Rezando - Cristina Muñiz Martín

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Hugo paseaba ante la estantería de las vacunas observando los títulos: Todo sobre la APW40; Eficacia y efectos secundarios de la JAITER; Cómo se gestó la YBD18; Opiniones sobre la ROSLAD…

Los ojos de Hugo viajaban de izquierda a derecha y de arriba abajo, sin saber por dónde empezar. Había ido a la biblioteca a instancias de su padre, persona de riesgo que delegó en él la decisión de elegir qué vacuna era la más adecuada. “Estudias medicina así que eres el más indicado”, le había dicho cuando intentó disculparse para no asumir tal responsabilidad.

Hugo sabía que sus padres se estaban sacrificando mucho para pagarle la carrera y los numerosos cursillos que acrecentarían su currículum cuando tuviera el título en la mano. Esperaban mucho de él y creían que los dos años de medicina que había cursado con buena nota lo habían convertido en un sabelotodo de la medicina. Siempre le consultaban cuándo tenían el más mínimo síntoma, aunque se tratara de un resfriado y le hacían usar el fonendo que le regalaron con tanta ilusión las anteriores Navidades. Él los auscultaba con atención, temiendo no saber encontrar algo que después se revelara como peligroso; les tomaba el pulso; les miraba el fondo de los ojos… y sus padres acababan embelesados, ellos que no habían ido más allá de los estudios elementales, con un hijo médico, un sueño.

Tres horas después, desesperado por la cantidad de libros, tesis doctorales y documentos varios sobre las distintas vacunas con opiniones dispares de los que se suponía eminencias médicas, científicas, epidemiológicas, virológicas… Hugo cerró los ojos, dio una vuelta sobre sí mismo, camino unos pasos a la izquierda y otros a la derecha y eligió un libro al azar. Estudios sobre la AZGORH17. También era mala suerte, era uno de los tomos más gruesos. Pensó en repetir la operación pero sería como hacerse trampas a sí mismo. Cogió el libro bajo el brazo y se dispuso a pasar el fin de semana encerrado en su cuarto para desentrañar todos los secretos de la vacuna que utilizarían él y su familia. El lunes, con la inseguridad prendida en cada resquicio de su cuerpo, Hugo recibió el pinchazo. Tras él, sus padres. Empezó rezar, algo que no había hecho desde la Primera Comunión. Pero ante los discursos agobiantes e incoherentes de políticos y expertos, esperaba que al menos Dios lo tuviera claro.

 

 

 

 

