablo desde que soy capaz de recordar, de las palabras con las que pienso, hablo, escribo, o de las que siempre oigo, aunque no quiera y, a veces, hasta escucho ...De los libros que aún hoy tapizan mis estanterías... ¡qué de polvo cogen! … el lunes le diré a Carmen que los limpie… O del diccionario que a menudo mi padre consultaba y nos leía en alto durante la comida… igual sólo era cuando estábamos juntos, aunque no comiésemos...no lo recuerdo bien, sólo lo veo a el con el tomo en la mano, muy serio, leyendo definiciones... palabra de Real Academia de la Lengua…ninguno gurgutaba, estábamos como a Misa. Puede que sea también de las palabras que inventábamos, que me llenaban de orgullo porque sólo con los míos compartía significado… De las que escribía en aquel diario que pensaba que nadie conocía y que sólo contaban chorradas … bueno, entonces no lo eran…¿ catorce años? ... ¡Cómo pasó todo! … Un soplo ¡Dios!

Quizá soy de los libros que forjaron mi adolescencia... también de los que leí a escondidas, en el baño o bajo las sábanas con una linterna para que no me delatase… de los de texto pesando, de lunes a sábado, sobre mi cuerpo bastante enclenque entonces … si, los sábados por la mañana íbamos al colegio...teníamos poco tiempo libre para leer otros libros llenos de fantasía, amores, aventuras…yo los leía todos.

Puede que también sea de aquellos praos de domingo, tortilla de patata, filete empanado... mil yerbas y mil eucaliptos los llamábamos… o del de la casa del árbol con luciérnagas veraniegas, canciones de sobremesa, mesa alargada, paella... chiquillos haciendo la bomba en la piscina, baldosas de pizarra que, con los pies mojados, resbalaban hasta caer de culo… del prao de las fiestas familiares, de los encuentros con amigos, de la copona de coñac caliente que rulaba de boca en boca, del de las despedidas de soltero, bodas, primeras comuniones y bautizos…del de los cumpleaños casi semanales, compra, limpieza y cada uno a dormir a su casa… Y hasta mañana... Un día, otro y otro...un verano, otro y otro… Y hasta mañana… cuarenta y tantos años compartiendo verano … También soy de ese prao... si... sobre todo de ése… Claro que soy de mi familia, del pueblo que me vio nacer y crecer, del momento histórico en el que me parieron, de la comunidad que me asturianizó , del país que me impregnó de su cultura y me situó de forma peculiar en este mundo ... también soy de esas otras familias con las que conviví, de esos otros pueblos y comunidades que me acogieron y en los que, quiero pensar, quedó algo de mi cuando después de años decidí regresar… Soy de mi pareja, de mis hijas, de los nietos, de los amigos…

Si, soy de todo y de nada, de todos y de ninguno, pero todo ello fue necesario para ser quien soy … todos me enseñaron a amar amándome, quizá también tratándome sin amor… no lo tengo claro (tendré que darle una vuelta en otro momento) pero sé que con todos ellos aprendí a amar y sigo haciéndolo. En este arte no me graduaré nunca, lo puedo asegurar, ya le di vueltas al tarro el otro día que Jorge discutía con Paula por algo de novios… no me acuerdo muy bien cómo llegué hasta aquí… pero sé, con toda seguridad, que siempre puedo amar más ...

Soy de dónde viví y vivo, así de sencillo… Igual fue lo que le dije a mi nieta sin apenas pensarlo antes ...tendré que preguntarle … Lo tengo claro, si, ahora si sé de dónde soy… ¡Qué chiquillos! estoy deseando que me los vuelvan a traer. Una bendición del cielo… si, éso son los nietos… sin ellos no estaría completa, sería otra mujer ... gracias por hacerme abuela, chicas… Os quiero mucho. ¡Anda! parece que va a llover… ¿vendrán hoy?... Tengo que acordarme de recoger la ropa … o quizá salga el sol...


 

 

 

 

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Colores - Cristina Muñiz


                                        Artesanía, Teñir, Cuota, Lotes, Ronda

 

 

 

Pese a su libro de escolaridad teñido de rojo, se había forjado un brillante porvenir. Porque no todo está escrito en los libros y la vida se empeña en pintar sus caminos utilizando toda la paleta de colores.


 

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