Reformas - Esperanza Tirado

                                       Hormiga, Escarabajo, Insecto, Insecto

 


Se apresuraron con el martillo y los clavos, esperando que los Hermanos televisivos acudieran a su rescate con el diseño de la casa de sus sueños. Cuando el agua de las cañerías les llegaba por las rodillas se dieron cuenta de que su reforma jamás saldría por la tele. Su pesadilla se hizo mayor al descubrir el festín que las termitas habían celebrado a lo largo y ancho de los muebles de madera; comprados de saldo en un mercadillo de antigüedades. Demoler su ruina y volver a casa de sus padres era el plan B que nunca hubieran querido poner en marcha.

 


 

 

 

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Hoy es el día - Marga Pérez

                                          Animal, Rana, Anfibio, Rana De Estanque



Machaco el ajo mientras, de reojo, repaso la receta en la mugrienta hoja ...

¡¡Ajá, por algo ayer no surtió efecto!! No eché la tripa de sapo verde y viscoso.

Vuelvo a empezar.


 

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Locaty Whisky - Marian Muñoz

                              Resultado de imagen de fotos libres baúl de viaje con ropa

      

Es una tarde veraniega de lluvia, el calor no deja siquiera dormir un rato de siesta a la que incita la oscuridad provocada por las nubes. Para estar entretenida opté por ordenar cajones del salón tropezando con una caja vieja de cartón llena de fotografías de mi niñez. Aparecían mis padres, tíos, primos y por supuesto la Locaty Whisky. Un apodo que puse a mi tía Hortensia ya que en cuanto entraba por la puerta de casa antes de saludar ya estaba pidiendo un whisky on the rocks a papá, y no bebía del barato porque decía sentarle mal. Al cabo de tres vasos su conversación era tan chispeante y fluida que sólo podíamos escuchar, no había forma de meter baza.

Era la hermana de papá, forrada de pasta y triviuda. Según contaba, tras morirse el tercer marido se puso el mundo por montera haciendo lo que le daba la gana. Estrafalaria, extravagante, transgresora, todas esas palabras sólo eran adjetivos para su apariencia porque en el fondo era una bellísima persona, un poco libertina y alocada, pero al no hacer daño a nadie no se le podía reprochar. Caminando por la calle todos se giraban a su paso al no tener desperdicio su indumentaria, como si hubiera elegido la ropa a ciegas. Combinaba cuadros con flores, colores chillones, boas de plumas, sombreros según la época del año de lo más inusuales, en fin, no había duda que le importaba un bledo lo que el mundo dijera de ella porque hacía lo que quería.

Tanto en las fotos de joven como ya de mayor mostraba gran belleza, con tipo de modelo sabía contonearse como nadie. Al primer marido lo conoció siendo gogó en un festival, cantante de renombre muy solicitado en funciones por todo el país y parte de Sudamérica. De gogó en la coreografía pasó al coro y en el Mar de Plata se casaron muy enamorados. El susodicho era un calavera, después de la actuación ella le esperaba pacientemente en el hotel, pero ya se sabe, debía alternar con personajes influyentes y con mujeres, por supuesto, hasta que una mezcla de alcohol y drogas lo tumbó en el escenario, quedando viuda muy joven con la fortuna del difunto.

Con la faltriquera repleta se dedicó a la vida nocturna y a dar fiestas para la jet set, hasta conocer a su segundo marido, un banquero ratón de biblioteca pues no paraba de leer estudios de mercado, bolsas y negocios de otros países, siendo su único interés. Además, también era algo rata al no permitirle grandes gastos, había que ahorrar para cuando vinieran mal dadas mientras él invertía en bonos italianos y sisaba a sus clientes. Un infarto sin previo aviso se lo llevó al otro barrio y la pobre viuda quedó nuevamente sola, desconsolada y bien forrada al ser ya dos fortunas las que podía dilapidar.

Tras las estrecheces pasadas comenzó a vivir a su antojo, se le ocurrió ir de crucero por el Mediterráneo, uno bien lujoso donde, por supuesto, no faltara el famoso whisky on the rocks. Entre los pasajeros había un cazafortunas muy apuesto al que enseguida echó el ojo. Aquel hombre le proporcionaba tal placer físico y mental que decidió casarse con él a pesar de ser consciente de lo que era. Una boda romántica bajo la luna de Creta, el capitán los casó y fueron muy felices. En cuanto regresaron a casa contrataron de mutuo acuerdo un seguro de vida siendo beneficiarios el uno al otro. Dos semanas más tarde el casanova recibió una jugosa herencia de una antigua amante quien no se había acordado de borrarle del testamento cuando la abandonó. Ahora, ambos millonarios, pretendían vivir su amor alocadamente a todo lujo, así fue como él perdió la vida estrellándose con un coche Lamborghini, Hortensia desconsolada volvió a recibir otra fortuna más el seguro de vida.