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Amarre maestro - Dori Terán

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  La hora vespertina era su favorita. Allá en las últimas horas del día, aquellas que en la estación del invierno cedían su luz a la noche, le hacían sentir el cansancio de la actividad diaria. Era dulce, era una sensación de relajo adquirido al quemar la energía explosiva con la que despertaba cada mañana. Y Gloria se entregaba por completo a su persona, a su ser, a su yo. Un baño espumoso y salado envolvía su cuerpo mientras la música suave le transportaba a evocar sueños lúcidos con los que se protegía de lo que parecía cruda realidad. Fueron las notas agudas de la flauta que sonaba en la pieza las que le devolvieron a este mundo. Con sumo cuidado posó los pies en la alfombra del baño, no era la primera vez que por falta de atención en el movimiento, besaba el suelo con un golpe estrepitoso. Mucho se había reído su compañera María de ella con el suceso y la cara hinchada y amoratada que hubo de lucir durante días. Entre carcajada y chanza le recordaba lo exigente que había sido con la arquitectura de la casa al diseñarla y como había pasado por alto el peligro que suponía aquel insigne escalón para entrar y salir a la bañera. La toalla recogiendo la humedad de su torso era un mimo en la piel y el albornoz de tacto aterciopelado una caricia tierna. Encendió el horno con el pez dentro y se sirvió una copa de vino. No entraba en sus planes cotidianos de agasajo personal la ingesta de alcohol. Solía dedicar un tiempo a la meditación. Con los ojos cerrados se conectaba con su interior y en el silencio de su mente, alcanzaba la unión con el Todo. Esta práctica le regalaba tanta paz y entendimiento que la comprensión de la vida y de todo cuanto en ella ocurre le permitía amarla. Pero hoy no, no era capaz de alcanzar ese preestado favorable al encuentro consigo misma. Tenía mucho que pensar Hubo de tomar una opción difícil en su trabajo. Una prueba de la calidad de su amor universal. Allí, en la cama de exploración, la enfermera le había pasado una paciente especial. Especial sí, especial. Se llamaba Laura y todo en ella era singular a los ojos de la doctora. Antes, mucho antes de que Laura apareciese por el hospital ya formaba parte de las pesadillas de su vida. Laura se dedicaba al contrabando de pasiones y estafas. Los avatares de la vida habían puesto en contacto a Laura con el doctor Andrés, el amor de Gloria. Media vida juntos compartiendo alegrías y penas, hijos y economía, amigos, casa y bienes…toda la amalgama de experiencias y vivencias que componen y definen la existencia en nuestro sistema. El amor se había convertido en apego, en necesidad, en dependencia y en los momentos donde se estaban planteando la búsqueda de ayuda para volver al amor desde la libertad, apareció Laura y su tráfico de rituales . Se encaprichó de Andrés y se puso manos a la obra. Amarre es el nombre del trabajo. Gloria supo muchos años después, cuando lloraba la pérdida y el desprecio de Andrés que estos trabajos existen de verdad. La energía que forma y conforma nuestro cuerpo etérico puede ser manipulada para bien o para mal. Para sanarnos o para adueñarse de nuestra voluntad cuando vivimos ausentes de nosotros mismos, de conocernos, de cuidarnos. Y Andrés estaba ofuscado, desequilibrado, angustiado e inquieto en los problemas de relación con Gloria. Al hombre le pareció que Laura le ofrecía un mundo nuevo repleto de la felicidad que le faltaba y que nunca comprendería ni podría darle su cónyuge Y se fue. Sin explicación, con desprecio y atraído como un hierrecito pequeño por un gran imán. Y el mundo se tambaleó y Gloria que no consiguió suicidarse pasó por la vida como un cadáver andante. El camino le dio muchas herramientas no solo para resucitar sino también para comprender, para sanar, para liberarse del dolor, del apego, de la necesidad. Y construyó otra senda para el viaje. Y la gratitud, la alegría, la serenidad, la libertad, el respeto y muchos otros atributos del amor la acompañaron. Y hoy fue la prueba de fuego. Estaba obligada a atender a Laura pero le inquietaba cual iba a ser su actitud al hacerlo. ¿Desde la obligación rencorosa? ¿Tal vez desde la ocasión vengativa? No. El amor cuando se cuida también es adictivo. Miró a Laura, una Laura deteriorada y enferma, una Laura que se había destruido por adicciones tóxicas y había acabado con el cuitado Andrés y solo sintió una pena inmensa ante aquella criatura que había olvidado toda la grandeza y divinidad que se cobija en el alma humana, todo el poder de felicidad. Tomó su mano y le dijo.-“Siento que estés tan mal. Vamos a buscar la ayuda que necesitas, yo me voy a encargar, te lo debo. Cuando yo vivía dormida y despistada, viniste a sacudir todo mi mundo y entre maldiciones y llantos descubrí quien soy y donde quiero ir. Yo nunca hubiera encontrado la luz sino me hubieses traído tu oscuridad. Es hora de que conozcas la luz” Laura sin fuerza cerró los ojos y se dejó llevar. Gloria sonrió al repasar la historia, apuró la copa de vino y lo mismo que el ornitorrinco australiano que tiene costumbres vitales nocturnas, ella se fue rauda a cargar su vitalidad sentándose en la alfombra de meditar mientras vaciaba su pensamiento de cualquier historia.



 

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Las complicaciones de la vida - Esperanza Tirado

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Pensaba que, por fin, mi suerte había cambiado, que mi vida había dejado de ser complicada. Que la flauta había sonado. Y afinada. Y no por casualidad.

Que lo de encontrarme el millón de euros escondido en las dunas de la playa era una señal. Bueno, lo del cadáver era otra señal. Más clara. Más olorosa también. Pero eso lo dejé como estaba. Entre moscas y otros bichos, que se estaban dando un festín de muerte.

Fui cuidadoso y me llevé el dinero, dejando al fulano descansar en paz.

Ya avisaría a la policía cuando tuviera las manos libres.

Que sí, que ya, que en momentos así la ética y la moral se deshacían como un azucarillo en el café. Que el dinero era obviamente procedente del contrabando. De tabaco, de los bolsos de piel, de las camisetas de marca, de la droga o del champán peruano. O vete a saber. Pero ahí estaba, delante de mí; como quien se encuentra un euro en la acera y lo recoge y se queda más pancho que ancho. Pues igual, pero en billetes. Montones de ellos. Los paseos para hacer ejercicio al aire daban su fruto.

La Lotería de Navidad se adelantaba este año. Para todos en mi familia.

Guardé los fajos de billetes en la caja de herramientas del coche. Y arranqué, pensando en qué podría comprarles a mis niños y a mi mujer estos Reyes.

Era complicado. La niña ya sospechaba.

Que cómo iban a venir si el virus lo infectaba todo.’

Que si nosotros no vamos a casa de la abuela, que ya es mayor. Pues ellos tres lo son más.’

