Mirada de colores - Esperanza Tirado


                                 Globo verde realista aislado sobre fondo blanco. Elemento de diseño para fiesta de cumpleaños, gran apertura o concepto de tarjeta de felicitación Big Sale. Ilustración vectorial - ilustración de arte vectorial

Mientras ellos discutían por algún detalle de mayores, que a él siempre se le escapaba, fijó su mirada en un precioso globo verde. Se soltó de la mano de su madre y lo siguió. Perdió el globo de vista, pero encontró un gran oso blanco, que también se escondió en algún rincón de la feria. Un perro verde lamió su mano, que antes había agarrado la de su madre. Persiguiendo un avión de brillantes alas rojas, unos padres con caras pálidas denunciaron la desaparición de un niño rubio, de grandes ojos, que se había perdido en su mundo de azules.

 

 

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Herencia familiar - Marian Muñoz

                                          Entrañable, Crepúsculo, Llorar, Luto

 

 

 

El festival había sido un éxito, diversión asegurada sin incidentes reseñables, cansado y mareado por un whisky asqueroso, si no fuera porque estoy acostumbrado la cogorza habría sido de órdago. Las ocho de la mañana con ansias de tirarme sobre mi cama y no levantarme en dos días. Delante de la puerta de mi apartamento había un hombre y un perro. Éste último me suena, pero el medio pedal que llevaba no me permitía ser cortés y les largué con un “no me interesa comprar nada”.

No vendo nada soy Fran el novio de tu hermana” – me responde.

Pues menos aún me interesa, le digo, tras abrir la puerta e intentar cerrarla, ya que pone un pie para impedírmelo. Me pregunta si no he visto los mensajes del móvil. Pues no, le respondo, hace tiempo que no quiero saber nada de ella así que la he bloqueado. Es en ese momento cuando me informa que ha muerto hace tres días, el funeral y su entierro en el panteón familiar se hizo sin mí.

¿Pero qué te has creído niñato? Venir a decirme mentiras para fastidiarme no es propio de ella, fue quien básicamente cortó relación por traidora, eso le dije. Pero, ¿está muerta de verdad? Sí me responde, haz lo que te dé la gana ya veo que no estás en tus cabales, aquí te dejo a Michel, es lo que ella más quería y ese fue su último deseo. Me entrega un sobre marrón alargado conteniendo copia de su testamento, también me deja una tarjeta suya por si quiero saber más, y se marchó cerrando la puerta bruscamente.

Menudo bajón, eché la culpa al whisky, la de veces que he dicho a mi representante que sólo bebo de los caros si es que quiere que ponga buena música y anime al personal. Ahora que lo pienso si mi hermana ha muerto es más grave que mi malestar. Me tumbo vestido en la cama, dejo fluir mi espíritu mientras veo a Michel mirándome, ese perro se va a ir fuera sí o sí.

Me despierto a las diez de la noche y oigo gimotear al chucho, tengo muy mal cuerpo, pero nada que no remedie un buen café mañanero. Despejado y abatido recuerdo que la mascota ha de hacer sus necesidades. Para sacarlo necesito una correa, al caminar hacia la entrada tropiezo con una bolsa, no es mía, me fijo y dentro hay una correa, una pelota de goma, un trozo de plástico acorde al tamaño de Michel, un par de cuencos, una bolsa con ¿comida? y un folio forrado de plástico completamente escrito. Me pongo a leerlo y compruebo que son instrucciones para cuidarle. Con toda la paciencia de la que soy capaz leo, sigo las indicaciones y salimos a la calle.