A pesar de todas las desgracias nunca dejó de ser una persona vital y con ganas de disfrutar. Cuando la conocí seguía tan loca como siempre, con amigos eventuales y fiestas nocturnas, aunque ya su conducta era más comedida. Con tanta fortuna compró un chalet en un barrio exclusivo de la ciudad al que acudíamos en su cumpleaños, o venía a los nuestros y en Navidad. Mis tíos y primos acudían a ella para sangrarla económicamente, lo que me chocaba es que nosotros nunca le pedimos nada, al menos no era consciente que así fuera, siendo los únicos que compartíamos celebraciones con ella.

Ir a su casa era una pasada, iba en consonancia a su estrafalaria forma de vestir, lo más destacado su dormitorio, casi tan grande como mi piso, donde resaltaba un biombo tras el cual se cambiaba de ropa y un antiguo baúl vertical de viaje en el que colgaba sus famosos vestidos, guardando en sus cajones lencería de seda, joyas y zapatos de raso. Para una niña de barrio obrero como yo aquello era una pasada. No gustaba de presumir de lujos, pero ante mi boca abierta no podía evitar relatar la historia de cada objeto.

Cuando hablaba de sus maridos terminaba cantando aquello de:

Yo tuve tres maridos y a los tres envenené

Con unas cuantas gotas de cianuro en el café

Pero seguramente no me guardan rencor

Porque han ido directos hacia un mundo mejor



Por supuesto no los había envenenado, pero ponía ese aire de mujer fatal y luego nos reíamos sin parar. Otra de sus cualidades era acertar con el regalo que más deseaba, incluso pensé si tendríamos telepatía porque nunca fallaba sin siquiera pedírselo. A pesar de crecer e ir ampliando estudios nunca dejé de acudir en su cumpleaños y de conversar con cierta frecuencia por teléfono. Primero murió papá y dos años más tarde mamá. Mi trabajo me llevó al extranjero, pero siempre que regresaba le hacía una visita para no perder el contacto que habíamos mantenido en vida de mis padres. En esa etapa estaba delicada de salud gastándose un dineral en especialistas y personal que la atendieran.

Un 5 de marzo, recuerdo que caía una gran nevada, me llamaron los tíos para informarme que estaba ingresada muy grave. Cogí el primer avión que pude más no llegué a tiempo. El funeral estuvo muy concurrido y en el cementerio había mandado construir un mausoleo sencillo pero precioso, ante él nos reunimos la familia que quedaba, cada vez menos. No pude evitar que me diera un bajón, decidiendo ir a la oficina central por ver si tenían algún despacho para mí y poder quedarme en el país aunque perdiera dinero, necesitaba recuperarme en casa y cargar las pilas para cumplir adecuadamente con mis responsabilidades.

Andaba de lo más indolente cuando llamaron a la puerta, un transportista traía un bulto grande a mi nombre, no he pedido nada le dije, más me indicó que venía departe de Hortensia. Depósito el bulto en el salón y al rasgar el papel del envoltorio descubrí el baúl de viaje, la sorpresa me hizo dar un brinco, se había acordado de mí antes de morirse, no paré de llorar hasta que conseguí calmar mi tristeza por la muerte de las personas que más quería, mis padres y mi tía. Supuse que su herencia la estarían tramitando mis tíos, sus hermanos, y que como sobrina había tenido la deferencia de enviarme algo que yo tanto admiraba cuando me lo mostraba. Al abrirlo tenia colgados abrigos y vestidos de temporada, en los cajones bufandas y guantes de invierno hacían compañía a sus joyas y en el cajón de los camisones había un sobre dirigido a mí. Con gran nerviosismo lo abrí y me dispuse a leer la carta, en ella me pedía que no llorara por su ausencia, había sido muy feliz sobre todo por haber contado con personas tan maravillosas en su vida como mis padres, sobre todo mi madre, una gran mujer que había cuidado, educado y formado a lo que ella más quería en este mundo a pesar del apodo que le había puesto de Locaty Whisky.

Hortensia era mi madre biológica, no se creía capaz de cuidar y criar a una criatura, así que habló con su hermano, mi padre, quien buscó la aprobación de mamá y me donó a ellos. Les encomendó que nunca me lo dijeran porque una madre no es sólo la que da a luz, sino la que día a día cuida de una niña que algún día será mujer y no es tarea fácil como para complicarla con explicaciones banales de hijo biológico o de adopción. Me lo confesaba ahora porque quería dejar claro cuál era el motivo por el que me nombraba su única heredera y aunque las arcas estaban algo mermadas seguro que sabría utilizarlo sensatamente. En el sobre había un boleto con los datos de su Administrador, él sabría cómo ayudarme a gestionarlo todo porque siempre había sido muy leal con ella.