Y su hermano, aún pequeño pero muy vivo para estas cosas, se unía a la fiesta de ‘pregunta a tu padre, que él ya saldrá por peteneras’.

Es que a lo mejor les presta Papá Noel un reno a cada uno. Y como los renos vuelan, pues vienen más rápido que el bicho ¿A que sí?’

El horno no estaba para bollos y mi cerebro parecía el de Homer Simpson intentando solucionar algún problema de manera coherente. Cosa imposible.

Y nadie me podía echar un cable. Mi mujer, más ducha en estos temas, tenía doble turno en el estudio de arquitectura en el que trabajaba. Por fin la habían llamado. Después de aquella crisis económica horrorosa dijo que se dedicaría a criar a los niños. Y ambos estuvimos de acuerdo. Con mi sueldo en la gestoría familiar íbamos tirando.

Después, crecieron. Y a ella la casa se le quedó pequeña. Y con unos pocos ahorros, montó un estudio de decoración e interiorismo con una colega. Y hacían sus cositas y sus encargos aquí y allá. Les iba bien. Tenían una cartera de clientes ricos, superricos, de esos que tienen tanto que lo gastan sin medida.

Por entonces se pusieron de moda las decoraciones de animales en las paredes. Fuera papel pintado, bienvenidas extravagancias varias. Así que ellas metieron cabeza. Nunca mejor dicho. De caballos de colorido algodón ecológico. De elefantes de boatiné, de todos los tamaños, con la trompa hacia arriba, por supuesto, ornitorrincos de plexiglás, búhos de ojos enormes de cristales de Swarovski… En fin, decoración animalista y nada minimalista para gente de muchos posibles.

Que, de pronto, con la pandemia se esfumó.

Y mi mujer volvió a casa. A hacer de madre, a explicarles a nuestros hijos lo complicada que era la vida en estos tiempos. Que lo de compartir con sus amigos y jugar con otros niños era algo que ya no podía ser. Que ahora había otras normas. Que sus preguntas no podríamos responderlas ni nosotros.

Ellos lo entendieron. O eso creí yo. En ese momento más atento a los vaivenes de la gestoría que a responder por qué, por qué, por qué

Pero en cuanto ella pudo retomó su carrera en un estudio de arquitectura que empezaba. Nada extraño; reformas de hogares para hacerlos más hogareños en estos tiempos.

Como lo del teletrabajo no iba con ella me tocó a mí la china doble. La de trabajar en casa manteniendo a flote la gestoría y la de lidiar con el grave problema de la curiosidad infantil de mis hijos. Que parecía no tener límites. Mi cerebro, como el de Homer, se reducía cada vez más.

Y aquí estoy, dándome un respiro playero ante tantas preguntas sin respuesta conocida, posible o medianamente aceptable por esas pequeñas mentes incansables y malévolas.

Conduciendo de vuelta camino de casa. Con un millón de euros en el maletero.

Pensando en que la vida sigue siendo complicada y en cómo explicárselo a mi mujer. Y sobre todo en cómo decirles a mis niños que, al final, los Reyes Magos, como Magos que son, pudieron con el bicho. Y sus regalos aparecieron un año más alrededor del árbol. Que aún no hemos plantado en el salón. Pero que habrá que ponerse a ello. Qué pereza me da lo de sacar cajas del altillo y desenredar cables con lucecitas…

Quizá si diera la vuelta y devolviera el dinero, dejarlo al lado del muerto, entre las dunas, no tendría que dar tantas explicaciones.

Uy… Una patrulla de la Guardia Civil… Y van en dirección a la playa…

Bueno, ya pensaré algo camino de casa.

Qué complicada es la vida cuando tienes cuatro duros.


 

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La prematura muerte de Mari Paula - Gloria Losada

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Mari Paula murió hace unos seis meses. Me enteré porque vi la esquela pegada a un poste de la luz según salía una mañana de mi portal y después leí la noticia en la prensa. Seguramente no está bien lo que voy a decir, pero sinceramente me importó una mierda que se hubiera muerto. Era más mala que un dolor. Joven sí, acababa de cumplir los treinta, pero más mala no la podía haber en este mundo.

La conocí cuando se vino a vivir a mi edificio, al apartamento encima del mío, hace unos cinco años. Yo también acababa de mudarme y estaba feliz porque por fin había conseguido encontrar un trabajo como traductora en una editorial, lo cual me había permitido independizarme. No llevaba yo más de dos semanas en mi nuevo hogar cuando apareció ella revolucionándolo todo cual caballo desbocado. He de decir que el edificio en el que vivíamos era antiguo, pero bien cuidado, con una única puerta por rellano. Así pues éramos muy pocos vecinos, la mayoría gente ya entrada en años, de vida tranquila y sosegada, que era lo que yo buscaba, puesto que la mayor parte de mi trabajo la realizaba en casa. Por eso no solo yo, sino todos los habitantes del señorial edificio, comenzamos a sufrir con la mudanza de aquella idiota. El trasiego fue monumental durante cinco o seis días, gente subiendo y bajando, hablando a gritos, riendo a carcajadas, muebles arrastrándose por el piso… en fin, que nadie dijo nada porque como era una mudanza… aguantamos estoicamente.

