El molinillo roto - Marga Pérez

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Que el mundo echase el freno sin contar conmigo, tengo que decir , que no me lo tomé muy bien de entrada. Tenía muchas cosas entre manos inaplazables, vitales, imprescindibles, insustituibles e irreemplazables… planes , reuniones, citas, proyectos que no podía dejar aparcados así como así. Mi agenda echaba humo y el gobierno decidía confinarnos en casa… ¡Menuda hecatombe!

Durante dos días, cual tabardillo, limpié la casa como si no hubiera un mañana. Sentía en el cuerpo tal desazón que no podía estar quieta en ningún sitio, ni pensar en nada, ni disfrutar de lo que hacía, ni escuchar a los demás, ni sentir lo que me estaba pasando…

Como la casa enseguida pasó de limpia a impoluta, bajé al garaje dispuesta a ordenar un cuarto que desde siempre viene siendo el trastero, no solo mio, sino de mis padres, hermanos y algún que otro sobrino. Sé que estas cosas pasan por tener una casa grande, haber sido de siempre la casa familiar y además vivir en ella la tía solterona que siempre presume de que puede con todo. Me está bien empleado.

Pues bajé al garaje ¡ hice una limpieza…! Hacía años que no entraba tan hasta el fondo. No lo recordaba tan grande. Allí detrás, al fondo del todo, había cantidad de cosas de mis abuelos que seguro que mis padres desecharon después de quedarse ellos en la casa tras el fallecimiento del abuelo. Aquí nací yo y aquí me quedé después de que mis hermanos se independizaran, soy la más pequeña. Mis hermanos aún recuerdan cuando se mudaron y lo que disfrutaron teniendo una habitación para cada uno. El piso en el que vivían, según dicen, era bastante pequeño.

Entre las cosas que encontré de los abuelos había un molinillo de café. Era el molinillo de café en uso y utilizado hasta la saciedad antes de que el eléctrico se impusiese como más moderno. Estaba roto pero así y todo me hizo regresar a otra época en que me peleaba con mis hermanos por moler el café, en la cocina antigua, sin prisas. En aquella cocina en que varias mujeres se movían entre labores de mujeres, como si de un ballet se tratase. Una lavando en la pileta, otra entre fogones, humos y olor a comida. Otra en el fregadero, lavando ollas, platos… Mis hermanos atizando la caldera de carbón .. El aparato de radio siempre encendido esperando el consultorio de Elena Francis. Yo, sentada en la mesa de madera de la cocina, con el molinillo y el café. Giraba aquella especie de ala metálica y echaba los granos, lo cerraba, lo ajustaba y ya estaba preparado para moler. Siempre me recordaba a una mariquita, oscura y metálica en vez de una delicada y fina con alas rojas y motas negras …

Le daba vueltas y más vueltas al manubrio. Al principio con más resistencia, tenía que hacer más fuerza…la abuela a veces me ayudaba pero enseguida podía yo, era como coser y cantar. Dejaba de oírse aquel ruido de los granos huyendo de ser triturados pero, no podían resistirse, todos caían en forma de polvo al cajón. Me encantaba abrirlo y vaciarlo en una lata de cola-cao, metálica, color café con leche y lunares blancos que tenía en un lateral escrito: CAFÉ. Había latas de cola-cao, metálicas, medio oxidadas de todos los colores pero todas con lunares blancos. En el lateral el nombre cambiaba HARINA, AZUCAR, ARROZ, GARBANZOS… Qué recuerdos. La despensa estaba llena de esas latas… Ese olor a café recién molido me acompañó siempre sin que yo me diese cuenta hasta entonces en que volví a abrir aquel molinillo...Olía como el de la niñez a pesar de que hacía muchos años que no se usaba. Descubrí así que mi infancia olía a lo que olía aquella cocina, una mezcla de olor a madera lavada con arena, jabón lagarto, cera. Olor a despensa atiborrada donde el aroma a queso curado, el de los chorizos en grasa, el de las patatas en el cajón y el de las frutas y verduras se mezclaba con el de las herramientas, productos de limpieza , latas de cola-cao medio oxidadas y botes de pelargón.