¡Pobre estaba impaciente! Menudo manantial de pis y de asquerosas heces, lo malo fue cogerlas, no tengo práctica, una niña que paseaba con su mascota se apiadó de mi indicándome la forma más limpia y rápida de hacerlo, seguro que apreció lo novato que soy. Al regresar al piso le pongo la medida de comida que ponía el papel, así como un cuenco con agua, lo terminó en un instante, se notaba hambriento y sediento. También aproveché para comer algo y asentar un poco mi estómago además de tomarme un buen zumo de tomate para aliviar mi hígado. Ya más tranquilo decido llamar al novio de mi hermana, bueno a su ex porque si ella la ha palmado. Me doy cuenta de los pensamientos tan poco apropiados, si mis padres me escucharan estarían escandalizados. La culpa fue suya, a mí me gustaba estudiar economía, era la carrera escogida voluntariamente, pero al terminar los estudios papá pretendía que trabajara en la empresa con él, iba a ser su mini yo, pero mi idea era ser independiente, trabajar para otros y demostrar mi valía bajo otros ojos. La discusión fue tan fuerte que su corazón sólo aguantó tres días y la palmó. Ellas me echaron la culpa y a cambio debía ser quien llevara la dirección para remediar la afrenta. Como no podía me largué a casa de Marco hasta poder independizarme, con el poco dinero que disponía compré una mezcladora de sonido, los platos y toda la maquinaria para ser DJ, olvidé mis estudios y me lancé a la vida nocturna, labrándome un nombre y trabajando duro para llegar a ser famoso.

A la muerte de mamá todavía nos hablábamos, pero se quedó con todo, la casa donde vivían, las acciones de la empresa, el piso de Gijón, sólo me dejaron el coche de papá, un trasto viejo que malamente funcionaba, menos mal que Marco es un gran mecánico, lo puso a punto y fue el toque de distinción que me encumbró en el gremio. No tardé en hacerme ese hueco que buscaba y ser imprescindible en toda fiesta de alto nivel, sí vale mi vida seguía vacía, pero tenía a todas las pibas a mi alrededor y cada mañana me acostaba con una diferente, algo que desea todo hombre.

Y ahora qué, sin familia, con un perro a mi cargo y sí, con la empresa y las casas, ¿debía seguir como estaba y mandar todo al cuerno o retomar la cordura y volver al redil? Un dilema peor que el de Hamlet. Con las luces nocturnas pienso mejor y siento tristeza por la desaparición de Emma, ni siquiera ese tipo me contó que había sucedido, creo que mañana le llamaré e intentaré reconducir el tema. ¡Bueno, ya está gimiendo otra vez el chucho! Venga vamos, debes ser el único que se alegra de estar conmigo.









 

 

 

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Mensajera - Esperanza Tirado

                                          Computadora Portátil, Bolígrafo, Libro

 

 

Me preguntaba en qué momento se había complicado tanto ser poeta mientras miraba la primavera renacer tras los cristales, removiendo un colacao hirviendo. 

Primero fue la multa, pagada como buen ciudadano. Luego la inscripción en el censo regional de poetas, que desconocía, abonando las tasas por un año. Luego llegaron los coches municipales con sus sirenas a la hora en que me situaba para recitar en las puertas del parque. No se me escuchaba. Pero resistí. 

El colmo llegó en forma de palomas y estorninos, que manejadas por un dron, me lanzaban sus palominos apestosos. 

Quizá fue entonces cuando mis versos abrazaron un sentimiento de prudente despedida.




 

 

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¿Pura ficción? - Marian Muñoz

                                       Pila de pañales para bebés aislados sobre blanco - foto de stock

 

Intentaba calentarme bajo el tímido sol invernal, sentada en el pequeño muro que separaba la cancha de baloncesto de la de futbito, contemplaba pensativamente el brillo de la cerámica en la pared del edificio cuando sonó mi móvil guardado en el bolsillo interior del abrigo. Sonido inusual porque desde hace tiempo nadie me llama, ni me envía mensajes de ningún tipo, creo que por fin me he vuelto invisible, salvo a la hora del aseo, momento en que sí desearía ser completamente invisible.

Con cuidado abro la cremallera y sacando el aparato compruebo que es una noticia, lástima porque me había hecho ilusiones. Al leerla informan que el mayor fabricante de pañales del país dejará de hacerlos para bebés y se dedicará en exclusiva para mayores, que astutos son los empresarios como se nota que van en busca del negocio.