Pero cuando todo parecía volver a su cauce comenzó el sonido de la flauta, todo el puto día, flauta va, flauta viene y si encima de ella salieran notas musicales…, pero salían ruidos extraños nada más, una y otra vez. A mí me producía desconcentración, así que opté por trabajar de noche y dormir más por la mañana, pero no fue buena solución porque me despertaba la maldita flauta y andaba el resto de la jornada atontada como un zombi. No me quedó más remedio que ir a llamarle la atención. Confieso que lo hice de malos modos. Suelo ser muy pacífica, pero como me toquen las narices no tengo medida y ella me las llevaba tocando ya una temporada. En cuanto me abrió la puerta de su piso no la dejé ni hablar, ni siquiera la saludé. Le solté un discurso sobre el respeto, sobre cómo se debe vivir en sociedad y no sé cuántas cosas más y rematé diciendo que o dejaba de tocar la flauta a todas horas o la denunciaba. Cerró la puerta en mis narices sin contestarme. La denuncié. Vino la policía local, midieron los decibelios y se acabó la flauta, lo que no acabó fue la tortura.

Un día se presentó en mi piso diciendo que los humos procedentes de mi horno habían llegado hasta su cocina y apestaba a fritanga.

Va a ser que no, porque no he usado el horno –le contesté.

Estudié arquitectura. Sé que has usado el horno y que los conductos de humos de este piso están tan mal que desembocan en mi cocina. O lo reparas o yo misma me encargaré de tirar tu puto horno a la basura.

Me dejó flipando. La noté tan amenazante que al día siguiente llamé a un albañil que me revisó el piso y me dijo que todo estaba en perfecto estado. Traté de no hacerle caso, pero el acoso y derribo no paró. Un día comenzó un extraño trasiego de gente a su piso. Tanto de día como de noche recibía visitas a “tutiplé”. Una de esas noches llamaron a mi casa a las tantas pensando que era la suya. Me metieron un susto de muerte.

Una mañana salió un tío con muy mala pinta de su casa con tanta prisa que al bajar las escaleras chocó con la señora Enriqueta, que en ese momento subía, y la tiró al suelo. Ni se paró a socorrerla, eso que es una mujer ya mayor. Afortunadamente todo quedó en un susto. Cuando Manuel, el hijo de Enriqueta, se presentó ante Mari Paula para protestar ante tal desfachatez ella le contestó que si aquel mamarracho había tirado a la señora por las escaleras que le fuera reclamar a él, que no era su problema. Ante la insistencia de Manuel, ella le cerró la puerta en su cara, tal como había hecho conmigo, y le dijo que se comprara un ornitorrinco y le diera la lata a él. A tomar por saco.

También tenía un gato que dejaba todas las mañanas pulular por la escalera mientras ella se iba sabe Dios a dónde. El gato estaba loco. Parecía que le estuvieran dando ataques epilépticos. Recorría las escaleras a una velocidad de vértigo, maullando como un poseso y de vez en cuando se paraba a hacer sus necesidades en los felpudos, tal parecía que estuviera adiestrado para ello.

Así las cosas llegó un punto en que ya no sabíamos qué hacer. Mari Paula era la reina del mambo. Daba igual lo que le dijéramos, lo que hiciéramos o lo que intentáramos razonar con ella. Todo era inútil. Pensando en encontrar solución a todo aquel tinglado se me ocurrió contactar con Pedro Villares. Pedro era un antiguo rollo mío, una tremenda equivocación que duró dos fines de semana, pero eso no viene al caso. Conservábamos cierta amistad… bueno tampoco era amistad, en realidad yo lo llamaba cuando me hacía falta, que tampoco era demasiado. Pedro trabajaba en un juzgado, así que se me ocurrió que igual sabía algo de la Mari Paula, a la que por cierto todos conocíamos por Diana. Claro, cuando le hablé de Diana… ni idea, pero me dijo que podía acercarse hasta mi casa, ver a la chavala aunque fuera de lejos y así a lo mejor…. Bueno, intuí que lo que quería era echar un polvete, pero como yo lo sabía mantener a raya, accedí.