Volviendo a aquella cocina del molinillo, empecé a darme cuenta de que las cosas que realmente tienen importancia no están en mi agenda, de esas puedo prescindir. De hecho estuve dos meses sin echarlas en falta. Si eché en falta el cariño, a mis amigos, a mi familia y sobre todo a mi abuela. Era una mujer muy especial que ahora empiezo a entender, quizá por compartir edad… cuando le decía que tenía miedo, normalmente cuando me acostaba y me apagaba la luz, ella me decía: “ cierra los ojos, respira, tienes todo lo que necesitas” Yo lo hacía pero la paz que siento ahora cuando lo hago no la sentí entonces. Gracias abuela, donde estés.

Si el confinamiento me enseñó a valorar lo que tengo y a vivir con más calma tengo que reconocer también que suelo practicar más a menudo las enseñanzas de mi abuela . Este virus y este mundo convulso en el que vivimos hacen que a menudo me tenga que parar , cerrar los ojos, respirar y decir : Tengo todo lo que necesito. ¡Qué bien me sienta!

 

 

 

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El molinillo roto - Esperanza Tirado

                                         

 

Todo empezó con una nevada. Pero ya no nieva como antes. Aunque en las noticias nos cuentan que una nevada con nombre propio ha puesto medio país patas arriba.

Antes no poníamos nombres a las nevadas. Nevaba. Y nevaba más. Y volvía a nevar. Y seguíamos con nuestras vidas. A duras y frías penas.

Y cuando salía el sol, los vecinos sacábamos las palas y las herramientas que usábamos para el campo y los animales y limpiábamos un poco el pueblo. Grandes y pequeños arrimaban el hombro. Como hacíamos en las sextaferias de primavera. Aquello sí que eran celebraciones.

Nos caíamos, claro. Con el hielo siempre se resbala la gente. Pero sería por las tropecientas capas de ropa que llevábamos encima que nadie se rompía nada. O llevaban el dolor como podían, con licores y brebajes caseros.

El médico, que vivía a treinta kilómetros, valle abajo, no subía. No tenía coche, venía en carromato, cuando se podía, luego ya en tractor. Las carreteras eran caminos sin asfaltar. Lo de los quitanieves es un invento moderno. Nos calentábamos con los animales, sobrevivíamos cada invierno y lo celebrábamos cada primavera.

En el pueblo, desperdigados entre tres valles, éramos trescientos vecinos. Bastantes para compartir tareas. Aunque con la nieve había inviernos que ni nos veíamos.

Quien no tenía vacas, tenía huerto, algún gocho, colmenas con abejas de verdad. Y hacían queso, miel, cera, sabía tejer lana,… Y todos teníamos nuestra reserva de la matanza y unas pocas pitas que andaban por las caleyas, picoteando lo que cayera. Incluso nieve. Bueno, cuando nevaba mucho mucho mucho, las pitas se quedaban en casa, con nosotros. No diré que debajo de la cama, pero casi. Y en primavera nos juntábamos todos los vecinos que habían sobrevivido al invierno, y repartíamos lo que teníamos, bebíamos, cantábamos y nos apañábamos.

Mi padre, que en gloria esté, construyó una especie de corral junto a lo de las vacas, que no llegaba ni a establo. Así todos teníamos nuestro sitio. Aunque las pitas iban siempre por libre, y más de una acabó en un caldo por irse de excursión durante una nevadona de esas que hacían historia en nuestro pueblo. Y es que ellas no sabían de avisos ni atendían a silbidos como los perros. Que viendo el frío ni asomaban el hocico a la puerta a ladrar, avisando de visitas.

En una de estas, no sabemos cómo lo lograría, apareció por la caleya que daba a mi casa un tipo greñudo y desdentado, subido en un mulo viejo, sucio y despeluchado que arrastraba un carromato aún más sucio y reparcheado. Fue una especie de hito durante la primavera siguiente, cuando todos los vecinos de los valles nos juntamos y se extendió la historia. Adornada de mil formas distintas según quien la contara.

El caso es que supimos de él por los gritos que daba mientras hacía sonar una campana abollada de tanto golpe.

A pesar del frío nos asomamos a ver quién formaba tanto revuelo.

Él, viendo que había público, gritaba más fuerte y aporreaba la campana con más fuerza.

¡¡Buhoneroooo!! ¡¡Comproooo!! ¡¡Vendooo!!! ¡¡Buhoneroooo!!!

Mi madre, que ya se había quedado viuda y con dos hijas, temía que el tipo entrara en casa y nos asaltara.

Con la excusa de que sus gritos iban a hacer caer la nieve de las montañas a las casas del pueblo, salió, entre enfadada y asustada, calzando las madreñas de mi padre y con la garrota de mi abuelo en la mano.