Doy un paseo alejándome del asiento, sus gélidas piedras comenzaban a calar en mis fofas carnes. Empecé a recordar cómo era el entorno en mi niñez. Los columpios y tobogán de la parte más alta de la loma se han reconvertido en pedales y manivelas para fortalecer brazos y piernas. La cancha deportiva cubierta, ahora vacía, se usa para pasear y jugar a la petanca. Los gritos y aplausos que tanto bullían en sus buenos tiempos han dado paso a quejidos y ayes lastimeros al mover dificultosamente sus huesos las usuarias.

Me dirijo al interior por la entrada principal, antaño reservada a visitas familiares o personalidades y ahora ser la única en llano, por donde todos accedemos. Las pocas veces que de niña la usé imponía mucho debido al ambiente de calma y sosiego ayudado por diferentes rincones en los que eran atendidos padres o visitantes. Según se accede al interior, el ancho pasillo se hacía eco de gritos, charlas en voz alta, en fin, el bullicio de chiquillas aprendiendo a vivir y recibiendo conocimientos para luego ser seres de provecho. A la derecha se encontraba la capilla, más grande que algunas iglesias parroquiales de la ciudad. En su altar principal con forma de medio círculo, colgaba una gran cruz con un cristo crucificado, si le observabas fijamente parecía devolverte la mirada indicándote que guardaras el debido recato al lugar. A sus laterales lados tenía dos esculturas, una de la virgen y otra de la madre fundadora, quienes también parecían mover sus manos si te quedabas absorta contemplándolas. Los bancos reclinatorio para seguir la ceremonia religiosa han desaparecido, ahora el espacio está repleto de mesas redondas para poder alimentar a las residentes, se ha convertido en un comedor. El confesionario lo han ocupado alacenas donde almacenar platos, manteles y cubiertos. La concha del agua bendita se ha transformado en un pequeño surtidor con estantería donde se apilan jarras y vasos. Los cuadros del vía crucis se han mantenido de momento como reminiscencias del pasado o quizás porque aún no tenían presupuesto para cambiarlos.

Si antaño subía y bajaba escaleras de dos en dos para llegar más rápido a mi destino, ahora utilizo un montacargas instalado al final del pasillo aprovechando un hueco exterior, a una ya le cuesta doblar las rodillas. Añoro el jaleo que había en los cambios de clase, las carreras al baño para aguantar bien las eternas horas de clase o beber un poco de agua en un vaso de papel creado con una hoja del cuaderno. Los cotilleos sobre profesores, compañeras o personajes famosos, mientras esperabas turno para entrar en el cubículo del inodoro, no tenían desperdicio y siempre vigilante para que la chivata de turno no te oyera.

Qué tiempos aquellos, las aulas con grandes ventanales protegidas del frío por unas simples persianas de lamas que cada poco se rompían, pupitres que según crecías lo hacían también contigo, ya no están, su lugar lo ocupan una docena de camas separadas por cortinas para preservar cierta intimidad de las residentes. Los percheros donde antaño colgabas abrigos, mandilones o la bolsa con la merienda han dado paso a taquillas donde guardar ropa o enseres personales de las usuarias, y el silencio que imperaba cuando la profesora llegaba para dar clase ahora es continuo, solamente roto por los ronquidos o toses de las ancianas.

Quien iba a decir que edificios antaño llenos de vida que albergaban y preparaban a futuras generaciones iban a ser habitados por las mismas en estado de senectud. El ser humano está llamado a su desaparición, no por una catástrofe natural, sino por su propio egoísmo, será cuestión de dos o tres generaciones, el proceso está en marcha y no parece tener vuelta a atrás.

Mientras, ensimismada en mis añoranzas, camino del comedor recibo nuevamente un mensaje en el móvil, con torpeza lo abro y leo: “El mayor fabricante de pañales de Japón dejará de fabricar para niños y se volcará con el de ancianos. Han comenzado a adaptar varios colegios como residencias de tercera edad, debido a la falta de niños para ocuparlos”. Tristemente y por desgracia “cualquier parecido con la realidad no es pura ficción”.

