Admiro a las personas que son
como los pájaros, sólo se preocupen del día a día, no piensan en el pasado o en
el mañana, sino en vivir cada instante con sus alegrías y sus problemas. Algo de lo que soy incapaz, siempre pensando en
la semana que viene o el día siguiente, preparándome para lo que pueda venir, para
no pillarme de sorpresa y conseguir suficiente energía para superarlo, ya sean
alegrías o tristezas, dificultades o éxitos, siempre pensando en el futuro y en
ocasiones dejando de vivir el presente.
Éramos una pareja mayor, bueno
aún lo somos, los chicos hace tiempo que han volado del nido, por desgracia muy
lejos, sólo nos teníamos el uno al otro, pero el maldito destino todo lo enreda. Mi madre tuvo un infarto, salió muy tocada y
necesitada de atención las 24 horas, eso llevó a mudarme con ella. No quería salir de su casa, para una
residencia aún no estaba y quedó tan alterada de ánimo que preferí asumir sola
la responsabilidad de cuidarla. Durante
5 años permanecí con ella, el primero fue desesperante, con esfuerzo conseguí
aprender lo de vivir el momento, según surgían problemas los iba resolviendo y
poco a poco logré disfrutar de ella hasta que falleció.
Al principio Edu permanecía
sólo en casa, pero su padre se rompió el tobillo en una caída y tuvo que acudir
a cuidarle, tres años duró esa circunstancia hasta que falleció también. A pesar de vivir en la misma ciudad lo
hacíamos en barrios diferentes, en ambientes diferentes y con gente diferente,
aunque hablábamos a diario por teléfono.
Nos contábamos cómo prosperaban nuestros mayores, que pastillas les recetaban
o cambiaban, si los médicos y enfermeras tenían paciencia, incluso en ocasiones
sobre nuestros hijos y lo bien o mal que llevaban sus vidas. Seguíamos alejados pero en contacto, dejamos
de hablar de nosotros para hacerlo de otros y nuestra relación se esfumó.
Mi madre fue la primera en
fallecer y regresé a la soledad de mi casa pues él seguía aún con mi suegro,
quien unos meses más tarde falleció, consiguiendo reunirnos en nuestro piso. Al principio muy atareados con papeleos de
las herencias, vaciando cada uno la vivienda de su progenitor con intención de
venderla. Nos llevó unos dos años más,
dos años en los que nuestra convivencia era más de compañeros de piso que de
cama, porque perdimos la costumbre de la caricia, la charla sobre nuestras
inquietudes o gustos, tan sólo hablábamos de hijos, nietos y la lista de la
compra. Con tanto trajín seguíamos
alejados, aunque juntos físicamente.
En ocasiones era consciente
que nuestro comportamiento no era de pareja, sino de simples amigos con hijos
en común, otras sin embargo aceptaba mi individualidad y planeaba salidas o
quedadas para mí solamente, lo que acentuaba más nuestro distanciamiento. Estábamos en esa tesitura cuando un día al
salir de casa para ir al banco me dice - ¿Te
apetece tomar algo luego? Sorprendida respondí que sí, - Te veo a las doce en la terraza del Bismark,
tenemos que hablar. -
Ese tenemos que hablar me asustó
¿Cuál era el motivo para no hacerlo en casa? Quedé muy mosqueada.
Suelo ser puntual, es más,
suelo llegar antes de tiempo a las citas.
Me senté y pedí una bebida, iniciándose mi comedura de tarro, ¿Qué
querrá decirme? ¿Será que quiere el divorcio? ¿Querrá separarse porque ya no
somos pareja? ¡Qué será de mi sin él! ¡No
estoy preparada para vivir sola y aún le quiero! ¡Es mi marido, aunque no se lo
demuestre! ¿Igual ha conocido a alguien estando con su padre? ¡Pues si es así más vale que se vaya! ¡No
pienso largarme de mi casa! ¡Si ya sabía yo que no tenía que haber vendido el
piso de mi madre! ¿Ahora dónde voy a
terminar? ¡Pues del piso no me voy, si hace falta le compro su parte! ¡Tengo
una edad en que no puedo andar por ahí buscando un nuevo hogar y además sola!
Mi cabeza no paraba de pensar y prepararme
para lo peor. Mientras estaba absorta
con mis diatribas mentales no dejaba de observar una maleta roja posada en la
entrada del parque, delante del muro y la verja de hierro negra. No parecía ser de nadie, los pocos viandantes
iban y venían sin siquiera mirar para ella, no tenía pinta de estar su dueño
cerca y me intrigó. Me intrigó porque
tenía una igual, en el altillo del armario, con la que íbamos de vacaciones
cuando lo hacíamos. Una maleta muy
común. Entretenida con mis pensamientos
e intrigada con la maleta no me di cuenta que ya eran las 12,20 y Edu sin
aparecer. Si algo que detesto
sobremanera es la impuntualidad, así que pagué la consumición y me iba a casa,
pero la maleta me atraía. ¿Si alguien
había puesto una bomba en ella? ¿Debía llamar a la policía para alertar? ¿La
habrían robado y dejado allí tirada?
Venciendo mis temores fui
acercándome para verla mejor. Era muy
común y se la veía viajada. Olvidándome
de la bomba me aproximé lo bastante como para ver una cinta que terminaba escondida
en su bolsillo exterior. Quizás tuviera
enganchado el nombre de su propietario, me parecía de ley tirar de ella y
comprobarlo, aunque quizás fuera a ponerse en marcha la bomba. Hice acopio de valor y tiré de ella,
efectivamente atada a la cinta había una bolsa transparente y dentro se veía
documentación. No conseguía leerla así
que abrí la bolsa y saqué unos documentos de viaje. ¡Bien, ahí estarían los datos de su
propietario!
Cogí mis gafas de ver y leí su
nombre ¡El mío con todo detalle! un
billete de avión a Noruega, estancia de 10 días con viaje en crucero por los
fiordos. Detrás estaba el mismo documento con el nombre de Edu. No entendía nada, siempre quise hacer ese
viaje para ver el sol de medianoche y una cosa por otra nunca pudimos. En mi imaginación empecé a verme en el avión,
paseando por las calles de aquel país y disfrutando de los fiordos desde el
agua. Estaba tan ensimismada sin notar que
alguien se acercaba a mí. Cuando alcé la
vista vi a Edu, riéndose de mi feliz cara de sorpresa. No pude menos que abrazarle, casi le tiro por
mi efusividad, y le besé, ¡vaya cómo le besé! me salió espontáneo consiguiendo
acabar con nuestro aislamiento. Era mi
maleta ¡claro que lo era! y como siempre, él me conoce muy bien, mejor que yo a
él, sabía que no me iría de la terraza sin investigar qué hacía una maleta roja
en la puerta del parque.

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Enhorabuena Marian, tal cual, así es la vida
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