¡Eh, usted! ¡Qué gritos son esos! ¡Que se nos va a venir la nieve abajo! Y a ver quién nos socorre. Que hasta la primavera no vienen los de abajo. Ni los guardias ni nadie del mando.

El ‘mando’ era lo que en los valles conocíamos como el ayuntamiento de hoy día. Que de aquella no lo formaban más que el alcalde, que tenía tierras y muchos dineros, un par de chupatintas con algo de estudios y tres guardias civiles con mucha voluntad y pocos medios.

El tipo, envuelto en capas de mugre, lanas bastas de varios colores, pieles y todo lo que había encontrado en sus caminos, se bajó del burro.

Tosió un poco, bebió algo que sacó de entre las capas y volvió a gritar:

¡¡Buhoneroooo, señora!! ¡¡Vendoooo, cambiooo!!!

Parecía que su repertorio era bastante limitado.

Nosotras, unas crías, asomadas desde las ventanas, mirábamos el ‘espectáculo’ y le lanzábamos la nieve que se había acumulado en las ventanas de la casa.

El tipo, con cara de cansado y aterido de frío, nos ignoraba mientras cogía aire, bebía e intentaba repetir su perorata.

Pero mi madre, harta de escuchar lo mismo, se confió, decidiendo que solo era un inofensivo vendedor. Con ganas de entrar a casa a calentarse, habló alto y claro.

Pero, alma de Dios ¿Cómo se le ocurre venir con estos fríos? Ya que está aquí, ¿Qué es lo que vende que pueda servirnos? Ande, ande, deje el carro ahí fuera que nadie se lo va a quitar.

Y desatando el burro se lo llevó donde las vacas, para que el animal cogiera un poco de calor.

El tipo, agarrando el saco, la siguió y los dos entraron en casa.

Mi hermana había puesto el café de pota al fuego. Y el llar olía amargo y caliente. Mi madre se quitó las madreñas y las dejó en un rincón. La vara de mi abuelo no la soltó por si acaso.

El hombre sacó la botella de entre sus múltiples capas y echó un poco de aquello al café que mi hermana le servía. Y la lengua se le soltó.

Señoras, vengo de León. De allí traigo sartenes, ollas, mantas zamoranas, que son de lo mejor, platos, molinillos de café modernos…

Una de las vacas interrumpió su discurso. Un rebuzno quejoso la siguió.

No le hagan caso –dijo- es un bicho solitario, como su amo. Le gusta ir por libre.

Mi madre, garrota en mano, empezó a examinar todos los cacharros con gesto profesional. Nada parecía convencerla.

Mamá –Mi hermana había cogido el molinillo de café al que yo también había echado el ojo - ¿Y esto...?

Nos puede servir para cuando venga el médico –medié yo- Que ya sabes que no le gusta demasiado el café de pota.

Pues que se apañe con lo que hay, carajo –Mi madre se puso de pie y dio un garrotazo en el suelo. Todos temblamos, el hombre bajó la mirada y las vacas mugieron. Esta vez el burro no dio señales de vida. –Que aquí de toda la vida se tomó el café de la pota y todos llegaron a los noventaymuchos. Menos mi Antonio, que en Gloria esté…

Santiguándose con la mano libre, mi madre se aferraba a sus recuerdos, tan fuerte como a la garrota de mi padre.

Mi hermana miraba el molinillo y me miraba a mí. Y ambas pendientes del buhonero que, con la cara cada vez más colorada, no parecían quedarle fuerzas para repetir las virtudes de sus productos.

O, bueno, tal vez podríamos comprarle algo. –mi madre se estaba ablandando, cosa rara en ella- El molinillo ese, quizá. Pero mucho no podemos darle. Dinero como verá, no hay. Nieve, leña, pitas, huevos, una riestra de chorizos o leche. Escoja.

El hombre miraba a mi madre asintiendo. El calor del llar había entrado en su cuerpo, y poco a poco se fue quitando las capas que lo cubrían.

Debajo de todo aquello solo había un ser humano, enclenque, barbudo, apestoso; y un poco borracho.

Y pasar un anoche aquí, aunque sea entre las vacas… con eso ya estaría pagado el molinillo…

Sus ojos miraban la estancia, a nosotras y sobre todo al fuego del llar, que parecía haberlo hipnotizado con sus chispas saltarinas.

Sea –consintió mi madre, confirmando su decisión con el garrote del abuelo tronando contra la madera del suelo– Con las vacas se va.