La tarde en cuestión nos llenamos de paciencia y nos sentamos en un banco del parque con la vista puesta en el portal de mi casa. Al cabo de dos horas de soberano aburrimiento salpicadas por la conversación insulsa de Pedro, que tenía por objetivo llevarme a la cama, apareció la susodicha saliendo del edificio.

¡Esa es! – exclamé yo pegando un brinco.

¡Hostia! ¡La Mari Paula! – exclamó Pedrito abriendo la boca mucho como un tonto.

Qué Mari Paula ni qué cojones. Se llama Diana.

Ah, esta vez es Diana, Ya fue Topacio, Selene, Ronda y no sé cuántos nombres más. Tened mucho cuidado con ella, es una delincuente con mayúsculas, especializada en realizar fechoría tras fechoría y librarse de pagar por ello, nadie sabe cómo. Lo último que tuvimos en el juzgado sobre ella era por un tema de contrabando.

¿De qué? ¿De tabaco?

¿De tabaco? Jajaja, drogas, armas… Pasar cocaína en el coño está a la orden del día para ella. Y alguna muerte tiene a sus espaldas. Yo de ti me mudaba. Bueno y ahora ¿echamos ese polvo?

No, no lo echamos. Y a la semana siguiente yo me había mudado de piso. Durante un tiempo no supe nada de ella, hasta que me enteré de su muerte. Encontraron el cadáver en el piso con evidentes signos de violencia. Fue todo lo que supe… hasta esta tarde, en que por la calle, de casualidad me encontré con la señora Enriqueta. Nos saludamos y charlamos un rato. Inevitablemente la conversación derivó hacia la delincuente.

Fíjese usted – dije yo – han pasado ya seis meses y todavía no han encontrado quién lo hizo.

Ni lo encontrarán –me contestó la mujer– lo planificamos de manera muy puntillosa.

Nos miramos en silencio. Yo apenas podía creer lo que acababa de oír.

Bueno me alegro de verte –dijo despidiéndose– Sigue así, tan guapa como siempre.

Así fue el final de Mari Paula. A manos de mis vecinos asesinos. Le ronca la mandarina.

 

 

 

 

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El futuro pasa por los cuentos - Marga Pérez

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Desde todos los medios nos están bombardeando con el descubrimiento de la vacuna contra la estupidez. Todo un éxito sin duda. Insisten en que evitará también la corrupción de quienes la utilicen por eso de la inmunidad cruzada, al menos en un 80%. ¡Fantástico! España ha estado al frente del descubrimiento. Laboratorios financiados con fondos públicos serán los encargados de fabricarla.

Personas sensatas de todos los colores, partidos, ideologías y creencias respiran aliviadas al intuir que por fin ha llegado el final de la normalidad política a la que nos han acostumbrado desde que apareció el virus. Todos apuntan a que ellos, los políticos, serán los primeros en ser vacunados junto con los expertos asesores de los distintos ministerios. Ya se habla del número de dosis, de la inmunidad, de tantos por ciento, de calendarios …

Pero... ¿no pecan de ingenuos al echar las campanas al vuelo?

Su efectividad pasa por hacerla obligatoria, será el primer escollo a superar... los políticos son los que tienen que votar los cambios en la actual legislación para poder imponerla.

Vacunarse de manera voluntaria implica no estar afectado… ¡Nuestro gozo en un pozo! el dinero de los contribuyentes otra vez a la basura, bueno, a los bolsillos de alguien...

Seguiré con mi librería infantil , contando cuentos a los más pequeños, transmitiendo valores, generando ilusión, formando ciudadanos… el futuro es de ellos.

 

 

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Librería Verónica -Marian Muñoz

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Nos pasamos la vida buscando felicidad y cuando menos lo piensas la hallas. Trabajando en la frutería creí haber encontrado mi sitio, se me daba realmente bien aunque mis inicios no fueron nada fáciles. En la escuela iba fatal, cada día me daba cuenta que los números y las letras no eran lo mío, lo demostraba al entregar las notas en casa, por ello cumplidos los catorce, mis padres me llevaron a la Frutería Marquínez del barrio de toda la vida y bajo tutela de su dueña aprendí a diferenciar lo que era un kilo, de un cuarto o tres cuartos, que los huevos se vendían en docenas o medias, los nombres de todas las frutas y hortalizas, incluso aquellas que en casa nunca catábamos. También aprendí con sólo tocar el culo cuando un melón podía estar listo para comerse. El sueldo no era mucho pero sentirme una pizca independiente y poder gastar algo de lo que había ganado, me hacía sentir muy feliz.