 

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Lágrimas de papel - Esperanza Tirado

                                        Tienda De Libros, Conocimiento

 

 

 

Al llegar a la Casa de Cultura veo que hay un reguero de agua por el pasillo. ¡La biblioteca se ha inundado! ¡Siniestro total! ¡Emergencia!

No te preocupes, me tranquiliza la bibliotecaria. Solo estamos haciendo recuento de personajes. Es que hay algunos que son muy sentimentales y, a veces, pasan estas cosas.

Pero… ¿Es grave? ¿Se ha perdido algún libro de forma irremediable? Mi preocupación de lectora asidua insiste.

No, nada de importancia. Mi alerta literaria baja a nivel amarillo. Solo que anoche, después de cerrar, parece ser que unos cuantos personajes de carácter tuvieron un intenso debate sobre las nuevas tecnologías. Y algunos, los más jóvenes, no se lo tomaron bien. Llegando a renegar de su puesto en las estanterías. Amenazando incluso con marcharse para siempre de su libro y pedir refugio en algún aparato electrónico.

¡Qué sacrilegio!

Casi a punto de llorar yo también, doy un par de vueltas por las estanterías, ya recuperadas del caos. Elijo dos para que me acompañen a casa. Donde, espero, ninguno discuta ni me proteste, acusándome de ser mala lectora.



 

 

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En plan - Esperanza Tirado

                                         Muchachas, Amigos, Mesa De Trabajo

  

 

Sin hacerme ni un poquito de caso, es que ni me miró. O sea, no lo entiendo, tía. Si hace tres días me whatsappeó diciéndome que le putoencantaba. Que hasta me puso corazones rosas. ¡Rosas, tía! y ahora es como si me hiciera un bifeo así en plan random. No quiero sonar muy hater, pero creo que lo cancelo, tía. Es un fail en toda regla. Y yo que pensaba que era mi match perfecto.

 

 

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El hijo pródigo - Marian Muñoz

                                           In the Hospital Sick Male Patient Sleeps on the Bed. Heart Rate Monitor Equipment is on His Finger.

 

 

 

Es sabido que en la etapa de jubilación o te mantienes ocupado con diversas actividades o te aburres mirando al televisor. En mi caso tenía tantas cosas postergadas que el día no me daba para tanto como quería, pero me lo tomaba con calma pues las prisas nunca son buenas. Me encontraba en el supermercado haciendo la compra semanal, lleva su tiempo, porque me fijo si los productos son de España, si llevan en su composición aceite de palma, azúcar o sal en importante proporción, en esta etapa de la vida hay que ser muy cuidadoso con lo que se consume. Pues eso, que estaba delante de las mandarinas y suena mi teléfono móvil, ¡a mí que no me llama nadie! Extrañada compruebo que es un número muy largo, de esos de la administración, asombrada respondo y alguien al otro lado me pregunta si soy yo, le digo que sí, informando que mi hijo Otto está ingresado en el hospital tras una operación de urgencia, en la habitación 637. Tenía en la punta de la lengua decirle que no tenía hijo, pero sí dos hijas, más en ese instante le recordé y agradecí la llamada. Memorizando el número de habitación que acababa de oír, voy rápidamente a la caja, corriendo subo hasta casa a dejar la compra y en taxi para el hospital.

En la entrada a las plantas no me dejan pasar porque no tengo el pase, le cuento lo ocurrido y me reenvía a admisiones donde allí tras volver a contar lo mismo, me dan la dichosa tarjetita. Subo a la sexta toda acelerada y al entrar, en una de las camas, veo a Otto, dormido o no sé qué, porque estaba lleno de tubos por arriba y por abajo. Me acerco al puesto de enfermería por ver si me explican qué le ha pasado, ¡la información la tiene que dar el médico!, pero al contar que me acaban de llamar y no tener idea de qué le ha pasado, una enfermera amable me informa que le han operado de urgencia por una peritonitis bastante grave, tenía algo de sedación para que no tuviera dolores y el posoperatorio fuera mejor. Ya más tranquila consigo quedarme un buen rato esperando que despierte y dando algo de palique a su vecino de cama.