Mi mano, más rápida que la de mi hermana, agarró entonces el molinillo como si fuera un tesoro. Mi hermana me echó una mirada que casi me heló el corazón.

El tipo se levantó despacio, arrastrando sus capas, abrió la portilla que daba donde las vacas y se fue con ellas. Aquello no llegaba ni a establo, ni a cobertizo. Bastante hizo mi padre. Pobres vacas. Pobre hombre. Pobres de nosotras.

Nos despertamos a la mañana siguiente de puro frío. El fuego ya se había apagado y me tocaba a mí ir a por leña. Mi hermana había cogido el molinillo mientras yo me calzaba las madreñas y me cruzaba la pañoleta de lana gorda, que picaba horrores, pero era lo mejor contra el frío.

Fui donde las vacas. Ni el burro ni el buhonero estaban ya. Me asomé un poco más. Ya no nevaba, pero estaba todo blanco. A pesar de ello el carromato también había desaparecido. Entré en casa con la leña y encendí el fuego.

Después, todo siguió como cada invierno. El molinillo de café en medio de la mesa quedó como testigo de aquella extraña visita.

Solo lo usamos una vez. Creo que se rompió cuando el cura vino a dar la extremaunción a mi madre. Y quisimos darle café de verdad.

Desde entonces no tomo café. Ese olor me recuerda a la muerte.

Nos hicimos mayores y mi hermana se fue a la capital y se casó con un ricachón. Yo estudié un poco gracias al médico y me coloqué en un banco.

No nos volvimos a ver hasta que un día me llegó una carta muy rimbombante con su nombre reclamándome la propiedad del molinillo roto.

Para mí era más que un recuerdo de mi niñez. Y, a pesar de que era un trasto roto, conseguí quedármelo tras una absurda y amarga disputa. Dejamos de hablarnos para siempre. Hace mucho de eso. Y mucho más desde que ninguna de las dos toma café.

Pero cuando lo saco del armario me vuelvo a ver en aquel pueblo perdido, entre la nieve, con mi padre arreglando la portilla de lo de las vacas y los olores de mi madre cocinando en el llar.

Y la nieve, la leña, las pitas correteando, la leche, el café de pota alimentan lo que queda de este maltrecho cuerpo, que sonríe recordando que la nieve de antes no era tan fría como ahora.








 

 

 

 

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El molinillo roto - Pilar Murillo

                                            Molinillo de café con granos de café. sobre un fondo de madera.

 

Me costó muchas vueltas de cabeza para decidirme a venir a vivir aquí. La casa de mi abuela, donde todos los veranos me traían mis padres para que ellos siguiesen trabajando en Suiza.

De pequeña no extrañaba demasiado el lugar donde nací porque el pueblo de mi abuela era tan verde como La petit Grave, aldea suiza que está entre Francia y Ginebra. La única diferencia es que los inviernos son muy fríos, la nieve dura hasta bien entrada la primavera. En invierno es todo un manto blanco, pero llegada la primavera es muy verde y florido, así como el pueblo del norte de España de mi abuela.

Mi abuela solo plantaba plantas y alguna hortaliza y animales solo tenía una vaca para su propio consumo de leche, manteca y queso.

Pero me pasaba horas jugando con la niña de los vecinos que sí se dedicaban a la labranza.

Los sábados por la tarde, ya sabía lo que mi abuela iba a hacer, la veía sacar aquel molinillo manual para moler café y cuando empezaba a hervir estaba entrando por la puerta el abuelo de mi vecina.

Ya de mayor supe que aquel señor y mi abuela habían sido novios cuando apenas eran unos críos, pero él se fue a la guerra, tardó en regresar, lo dieron por muerto, entonces a mi abuela le presentaron a mi abuelo, vecino de un pueblo cercano. Yo creo que mi abuela nunca amó a mi abuelo, le tenía cariño, pero amor, se lo tenía al vecino, porque yo se lo notaba en las miradas, aunque intentasen disimular.

El señor había enviudado recientemente y mi abuela ya llevaba un montón de años sola. Mi abuelo se lo había llevado una terrible enfermedad terminal.

Yo desde mi condición de niña adoraba ver a mi abuela canturrear mientras llegaban las 5 de la tarde y sacaba el molinillo y venga a darle vueltas para hacer aquel típico café de manga que impregnaba de aroma toda la casa. El abuelo de mi amiga llegaba, saludaba con una sonrisa adorable y mi abuela lo invitaba a entrar hasta la cocina. Él se sentaba en la cabecera de la mesa y esperaba impaciente a que le posara ante él la taza de café. Yo me sentaba en medio de los dos, tan solo tenía diez años y me encantaba estar en esos momentos en los que la casa entera rezumaba tanta ternura.