En ese instante comprendí la causa por la que mis padres nunca le pidieron dinero ya que vivían con el bien más preciado para ella.

Acepté la herencia, me tomé un año sabático para hacer reforma en el chalet que iba a ser mi hogar, en mi dormitorio seguiría estando el biombo y el viejo baúl, aunque no, no iba a vestir las ropas de mi querida Locaty Whisky esas las dejo para cuando envejezca y me ponga el mundo por montera.

Espero que mañana vuelva a salir el sol pudiendo pasear por la calle y disfrutando de la vida tanto como ella.


 

 

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A toda vela - Esperanza Tirado

                                             Capitán, Linda, Pirata, Rodar, Guerrero

 

Una calavera, pequeña. Dos tibias, enormes. Un loro, desplumado y raquítico. Un parche desgastado para el ojo izquierdo, el bueno. Una bandera hecha un siete. Un baúl, mugroso y vacío. Un mapa del tesoro desteñido en donde debería estar la X. Una cáscara de nuez por barco.

Su carrera de pirata empezaba coja.


 

 

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Cosas de abuela - Marga Pérez

 

 

 

 

 

 

                                    Madre e hija haciendo selfie en salón

Cuando aquel adolescente piojoso de rastas y aspecto tuberculosín me espetó hace unos días lo de puta capitalista desde la entrada de la piscina, no le di ninguna importancia, pero debería habérsela dado. No, no porque crea que tiene razón. ¡Qué va! ¿Acaso soy capitalista por vivir en una urbanización con piscina? Pues no. Yo sé que no lo soy y lo que piensen los demás me trae al pairo. Lo de puta es que ni me lo planteo… a la vista está lo que soy y lo que no... Debería habérsela dado porque sin comerlo ni beberlo lo tuve que aguantar sentado a mi mesa… Siii ¡Un desalmado! éso es lo que es. Me importa un cojón que me hubiera insultado, que lleve rastas y además que tenga cero modales pero Rosina no se merece un tío así al lado. Quince años. Un encanto de cría y educada con lo mejor de lo mejor… Abuela, puedo traer a un amigo a comer, quiero que lo conozcas, es muy especial, me dijo emocionada y nerviosa. Hasta se puso colorada… Con Rosina siempre tuve una relación estupenda. Fue la primera de los nietos y su madre echaba mano de mi, muy a menudo, para ocuparme de ella. Creamos un vínculo difícil de definir pero confiábamos la una en la otra como si fuéramos sólo una, os lo aseguro. Para mi era transparente y ahora va y sale con éstas… Por supuesto que le dije que si y además estaba ilusionada viendo cómo mi pequeña crecía y se iniciaba en el mundo adulto con rubor adolescente.

Saqué el mantel de hilo, la vajilla buena, las copas de mi madre y hasta puse un jarrón con flores naturales para hacer más bonita la mesa… Cuando abrí la puerta no lo reconocí pero su mirada altiva y desafiante lo delató… ¡puta capitalista! Parecía que decía una y otra vez mientras Rosina se desvivía por hacer agradable una visita que no podía serlo y éso que ninguno de los dos nos dimos a conocer ni mencionamos el incidente, pero los dos sabíamos quiénes éramos y cómo nos habíamos conocido.

La conversación discurrió, con el arrobo de Rosina en su persona, por las típicas chorradas adolescentes con tintes de idealismo trasnochado, pseudo filosofía barata y justicia social basada en bulos, desinformación y prepotencia. ¡Mucha prepotencia! Qué desvalida la vi a su lado. Era una cría, sin hacer, sin ideas propias y el creía que se lo sabía todo, que la verdad y el eran una misma cosa y que a todo tenía derecho por el mero hecho de existir...

Cuando se fueron los vi felices, iban metidos el uno por el otro, mirándose a los ojos embobados, sin volver la vista atrás para nada, ni para decir adiós a la vieja chocha de su abuela… se me encogió el corazón . No sé por qué . Me encontraba fatal.

Me fui a la piscina, a esa hora no solía haber nadie. Necesitaba soledad. Estaba hecha un lio y no sabía qué hacer... Sopesé todas las posibilidades y nada… Una cría enamorada rompe primero con su abuela que con su novio… si hablo con su madre, malo, pierdo su confianza. Si hablo con el piojoso, peor, somos de dos mundos, no nos entendemos… ¡Qué tranquilidad! Sonido de pájaros y del agua que borbotea al entrar en la piscina… … … … Me dejé llevar por la paz del entorno… … … ...