A los dieciocho la señora Marquínez me pagó el carnet de conducir para ir sola con la furgoneta a Mercacentral, levantarse a las cuatro de la madrugada para estar allí a las cinco y ser de las primeras en adquirir el género requería mucho esfuerzo y ella se estaba haciendo mayor. Me había enseñado a regatear, a diferenciar calidades, a reconocer qué producto venía de fuera y cual era del país, con esos conocimientos y mi don de gentes casi llevaba solita el negocio. Cuando entré a trabajar su cónyuge se dedicó exclusivamente a la llevanza de la contabilidad, facturas, pedidos, albaranes y también a llevar al banco los ingresos del día. La señora Marquínez andaba mosqueada pensando que su maridito tenía demasiado tiempo libre entre tanto papel y pronto me dejaron sola a la hora de comer, menos mal que la moderna caja registradora siempre me chivaba el importe a devolver al cliente y así no romperme la cabeza.

En aquel negocio discurrió mi adolescencia, sufrí la pérdida de mis padres, cargando cajas dejé pasar mi juventud y aunque era conocida en el barrio ningún muchacho se interesó por mí, siempre consideré que mi sonrisa y mi voz cantarina sería del agrado de alguno, pero se ve que mi sino no era el de esposa ni madre. Durante veinte largos años reí, lloré, sufrí y me congratulé con las vidas de mis clientas, siempre creí ser como una hija para los dueños de la frutería pero al llegar la fuerte crisis económica el hijo de mis patronos quedó en el paro, su empresa había cerrado y con cuarenta años le costaba encontrar otro empleo. Empezó a rondar por el local, recogía alguna caja, sonreía a las señoras y poco a poco comenzó a tener responsabilidades. En mi mente se forjó la ilusión de hacernos novios y casarnos llevando la frutería como negocio familiar, pero la realidad a veces resulta cruel. Empezó a sonreírme, a guiñarme el ojo y a decirme cosas bonitas cuando conseguíamos estar a solas, un día intentó propasarse conmigo y lo rechacé de inmediato, pero él siguió con esa táctica, tanto me incomodó y tanta vergüenza me daba que se supiera, que decidí pedir el finiquito y marcharme. Tonta de mí, ese era su propósito, pues si me despedían tendrían que indemnizarme pero al irme voluntariamente les salía más barato y por fin su hijo se quedaría en la tienda ayudando a su madre, todo quedaba en casa.

Durante unos meses me entretuve renovando un poco el piso de mis padres a la par que echaba curriculum en todas las fruterías que pillaba, incluso en grandes superficies, pero la crisis golpeaba fuerte. Decidí darme de plazo un mes más y si no encontraba trabajo al menos alquilar una habitación para poder sobrevivir. Pinté los muebles de madera maciza con colores modernos dando un aire más acogedor al que había sido mi dormitorio, cambié apliques y cortina en el baño para hacer atractivo el entorno de la futura inquilina, porque un hombre no iba a meter en casa. En esas cábalas andaba cuando llegó carta del párroco de Valtueña, me indicaba que le visitase para recibir la herencia de Verónica, una prima de mi madre a la que no veía desde pequeña cuando íbamos al pueblo para comer con ella dos veces al año, el día de la fiesta y el de su cumpleaños. Recordaba que era una mujer sonriente y cariñosa, pero su rostro se había desdibujado con el paso del tiempo. Llamé por teléfono para concertar cita e indagar en los últimos años de la finada, me alegré de encontrar a un cura amable quien prefirió dejar la información para nuestro encuentro.

Mi madre y Verónica eran primas y como tal se habían comportado siempre, tuvieron una relación tan cercana que fue mi madrina de pila, entre las dos tejieron fuertes lazos y al no tener ella descendencia ni parientes cercanos me dejaba su herencia. Los bienes eran una pequeña cantidad en el banco, algunas joyas y un par de tierras de poco valor entorno a su casa, la cual ya había registrado a mi nombre cuando cumplí los dieciocho. La angustia que me rondaba desde que hablé con el párroco era no disponer de suficiente dinero para impuestos de la herencia y se esfumó por completo, según el buen hombre la casa que era lo más valioso ya era mía desde hacía unos cuantos años, así habían acordado entre las primas. Me explicó que Verónica llevaba diez años ocupándose de él desde que su madre había fallecido, eran amigos de toda la vida y en vez de tener que ocuparse de dos hogares se trasladó a la parroquia, por lo que mi casa estaba bastante descuidada. Me entregó las llaves acompañándome hasta la misma, un edificio de dos plantas y buhardilla en la esquina de la plaza mayor, aquel día a pesar del brillante sol la casa tenía una pinta muy lúgubre, ventanas negras por una espesa capa de polvo, persianas bajadas y un abandono total, al entrar las telarañas y suciedad no desmerecían del exterior, a pesar de ello logré evocar la decoración de las habitaciones, la alegría que brotaba de las risas y las charlas del encuentro. Regresé a la ciudad con una duda en la cabeza, vender o arreglar, si vendía sería por poco dinero no solucionándome nada, si arreglaba me gastaría todos mis ahorros y aún no tenía trabajo ni pensión, era todo un dilema. Siempre había pensado que era mujer urbanita, pero quizás era el momento de replanteármelo.