Yo con mis manos sosteniendo la barbilla los escuchaba atentamente cuando contaban historias de cuando eran jóvenes. Nunca hablaban de ellos mismos como pareja, sólo eran recuerdos que a mí me parecían cuentos. Muchas veces riamos, o más bien ellos reían y yo les imitaba.

Cuando ya fui adolescente mi abuela y su pretendiente ya estaban avanzados en edad.

Yo era para todos la pequeña suiza, por mi español con acento francés. Seguía siendo amiga de Estela, la vecina, los juegos eran aparentar ser mayor. Fumar a escondidas, espiar a nuestros abuelos, así descubrimos el primer beso que se dieron después de cinco años de estar tomando café todos los sábados a las 5 de la tarde. A él se le cayó la boina al suelo ella fue a recogerla mientras el abuelo de Estela permanecía sentado en la silla. Mi abuela al incorporarse cruzó su mirada con la de él y los dos a la vez se unieron en un beso amoroso, de esos de película, era entre pasional y una fuerza descomunal de deseo reprimido. Se separaron en pocos segundos. Creo que me oyeron la risa que inevitablemente se me escapó. Estela se fue corriendo para casa y nuestros abuelos regresaron a la realidad, entre nerviosismo y vergüenza. El abuelo de Estela se fue tras los pasos de su nieta despidiéndose de mi abuela, tan solo con la mirada y una disculpa apenas perceptible.

Después de esa escena de amor Estela me dejó de hablar y al novio de mi abuela se le prohibió tomar café. Prescripción médica, dijeron. A mi abuela cuando se lo conté, pues le di yo la noticia, se le cayó el molinillo de las manos y se rompió al caer al suelo, ya era un molinillo viejo y guardaba uno eléctrico, regalo de mis padres.

Aquí me veo con el viejo molinillo roto entre mis manos. Mi abuela nunca lo quiso tirar. Ahora lo llevaré a la ciudad a uno de esos señores que arreglan de todo, para ponerlo de adorno en alguna estancia de la casa.

 

 

 

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El molinillo roto - Marian Muñoz

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Al abrir la puerta de la calle se encontró con la inspectora Abril, de una pequeña bolsa sacó un molinillo de pimienta nuevo, no sabía lo que pretendía con aquel regalo pero de su boca no iba a salir ni una palabra sobre lo sucedido a su marido salvo lo que ya constaba en el atestado y estaba dispuesta a defender la versión oficial.

Ambos se conocieron siendo monitores en un campamento de verano, desayunar huevos revueltos salpicados con pimienta negra les propició un acercamiento inesperado y poco a poco aquella amistad culminó en matrimonio. Pedro era un hombre amable, cariñoso, simpático y muy caballeroso, ni siquiera en los primeros años de vida en común mostró signos de otra cosa que no fuera un gran amor por Elisa y una preocupación constante por su bienestar. Al principio ella había intentado encontrar un hueco en el mundo laboral pero al quedarse embarazada lo postergó para volcarse en su hijo. Pedro siguió siendo el mismo enamorado de siempre, atento y servicial aunque demasiado a menudo ausente por motivos de trabajo. Parecía que la vida les seguía sonriendo al llegar el segundo bebé, otro niño, con amplios pulmones que impedían el deseado descanso a la pareja. Las tareas para Elisa eran dobles más atender a su marido la agotaban en ocasiones y él empezó a quejarse, a sentirse relegado por unos mocosos a los que solía ignorar.

Tan centrada estaba Elisa en sus hijos que apenas percibió el cambio de carácter de Pedro, lo justificaba por el estrés en el trabajo y a ser el único que traía ingresos a casa. Día tras día le perdonaba su mal humor, sus quejas continuas y sus desaires, no comprendía el motivo de prohibirle visitar a sus padres o a su hermana que adoraba a sus sobrinos, creía que con el tiempo se le pasaría y volvería a ser el marido cariñoso de siempre no dándole importancia. Cuando se quedó embarazada del tercero las broncas eran algo cotidiano, los insultos, bofetadas y ataques de ira achacándole que no valía para nada, sólo era una coneja que no paraba de parir. Sintió caer en picado la poca autoestima que tenía y lo peor sucedió cuando la empujó por las escaleras estando aún embarazada de seis meses. Dolorida, magullada y tremendamente preocupada por el estado de su bebé acudió sola a urgencias mostrando grandes dotes de actriz al convencerles que su torpeza le impidió ver el escalón. Aquel día le informaron que venía en camino una niña y aparentemente se encontraba bien.

