
Nos
pasamos la vida buscando felicidad y cuando menos lo piensas la
hallas. Trabajando en la frutería creí haber encontrado mi sitio,
se me daba realmente bien aunque mis inicios no fueron nada fáciles.
En la escuela iba fatal, cada día me daba cuenta que los números y
las letras no eran lo mío, lo demostraba al entregar las notas en
casa, por ello cumplidos los catorce, mis padres me llevaron a la
Frutería Marquínez del barrio de toda la vida y bajo tutela de su
dueña aprendí a diferenciar lo que era un kilo, de un cuarto o tres
cuartos, que los huevos se vendían en docenas o medias, los nombres
de todas las frutas y hortalizas, incluso aquellas que en casa nunca
catábamos. También aprendí con sólo tocar el culo cuando un
melón podía estar listo para comerse. El sueldo no era mucho pero
sentirme una pizca independiente y poder gastar algo de lo que había
ganado, me hacía sentir muy feliz.
A
los dieciocho la señora Marquínez me pagó el carnet de conducir
para ir sola con la furgoneta a Mercacentral, levantarse a las cuatro
de la madrugada para estar allí a las cinco y ser de las primeras en
adquirir el género requería mucho esfuerzo y ella se estaba
haciendo mayor. Me había enseñado a regatear, a diferenciar
calidades, a reconocer qué producto venía de fuera y cual era del
país, con esos conocimientos y mi don de gentes casi llevaba solita
el negocio. Cuando entré a trabajar su cónyuge se dedicó
exclusivamente a la llevanza de la contabilidad, facturas, pedidos,
albaranes y también a llevar al banco los ingresos del día. La
señora Marquínez andaba mosqueada pensando que su maridito tenía
demasiado tiempo libre entre tanto papel y pronto me dejaron sola a
la hora de comer, menos mal que la moderna caja registradora siempre
me chivaba el importe a devolver al cliente y así no romperme la
cabeza.
En
aquel negocio discurrió mi adolescencia, sufrí la pérdida de mis
padres, cargando cajas dejé pasar mi juventud y aunque era conocida
en el barrio ningún muchacho se interesó por mí, siempre consideré
que mi sonrisa y mi voz cantarina sería del agrado de alguno, pero
se ve que mi sino no era el de esposa ni madre. Durante veinte
largos años reí, lloré, sufrí y me congratulé con las vidas de
mis clientas, siempre creí ser como una hija para los dueños de la
frutería pero al llegar la fuerte crisis económica el hijo de mis
patronos quedó en el paro, su empresa había cerrado y con cuarenta
años le costaba encontrar otro empleo. Empezó a rondar por el
local, recogía alguna caja, sonreía a las señoras y poco a poco
comenzó a tener responsabilidades. En mi mente se forjó la ilusión
de hacernos novios y casarnos llevando la frutería como negocio
familiar, pero la realidad a veces resulta cruel. Empezó a
sonreírme, a guiñarme el ojo y a decirme cosas bonitas cuando
conseguíamos estar a solas, un día intentó propasarse conmigo y lo
rechacé de inmediato, pero él siguió con esa táctica, tanto me
incomodó y tanta vergüenza me daba que se supiera, que decidí
pedir el finiquito y marcharme. Tonta de mí, ese era su propósito,
pues si me despedían tendrían que indemnizarme pero al irme
voluntariamente les salía más barato y por fin su hijo se quedaría
en la tienda ayudando a su madre, todo quedaba en casa.
Durante
unos meses me entretuve renovando un poco el piso de mis padres a la
par que echaba curriculum en todas las fruterías que pillaba,
incluso en grandes superficies, pero la crisis golpeaba fuerte.
Decidí darme de plazo un mes más y si no encontraba trabajo al
menos alquilar una habitación para poder sobrevivir. Pinté los
muebles de madera maciza con colores modernos dando un aire más
acogedor al que había sido mi dormitorio, cambié apliques y cortina
en el baño para hacer atractivo el entorno de la futura inquilina,
porque un hombre no iba a meter en casa. En esas cábalas andaba
cuando llegó carta del párroco de Valtueña, me indicaba que le
visitase para recibir la herencia de Verónica, una prima de mi madre
a la que no veía desde pequeña cuando íbamos al pueblo para comer
con ella dos veces al año, el día de la fiesta y el de su
cumpleaños. Recordaba que era una mujer sonriente y cariñosa, pero
su rostro se había desdibujado con el paso del tiempo. Llamé por
teléfono para concertar cita e indagar en los últimos años de la
finada, me alegré de encontrar a un cura amable quien prefirió
dejar la información para nuestro encuentro.