Y ¿por qué pienso que tengo algo que hacer?… Parece que la vida no me enseñó nada y no es verdad… La que tiene que hacer es ella , yo sólo tengo que dejar vivir y estar cerca para cuando me necesite, acompañarla, quererla y ayudarla a recomponerse cuando venga con el corazón hecho añicos, que vendrá… Cómo le haga daño no sé qué le hago… Uff con lo sencillo que sería un poco de cianuro en el postre y... adiós piojoso… ¡¡Ten nietos para ésto !! despiertan lo peor que llevamos dentro… Bueno, y lo mejor.

 

 

 

 

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Ecologistas en acción - Marian Muñoz

                                          chica de ojos marrones se asoma con miedo a través de persianas venecianas - vecina fisgona fotografías e imágenes de stock

 

 

 

Mi vecino se subió a la azotea con una cuerda larga, un gorro de papel de periódico en la cabeza y una sierra mecánica. Acababa de retirar la última prenda del tendal e instintivamente permanecí quieta intentando pasar desapercibida pues la visión daba mucho miedo.

Apenas hice ruido al respirar cuando veo que deja la sierra en el suelo y con la cuerda en la mano se inclina exageradamente hacia afuera por el pequeño muro de la azotea, en equilibrio precario. No cabía duda que ese gorro, el cual ni se movía, mostraba a la legua un trastorno mental grave, no sé si con tendencias suicidas o peor aún, con afán de dañar a alguien.

Si le hablaba o decía algo temía asustarle y cayera al vacío. Sin apenas moverme y susurrando llamé al 112 avisando de un suicida en mi azotea. La policía debía estar cerca porque enseguida se oyeron sirenas y en apenas unos minutos aparecieron de sopetón, cogieron al vecino por las piernas y se lo llevaron a rastras escaleras abajo. ¡Hay que ver con qué poca delicadeza! Temía que del susto cayera, pero no, el tío no debía tener tendencias suicidas porque ni siquiera el gorro, a pesar de la ligera brisa, se le movió.

Sorprendentemente ninguno miró hacia mí, mis pintas debieron confundirse con el paisaje de la ropa tendida. Después de unos minutos y como nadie más llegaba pude por fin moverme sin temor. Habían dejado la cuerda colgando y la sierra justo donde la había puesto su dueño. Antes de bajar la ropa seca a casa me entró curiosidad por ver qué era lo que intentaba mi vecino. Con mucho tiento me asomo al murete y compruebo que la había atado al árbol plantado en el último balcón del edificio, ese árbol que de marzo a noviembre se llenaba de aves de todo tipo y cuyos excrementos caían a los balcones más abajo, entre ellos el mío.

Habíamos protestado muchas veces, le habíamos requerido para que lo trasladara de sitio, pero él hacía oídos sordos a nuestras súplicas. El más afectado era éste vecino suicida, por culpa de ese árbol su balcón se llenaba a todas horas de cagadas y hojas muertas y no me extrañaría que harto del problema intentara cortar el árbol.

Me asomé un poco más con cuidado de no perder el equilibrio y observé que lo tenía atado y bien atado, así que se me ocurrió continuar la labor tan precipitadamente parada. Usar la sierra no era factible porque además de darme miedo no tenía idea de cómo funcionaba. Pero como soy ingeniosa y estando tan bien atado, pensé en tirar hacia arriba del árbol, pesaría demasiado, claro y no tengo tanta fuerza, pero rodeando con la cuerda una chimenea de aireación para hacer de palanca, seguro que lo conseguía.

Me puse manos a la obra tirando con todas mis fuerzas, al principio resistía, pero poco a poco parecía ir venciendo a la gravedad, hasta que de repente la cuerda se me escapó, como si de un látigo se tratara, con un chasquido pegó un golpe a la chimenea derribándola. La cuerda cayó vertiginosamente a la calle impulsada por el maldito árbol, me asomé con cuidado de no ser vista comprobando si alguien había sido dañado. Gracias al cielo que el desperfecto sólo fue un agujero bien grande en el toldo de la perfumería del bajo del edificio. No parecía haber nadie herido. Instintivamente me largué lo más rápido que pude de la azotea, bajando de dos en dos los peldaños de la escalera hasta entrar en casa. Esperé aguantando el aliento por si alguien llamaba a la puerta y me denunciaba, pero no, sólo se oían las sirenas de los bomberos, la policía y las ambulancias. Al cabo de una hora o así me asomé por el balcón lleno de tierra y hojarasca, mucha gente en corro por la calle, pero nadie miraba hacia mí.