El piso de mis padres acababa de remozarlo, paredes recién pintadas, muebles retocados, cortinas nuevas, un aire más moderno del que tenía le hacía buen candidato para alquilar una familia, tal vez una pareja de recién casados, el edificio estaba bien conservado y los vecinos de toda la vida tranquilos y serviciales. Decidí alquilarlo y mudarme al pueblo, con ese dinero podría mantenerme, arreglaría aquella casa poco a poco y quizás pusiera un hostal o una frutería en el bajo, quien sabe, pero me pareció la mejor opción. Aparecieron media docena preguntando por el alquiler, sólo acepté al nieto de la del tercero, un muchacho formal y trabajador que conocía de hace tiempo y quien pretendía independizarse a la par que tener a su abuela cerca para comer con ella.

Empaqueté mis pertenencias, alquilé una furgoneta y me trasladé a Valtueña el pueblo de mi madrina. La primera tarea fue limpiar un dormitorio, cocina y baño, no estaba acostumbrada a lidiar con tanta mugre y acabé agotada. Los días siguientes continué con el resto de habitaciones, escaleras y la zona abuhardillada la dejé para mejor ocasión. Empecé a relacionarme con vecinos y dueños de comercios, carnicería, panadería, supermercado, el pescadero venía dos veces por semana en una furgoneta algo que me hacía añorar mi vida en la ciudad. Cuando ya tuve todo limpio me plantee redecorar la casa, cambiar muebles de sitio, pintar de colores las paredes, todo un reto que me llevaría meses, tal vez años, pero no tenía nada mejor que hacer y me puse a ello. En la planta baja según se entra existe una habitación grande que Verónica usaba de recibidor pero decidí poner la biblioteca llena de libros antiguos y clásicos en aquella pieza, un gran ventanal propiciaba entrar la luz necesaria para leer. Vaciar estanterías fue fácil y cansado, pero desarmarlas para bajarlas y volver a instalarlas me resultaba imposible. Pregunté por alguien que lo hiciera y Pedro el mesonero se ofreció, lo fue haciendo a ratos perdidos costándole lo suyo porque los tornillos oxidados de tan viejos eran u dificultad añadida al peso de los estantes. El trabajo lo realizó impecable y al ofrecerme a pagarle me pidió que lo hiciera con un libro. No podía menos que dejarle escoger y se llevó uno muy grande del Quijote. Mi relación con los vecinos era cordial pero con la cuarentena no tuvimos más remedio que distanciarnos. Cuando salía a la calle tras la mascarilla no se apreciaba si sonreían o estaban enfadados, pero no cabe duda que fue la mejor arma para combatir al virus. La mayoría trabajan en el campo o con animales al aire libre, pero aún así toman sus precauciones. Entretuve ese período colocando libros en las estanterías manteniendo el ventanal bien abierto para no respirar polvo y airear la estancia, al pasar la gente por delante se paraban un instante a saludarme y observarme ya que estaba a pie de calle, al notar su curiosidad les ofrecía prestarles alguno por si querían entretener el encierro, uno a uno los vecinos fueron pasando en busca de algo para leer. Había libros de aventuras, de historia, de religión, de misterio y por supuesto los clásicos, los prestaba y en cuanto lo terminaban regresaban a por otro, trayéndome como agradecimiento alguna fruta, verdura, bizcocho casero o galletas, empecé un trueque vecinal y aquella habitación la nombré Librería Verónica, no tenía puerta sino un gran ventanal por el que la gente observaba, pedía y devolvía, me hacían tanta compañía que realicé un pedido online de cuentos infantiles y de aventuras para adolescentes, una mesa de roble me hizo de mostrador y en dos días aquellos libros corrieron por las casas pues los niños se engancharon a la lectura y apenas salían al exterior. Siempre tenía mucho cuidado de desinfectarlos para evitar problemas de contagio, las gentes me traían de todo y casi ni pisaba los comercios tal era la cantidad de alimentos recibidos. Algunos se ofrecieron a pintar o a cambiar los sanitarios del baño, reparar el tejado o limpiar canalones, aquellos libros me permitían disfrutar de una mano de obra que nunca podría pagar y sobretodo sin salir de casa.