Mi
madre y Verónica eran primas y como tal se habían comportado
siempre, tuvieron una relación tan cercana que fue mi madrina de
pila, entre las dos tejieron fuertes lazos y al no tener ella
descendencia ni parientes cercanos me dejaba su herencia. Los bienes
eran una pequeña cantidad en el banco, algunas joyas y un par de
tierras de poco valor entorno a su casa, la cual ya había registrado
a mi nombre cuando cumplí los dieciocho. La angustia que me rondaba
desde que hablé con el párroco era no disponer de suficiente dinero
para impuestos de la herencia y se esfumó por completo, según el
buen hombre la casa que era lo más valioso ya era mía desde hacía
unos cuantos años, así habían acordado entre las primas. Me
explicó que Verónica llevaba diez años ocupándose de él desde
que su madre había fallecido, eran amigos de toda la vida y en vez
de tener que ocuparse de dos hogares se trasladó a la parroquia, por
lo que mi casa estaba bastante descuidada. Me entregó las llaves
acompañándome hasta la misma, un edificio de dos plantas y
buhardilla en la esquina de la plaza mayor, aquel día a pesar del
brillante sol la casa tenía una pinta muy lúgubre, ventanas negras
por una espesa capa de polvo, persianas bajadas y un abandono total,
al entrar las telarañas y suciedad no desmerecían del exterior, a
pesar de ello logré evocar la decoración de las habitaciones, la
alegría que brotaba de las risas y las charlas del encuentro.
Regresé a la ciudad con una duda en la cabeza, vender o arreglar, si
vendía sería por poco dinero no solucionándome nada, si arreglaba
me gastaría todos mis ahorros y aún no tenía trabajo ni pensión,
era todo un dilema. Siempre había pensado que era mujer urbanita,
pero quizás era el momento de replanteármelo.
El
piso de mis padres acababa de remozarlo, paredes recién pintadas,
muebles retocados, cortinas nuevas, un aire más moderno del que
tenía le hacía buen candidato para alquilar una familia, tal vez
una pareja de recién casados, el edificio estaba bien conservado y
los vecinos de toda la vida tranquilos y serviciales. Decidí
alquilarlo y mudarme al pueblo, con ese dinero podría mantenerme,
arreglaría aquella casa poco a poco y quizás pusiera un hostal o
una frutería en el bajo, quien sabe, pero me pareció la mejor
opción. Aparecieron media docena preguntando por el alquiler, sólo
acepté al nieto de la del tercero, un muchacho formal y trabajador
que conocía de hace tiempo y quien pretendía independizarse a la
par que tener a su abuela cerca para comer con ella.
Empaqueté
mis pertenencias, alquilé una furgoneta y me trasladé a Valtueña
el pueblo de mi madrina. La primera tarea fue limpiar un dormitorio,
cocina y baño, no estaba acostumbrada a lidiar con tanta mugre y
acabé agotada. Los días siguientes continué con el resto de
habitaciones, escaleras y la zona abuhardillada la dejé para mejor
ocasión. Empecé a relacionarme con vecinos y dueños de comercios,
carnicería, panadería, supermercado, el pescadero venía dos veces
por semana en una furgoneta algo que me hacía añorar mi vida en la
ciudad. Cuando ya tuve todo limpio me plantee redecorar la casa,
cambiar muebles de sitio, pintar de colores las paredes, todo un reto
que me llevaría meses, tal vez años, pero no tenía nada mejor que
hacer y me puse a ello. En la planta baja según se entra existe una
habitación grande que Verónica usaba de recibidor pero decidí
poner la biblioteca llena de libros antiguos y clásicos en aquella
pieza, un gran ventanal propiciaba entrar la luz necesaria para
leer. Vaciar estanterías fue fácil y cansado, pero desarmarlas
para bajarlas y volver a instalarlas me resultaba imposible.