A raíz de aquella caída Elisa comenzó un infierno de desprecios, golpes y violaciones por parte de su marido. Su prioridad era defender a sus hijos de su padre y tenerlo contento a él para que ni los mirase. Procuraba que sus niños pasaran la mayor parte del tiempo en casa de amigos o compañeros de clase conviviendo unas horas en un ambiente de amor y cariño, no de gritos e ira lo habitual en su hogar. Había logrado un deseado equilibrio entre hijos y marido, sacrificándose al ser pasto del mal humor de Pedro. El escaso contacto mantenido con sus padres o su hermana era guardado en secreto. Moratones, heridas o lesiones cutáneas eran siempre consecuencia de su torpeza procurando que al llegar él a casa los niños ya estuvieran durmiendo en sus camas. Creía tenerlo todo controlado hasta que la pequeña Daniela empezó a ser el juguete preferido de su padre. No les quitaba ojo cuando estaban juntos, temía por la niña al ver como la abrazaba, la besaba o la quería acompañar a su cama. Todas las alarmas se dispararon y Elisa empezó a buscar una salida para aquel tormento.

Si se divorciaba él se quedaría con los niños y si se largaba con ellos él la denunciaría y terminaría en la cárcel, no encontraba otra salida que sacrificarse por sus pequeños y suicidarse, encontrando la fórmula para culparle a él y así quedarían en manos de su familia. El único sentido que tenía su vida era ayudar a sus hijos a librarse de su padre, empezando a planear cómo, cuándo y dónde, al mismo tiempo encontrando la manera de que estuvieran bien atendidos.

Si debía morir intentaría dejarlos bien cubiertos con una póliza de vida, un día se lo comentó pues era un gasto más a la economía familiar pareciéndole genial siempre que le pusiera a él de beneficiario, incluso convino en hacerse otra. Iban a ir juntos al seguro pero se las apañó para ir en días separados y contratarla como deseaba. Mientras ideaba su muerte esperó un tiempo prudencial para que no pareciera sospechosa. Siempre desayunaba un revuelto salpicado con pimienta negra molida, costumbre que tenía desde joven y encontraba que esa comida podría ser la solución a su desaparición.

Había leído en una novela de Agatha Christie un asesinato con unas bayas venenosas similares a los granos de pimienta, si estaban secas se podían triturar e ingerir provocando la muerte al instante. Sólo quedaba encontrarlas y ver como implicaba a Pedro para que se las diera y parecer culpable de asesinato. Con los niños recorrió parques, jardines e incluso buscaba en arbustos que rodeasen los edificios. Tardó pero finalmente lo consiguió. Acudió a recogerlas a escondidas, estaban frescas y tuvo que esperar unas semanas para su maduración, las tostó en el horno para lograr una textura parecida al grano de pimienta negra. Por aquellos días acudió a un notario e hizo testamento incluyendo que la custodia de sus hijos recayese en su hermana, casada y sin hijos adoraba a sus sobrinos y los cuidaría maravillosamente.

Estaba dispuesta a morir, había ocultado a todos el maltrato físico y psicológico de su marido, por vergüenza había aceptado cada humillación y que su vida no tenía ningún valor tal como él le repetía. Su sacrificio liberaría a sus pequeños y terminaría con Pedro entre rejas. Escogió el día y envió a los niños con sus padres sin decirle nada a él. Se levantó como siempre preparándose su desayuno de huevos revueltos, él ya no los podía comer por culpa del colesterol y le pidió amablemente que echara pimienta molida en ellos. El molinillo había sido vaciado la víspera rellenándolo con las bayas secas y tostadas, al molerlas no encontraría diferencia con la pimienta. Limpió cuidadosamente el molinillo para que las huellas fueran únicamente las de su marido. Mientras Pedro molía ella de espaldas le preparaba su café, al girarse con la taza humeante entre sus manos, vio como él se terminaba el último bocado del revuelto, asustada por la inesperada escena dejó caer la taza al suelo, partiéndose en añicos y desparramando su contenido. Viendo aquel desaguisado él la golpeó en la cabeza con el molinillo de pimienta, quedando inconsciente a causa del golpe.