Por fin habíamos acabado con el maldito problema del árbol. Tengo que decir que soy ecologista, estoy en contra del cambio climático y todas esas zarandajas, pero la madre naturaleza tiene que estar donde debe y no en un balcón de ciudad.

Lo último que supe del asunto es que el seguro de la perfumería había denunciado al dueño del árbol, éste a su vez había denunciado al vecino, pero como no estaba en la azotea cuando ocurrió el accidente, pues denunció a la policía por no haber desatado la cuerda y el seguro de la comunidad había denunciado a la policía y al vecino por el derribo de la chimenea. Yo chitón que en boca cerrada no entran moscas.

 

 

 

 

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Palabras de amor - Marga Pérez

                                          Hombre, Escribir, Plan, Escritorio



Esto será lo último que escriba. No tengo nada más que decir. Estoy cansado de vaciarme, de transformar en palabras lo que soy... Pensé que vivir era algo más interesante, la verdad, que pasar por este mundo tendría un atractivo especial pero, en mis treinta y ocho años de vida, no lo veo. Dije todo lo que quería decir. Punto. ¿Para qué seguir? Palabras, palabras…La verdad es que nunca fui de hablar, todo lo contrario, soy de los de pasar. No hay nada de tanto interés como para salir del mutismo, y, cuando lo hago, reciben mi voz como si el mismo Dios hablara… es curioso... Me aburren las chorradas que todos dicen y yo desconecto… Cansinos…¿ Eso es vivir?

Cuando conocí a Silvia me fui al lado opuesto. Lo de hablar fue lo más de lo más. Estaba enamorado y me esforzaba por hablar. Ella me miraba absorta, no decía nada, sólo me miraba sin desviar los ojos de mis felinos ojos. Mi madre me los dejó en herencia a falta de otros bienes y atraían lo mismo a unos y a otras, una pena que ella sólo tuviera oídos para mis ojos y no se enterase de lo que trataba de darle. Lo supe cuando, sin esperarlo, me echó en cara que no hubiese nada detrás de los ojos que la habían enamorado. Yo ya le había contado todo de mi y había vuelto a mi silencio habitual. Mudo, decía ella… ¿Mudo? Nunca llegó a saber cómo soy, está claro… Por qué no escribes, dijo un día de pasada como si no fuera algo importante ni lo hubiera planeado, sesión tras sesión, con su psicólogo. Sí, me dijo, por qué no pones por escrito eso que no eres capaz de expresar, ya verás, te vendrá bien… nos vendrá bien...

Le había contado todo lo que sabía de mi, TODO, y ella no se había enterado. Así y todo le hice caso y empecé a escribir. No me guardé nada de nada, todo lo puse en aquellas hojas. TODO. Escribir fue para mi un inmenso acto de amor, lo mismo que hablar lo había sido cuando la conocí. Quería agradar a Silvia, arreglar lo nuestro. Quería que ella viese cuánto la quería, nada más, pero su hermano trabajaba en una editorial y publicó mi primer libro, un segundo y hasta un tercero... No entiendo por qué gusté tanto. No escribía para ellos. No era mi intención ser famoso ni gustar a nadie desconocido, sólo a Silvia... Me llamaban de la tele, de la radio. La gente me paraba por la calle… no lo podía soportar. Cuanto más me distanciaba de Silvia más me acercaba a gente que no conocía de nada y que quería saber más y más de mi… ¿Para qué?… No entendía nada ... Me fui, me escondí en un pueblo perdido … no quería vivir así. Silvia me había dejado, me dijo, con las maletas en la puerta, que no podía con mi silencio... se fue y, como pude, me encerré en aquel pueblo en medio de la nada, a cal y canto, solo con mi vacío. Soy palabras y misteriosos ojos felinos. He desaparecido… No tiene sentido seguir… Creí que sería más rápido. Me aseguraron que con una pastilla sería suficiente… y aquí estoy habla que habla, sin ton ni son diciendo tontunas que a nadie importan… Silvia, te quiero… Ah! He donado mis ojos. Los derechos de autor quedan para la investigación de cerebros vacíos. El mío será el primero, es la condición que puse… estarán llegando… Oigo el moto del coche...¡Putas pastillas! Y sigo vio...sient que m voy deshciend por dentro.. que el fnal no est lejos, qu ls letrs se me espan sin ontrl. O puo ms…

Cuando llegaron del instituto de investigación, sólo encontraron este documento y un montón de letras viscosas desperdigadas alrededor

 

 

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