Vuelvo al día siguiente y parece estar algo despierto. Se asombra al verme y con cariño le regaño por no haberme avisado de lo mal que estaba. No soy su madre, ni siquiera familia, pero su abuelo y tutor fue mi vecino de puerta durante muchos años. Tiene la edad de mi hija mayor e iban juntos al colegio, como su abuelo tenía problemas de movilidad en las piernas, dijimos a la tutora del segundo curso que anotara mi nombre como el de su madre, por si había que acudir para alguna consulta o alguna urgencia. Estaba siempre en mi casa, en época de clases haciendo deberes con Adela, a él se le daban bien las lenguas y a ella las matemáticas, así que se ayudaban mutuamente. Sus padres trabajaban en el extranjero y si bien nunca venían de visita, en el cumpleaños o navidad siempre le enviaban regalos, aunque siempre prefirió el de mi casa. Cuando terminaron el instituto escogieron salidas diferentes y ahí se inició el distanciamiento. En una ocasión que se había caído en el recreo y le llevaron a urgencias, me avisaron como su madre, por eso en el hospital aún sigo constando como familiar más cercano.

Cuando falleció su abuelo, ya mayor, viajó donde sus padres y desde hacía unos quince años no le habíamos vuelto a ver. Al mirarle postrado en la cama, tan pálido y flacucho me dio mucha pena y no hizo falta preguntarle si lo estaba pasando mal, él solito lo contó, para justificar su ausencia a pesar de estar viviendo puerta con puerta en el piso de su abuelo.

Llegó a casa de sus padres sintiéndose un extraño, habían tenido dos hijos más, sus hermanos, pero desconocía su existencia y los otros a él. Habían rehecho sus vidas y él no era más que un pariente lejano para todos. Dormía en el sofá porque no tenían cama disponible, pensó en buscarse trabajo para así conseguir alojamiento, pero se encontraba incómodo en aquella situación y en aquel país, sobre todo con unos padres a quienes no les importaba. Desubicado, perdido, empezó a caer en depresión sin nadie a quien acudir y siendo extranjero en tierra de nadie. Se encontraba bastante mal cuando recibió llamada del administrador del edificio donde tenía el piso su abuelo, llevaban mucho tiempo sin pagar los gastos y el buzón estaba repleto de cartas que parecían de la compañía eléctrica o del ayuntamiento.

Al parecer sus padres se habían desentendido de la vivienda y no les interesaba para nada, ni siquiera para venderla. El recuerdo de su padre/abuelo, lo ordenado y limpio que era, cuanto le había inculcado esas costumbres, hizo que resurgiera de su letargo y volviera a casa de donde nunca debiera haber salido. Empezó a trabajar en lo que pudo y comenzó a pagar recibos y facturas aun quitándoselo de comer, porque lo primero era pagar y luego ya se vería. No había contactado conmigo por vergüenza, quería tenerlo todo en orden antes de vernos, y en su afán de trabajar había hecho caso omiso a los dolores, pensando que serían por el hambre.

Le visité todo el tiempo que estuvo ingresado, incluso mis hijas también lo hicieron, era como un hermano y así se lo hicieron ver. Al cogerle los objetos de valor hasta que le dieran el alta también le cogí las llaves de casa, entré para ver cómo estaba todo y si podía limpiar o recogerle algo, pero no hizo falta, estaba todo impoluto, su abuelo le había enseñado bien. Pero la nevera la tenía vacía, apenas un yogur o unas manzanas, así que decidí ponerle remedio. Cada vez que cocinaba para mi hacía una ración de más que llevaba a su congelador, así cuando le dieran el alta tendría algo para alimentarse, al menos hasta que pudiera volver a la normalidad.

La normalidad llegó unas pocas semanas después, retomó su trabajo y se independizó, igual que hicieron mis hijas, pero eso sí, un domingo al mes vienen los tres a comer a casa, con sus respectivos o sin ellos, pero lo importante es cultivar ese lazo familiar que nos ayuda en los malos tiempos. Y yo que puedo decir, que estoy encantada de haber recuperado a un hijo, aunque no sea de sangre lo es de sentimiento, bienvenido el hijo pródigo.


 

 

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