Pese a todo ese trajín de mi ventana, nadie en el pueblo se contagió del virus, fuimos un pueblo libre de covid y el alcalde se ufanaba de ello. Pero fue el señor párroco en una homilía quien anunció muy orgulloso a sus feligreses que no teníamos ni un solo caso por haber encontrado la mejor vacuna contra el virus chino: la mascarilla en la boca, lavado de manos continuo, distancia de seguridad y un libro de Librería Verónica que entretenía, lograba hacer viajar y soñar sin salir de casa permaneciendo seguros en ella. En verano el pueblo se volvió a llenar de gentes que viven fuera, algunas permanecieron más tiempo del habitual por las restricciones de movimiento en las ciudades, en cuanto la segunda ola circuló por todo el país y el frío comenzó, alguien llamó a mi ventana, se acercaba por si podía prestarle un libro. ¡Cómo no! le dije, siendo el comienzo de un interesante trueque entre mis vecinos. Incrementé mi biblioteca con libros más actuales que también presto y además de distraer mi tiempo en ello he conseguido integrarme y ofrecer un servicio para sobrellevar esta pandemia. Algunos me han solicitado recomendaciones para comprarse libros y hasta el señor alcalde me ha encargado los trámites para iniciar una biblioteca pública en un local vacío cerca del ayuntamiento, en ello estoy ahora muy atareada y contenta por ser una más de este querido pueblo. La frutería Marquínez tuvo que cerrar porque enfermaron del virus, mi inquilino vive con su novia y sigue pagándome puntualmente. La felicidad esta en las cosas más pequeñas pero también en los gestos más insospechados.


 

 

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Sanación - Dori Terán

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  Siempre la habían acusado de tener una mente muy matemática. Acusado sí. No se lo señalaban como una cualidad, un tributo, un defecto, la etiqueta se la colgaban como un delito. Es verdad que corrían esos tiempos raros donde tanto se hablaba de lo importante que era el respeto a la diversidad, al contrario, al no acuerdo. Pero eran también unos tiempos en los que esas teorías eran solo eso, teorías. Se atacaba con saña, con insultos y amenazas las opiniones contrarias o distintas incluso en pequeños matices. Se atacaba todo aquello no coincidente con la verdad suprema y personal que uno sostenía poseer fuese del color que fuese. Es más se enjuiciaba con argumentos y acusaciones severas llegando a calificativos ofensivos y obscenos. En el fondo estos colectivos y estos individuos sentían en sus tripas unos celos descomunales y una envidia flaca y amarilla por la manera en que vivía María. Estaban además a años luz de comprender que más allá de su intelecto lo que predominaba en su corazón y la guiaba tanto en la florida primavera de la vida como en los largos y oscuros inviernos, era, el espíritu, el entendimiento, el propósito, la intención y la voluntad de fluir en la paz. Estaba plenamente convencida que la misión de todos los humanos en el planeta Tierra era y es experimentar el aprendizaje del amor. Aprendizaje harto difícil ya que ha de ir precedido de un desaprendizaje largo y complejo. Mentiras llenas de ñoñerías y sentimentalismos conduciendo al género humano lejos muy lejos de los comportamientos que nos conectan con el amor y transcienden los apegos, la posesión, la manipulación. Querer no es amar.

Aquella mañana se había levantado llena de energía. Clara, serena y alegre. El paseo de los domingos la esperaba como el mejor regalo de la semana. Tenía un trabajo duro. Las miserias humanas estaban en sus manos y en su quehacer todos los días. Al hospital llegaban las personas con dolor y a menudo también con sufrimiento. Y miedo, mucho miedo. Consciente del poder que circulaba por sus venas y se expandía por sus manos y sus ojos, aliviaba estas penurias no solo con las técnicas médicas y farmacéuticas de las que disponía. Una mirada, una sonrisa, un gesto que escucha, una mano que enlaza la de otro. Y el aire se llenaba de serenidad y armonía sanadora que multiplicaba el efecto de fármacos y tratamientos. Hoy tocaba llevar todas las dolencias al río, El hermano agua todo lo limpia, todo lo sana. Como un juego y ritual de esos que tanto necesitamos para darle forma y materia a lo que nos resulta intangible, en un trozo de papel de aluminio sacudió las manos llenas de las dolencias ajenas que transportaba y agitó el corazón que rebosaba padecimientos de otros. Cerró los bordes y le dio forma a una pequeña pelota de plata. Junto al cauce caudaloso y cantarín, apoyándose en el tronco fornido del viejo roble, lanzó con fuerza la pequeña y brillante bola contenedora de tanta desventura. Y como si el cielo quisiera darle un mensaje de esperanza y gratitud, en ese mismo instante saltó graciosamente una trucha refulgente que capturó el envío y desapareció bajo el agua dejando en la superficie la perfección de unas ondas concéntricas mientras en el fondo el papel de plata se lavaba, se lavaba y se lavaba.

 

 

 

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