Pregunté por alguien que lo hiciera y Pedro el mesonero se ofreció,
lo fue haciendo a ratos perdidos costándole lo suyo porque los
tornillos oxidados de tan viejos eran u dificultad añadida al peso
de los estantes. El trabajo lo realizó impecable y al ofrecerme a
pagarle me pidió que lo hiciera con un libro. No podía menos que
dejarle escoger y se llevó uno muy grande del Quijote. Mi relación
con los vecinos era cordial pero con la cuarentena no tuvimos más
remedio que distanciarnos. Cuando salía a la calle tras la
mascarilla no se apreciaba si sonreían o estaban enfadados, pero no
cabe duda que fue la mejor arma para combatir al virus. La mayoría
trabajan en el campo o con animales al aire libre, pero aún así
toman sus precauciones. Entretuve ese período colocando libros en
las estanterías manteniendo el ventanal bien abierto para no
respirar polvo y airear la estancia, al pasar la gente por delante se
paraban un instante a saludarme y observarme ya que estaba a pie de
calle, al notar su curiosidad les ofrecía prestarles alguno por si
querían entretener el encierro, uno a uno los vecinos fueron pasando
en busca de algo para leer. Había libros de aventuras, de historia,
de religión, de misterio y por supuesto los clásicos, los prestaba
y en cuanto lo terminaban regresaban a por otro, trayéndome como
agradecimiento alguna fruta, verdura, bizcocho casero o galletas,
empecé un trueque vecinal y aquella habitación la nombré
Librería
Verónica, no tenía puerta sino un gran ventanal por el que la gente
observaba, pedía y devolvía, me hacían tanta compañía que
realicé un pedido online de cuentos infantiles y de aventuras para
adolescentes, una mesa de roble me hizo de mostrador y en dos días
aquellos libros corrieron por las casas pues los niños se
engancharon a la lectura y apenas salían al exterior. Siempre tenía
mucho cuidado de desinfectarlos para evitar problemas de contagio,
las gentes me traían de todo y casi ni pisaba los comercios tal era
la cantidad de alimentos recibidos. Algunos se ofrecieron a pintar o
a cambiar los sanitarios del baño, reparar el tejado o limpiar
canalones, aquellos libros me permitían disfrutar de una mano de
obra que nunca podría pagar y sobretodo sin salir de casa.
Pese
a todo ese trajín de mi ventana, nadie en el pueblo se contagió del
virus, fuimos un pueblo libre de covid y el alcalde se ufanaba de
ello. Pero fue el señor párroco en una homilía quien anunció muy
orgulloso a sus feligreses que no teníamos ni un solo caso por haber
encontrado la mejor vacuna
contra el virus chino: la mascarilla en la boca, lavado de manos
continuo, distancia de seguridad y un libro de Librería
Verónica que entretenía, lograba hacer viajar y soñar sin salir
de casa permaneciendo seguros en ella. En verano el pueblo se
volvió a llenar de gentes que viven fuera, algunas permanecieron más
tiempo del habitual por las restricciones de movimiento en las
ciudades, en cuanto la segunda ola circuló por todo el país y el
frío comenzó, alguien llamó a mi ventana, se acercaba por si
podía prestarle un libro. ¡Cómo no! le dije, siendo el comienzo
de un interesante trueque entre mis vecinos. Incrementé mi
biblioteca con libros más actuales que también presto y además de
distraer mi tiempo en ello he conseguido integrarme y ofrecer un
servicio para sobrellevar esta pandemia. Algunos me han solicitado
recomendaciones para comprarse libros y hasta el señor alcalde me ha
encargado los trámites para iniciar una biblioteca pública en un
local vacío cerca del ayuntamiento, en ello estoy ahora muy atareada
y contenta por ser una más de este querido pueblo. La frutería
Marquínez tuvo que cerrar porque enfermaron del virus, mi inquilino
vive con su novia y sigue pagándome puntualmente. La felicidad esta
en las cosas más pequeñas pero también en los gestos más
insospechados.

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