Cuando despertó se vio en el suelo de la cocina encima de un charco de café, rodeada de trozos de taza rota y de bolitas pequeñas en las que reconoció las bayas. No había rastro de su marido ni tampoco de los huevos revueltos. Rápidamente se incorporó al ser consciente de la situación y de la posible llegada de la policía, así que aún mareada comenzó a secar el suelo, tiró los cachos de la taza al cubo de basura así como el molinillo roto en dos, recogió una por una las bolitas de baya tirándolas por el fregadero, ya que las de pimienta se encontraban desde el día anterior en la basura. Aún goteando sangre por la herida de la cabeza subió rápidamente al dormitorio, se cambió de ropa y puso la lavadora, inició una actividad frenética haciendo camas, recogiendo juguetes y limpiando todo para la segura visita de la policía. Cuando terminó se fue al baño a curarse la herida de la cabeza que aún sangraba, fue entonces cuando oyó girar la llave en la puerta de la calle, Pedro entraba con un amigo en animada charla dirigiéndose a la cocina. Elisa estaba nerviosa pensando en lo que podría pasar y en como aparecer ante ellos. Oyó abrir la puerta de la nevera y cómo destapaban dos botellas, suponía que de cerveza. Mientras tanto continuó curándose la herida e intentando peinarse para que no se notara, de repente oyó un golpe procedente de la cocina, unos sonidos raros como de ahogo escuchando al amigo gritar el nombre de su marido reiteradamente intentando reanimarle.

Oyó pedir ayuda pero no se movió, aquel hombre no paraba de gritar y de llamarla, el miedo la paralizó, no fue consciente de cuánto tiempo esperó hasta que finalmente bajó las escaleras, aquellas escaleras por las que él la había tirado estando embarazada, lenta y parsimoniosamente acudió a la llamada. Su cara desencajada empezaba a tener un color azulado, jadeaba con dificultad y sus manos intentaban alcanzar algo, quizás el aliento que se le escapaba, hizo acopio de todo su valor llamando a emergencias, fueron los cinco minutos más largos de su vida, cuando aparecieron intentaron reanimarlo trasladándolo a urgencias, donde desgraciadamente falleció. El diagnostico fue de infarto.

La policía inició una investigación y gracias al testimonio del amigo y el personal de emergencias la conclusión fue que la cerveza estaba tan fría que provocó un corte de digestión y el infarto. Dos inspectores de policía se acercaron al domicilio para averiguar más sobre la defunción, la inspectora Abril no parecía convencida de los hechos al ver su herida en la cabeza, estuvo fisgando por la cocina intentando comprender lo ocurrido y desconfiando de lo contado por el amigo, mientras que su compañero daba por buena la versión cerrando el caso. Aquella inspectora fue hasta tres veces a su casa al dudar de ella, se lo notaba, incluso se llevó la bolsa del cubo de basura con el molinillo roto, la taza y los granos de pimienta, nunca se le ocurriría mirar en el desagüe, ni siquiera le hicieron autopsia al tener tan clara la causa de su muerte. La gula había terminado con él y ella podría cuidar adecuadamente de sus hijos volviendo a ser persona y reanudar su vida.

Nunca jamás sabrían lo ocurrido realmente y el sacrificio que había estado dispuesta a hacer. Aquel molinillo roto le devolvió la vida y a los suyos.

 

 

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El molinillo roto - Gloria Losada

People at flea market at square before Barcelona Cathedral


Nunca me llevé demasiado bien con mi abuela Carmen, la madre de mi padre. En realidad nunca me llevé, sin más, ni bien ni mal, puesto que apenas teníamos relación. La visitaba dos o tres veces al año más por compromiso que por otra cosa. Era una mujer hosca y fría y siempre me había dado la impresión de que le molestaba un poco mi presencia, a pesar de que su comportamiento conmigo, sin ser cariñoso, era correcto.

Uno de los días de visita obligada era el día de Reyes. Siempre tenía un regalo para todos sus nietos, una generosa cantidad de dinero, y por mi parte todos los años le compraba su frasco de su colonia favorita, que olía a rancio, pero a ella le gustaba. Aquel día yo siempre aprovechaba para moler el paquete de café que la empresa incluía en el lote de Navidad que nos regalaba. La abuela tenía adosado a la pared de la cocina un precioso molinillo de manivela de porcelana blanca con cenefas azules, absolutamente maravilloso. Se le echaba el grano por la parte superior, se molía dándole a la manivela y caía el café ya triturado en un pequeño cajoncito. A mí me encantaba el molinillo y siempre le pedía a mi abuela que por favor me lo dejara en herencia a lo que ella contestaba con un escueto “ya veremos”.

El día de Reyes de 1980 el molinillo no estaba en la pared de la cocina. Era el quinto año que yo aprovechaba para moler mi café, pero no pude. Le pregunté a mi abuela y me dijo que se le había roto la manivela y que se lo había vendido a un chatarrero. Le reproché que yo siempre se lo había pedido.

-Nunca te prometí que te lo daría – me contestó secamente – además me he comprado uno eléctrico, es mucho más cómodo, puedes moler en él tu café.

Por supuesto que no lo molí, ni ese día ni ningún otro. A partir de entonces fui guardando los paquetes que me regalaba la empresa. Me daba pena tirarlos, pero tampoco quería moler el café en un molinillo eléctrico, no me daba la gana. Alguien me dijo que si lo guardaba bajo ciertas condiciones el café en grano era muy difícil que se estropeara, así que respeté tales condiciones y conservé los paquetes, mientras buscaba el molinillo de mis amores.

Durante unos cuantos años me hice asidua de los mercadillos, concretamente de los puestos en los que vendían variopintos objetos de segunda mano que en su mayoría no servían para nada. Molinillos encontré muchos, pero el mío parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Vaya usted a saber a quién se lo vendería mi abuela. Mientras tanto los paquetes de café aumentaban… uno, dos, tres, cuatro… treinta y nueve. En el año 2019 había treinta y nueve paquetes de café guardados en un pequeño cuarto que yo había acondicionado para ello. Durante aquel tiempo aunque dejé de ir a los mercadillos jamás olvidé el molinillo roto, ni deseché la descabellada idea de encontrarlo, supongo que por eso guardaba el café. A su vez mi vida había dado muchas vueltas, tantas que si me pusiera a relatarlas me desviaría mucho del tema, quedémonos con que en el año 2019 me había llegado el momento de mi jubilación y con que vivía en una hermosa casa a las afueras de la ciudad con mi nieta Almudena, única familia que desgraciadamente me quedaba. Almudena acababa de cumplir veinte años y trabajaba en lo que le salía, pues no había querido estudiar. Le encantaban las plantas silvestres y su ilusión era poner una herboristería o alguna tienda en la que vender productos naturales, para lo que estaba ahorrando encarecidamente. Yo simplemente estaba esperando que llegara el momento adecuado para ayudarla a cumplir su sueño, que sería cuando asentara un poco más la cabeza, no fuera a ser que hoy suspirara por la herboristería y mañana se le diera por desear una tienda de hortalizas ecológicas. Pero por lo pronto quien me dio una buena sorpresa fue ella, pues con motivo de mi recién estrenada jubilación me regaló un viaje a Cuba, para las dos, nada menos. A la mierda sus ahorrillos, bueno, a la mierda no, a Cuba. No tuve el valor de regañarle, mi nieta era y es así, generosa y desprendida, así que para allá nos fuimos.

Fue un viaje precioso e inolvidable por muchas razones. Aparte de lo increíblemente hermoso que es el país a pesar de su decadencia, para mí fue un orgullo poder pisar la tierra a la que en su juventud fue a trabajar mi abuelo materno, que hablaba de aquel país con verdadero sentimiento. Pero lo mejor del viaje ocurrió el día en que fuimos a comer a aquella casa del barrio de Miramar, uno de esos restaurantes familiares en los que comes como si estuvieras en tu propia cocina. Allí, colgado de la pared del pequeño comedor había… ¡un molinillo idéntico al mío! bueno, al de mi abuela. Ni qué decir tiene que se me atragantó la comida. Me acerqué casi con miedo y lo observé durante un rato. Toqué la manivela y se me quedó en la mano, estaba rota, casi no tenía la menor duda de que era mi molinillo. Encontrarlo en Cuba no se me hubiera pasado jamás por la mente.

De inmediato le pregunté a la dueña de la casa de dónde había salido mi adorado objeto. Me contó que un familiar suyo muchos años atrás, había realizado un viaje a Galicia para conocer a su familia y en un mercadillo de Lugo había comprado el molinillo, que tenía rota la manivela, pero le dio igual, le gustó tanto que se lo compró como objeto de adorno y desde entonces ahí estaba, decorando la pared del comedor.

Le conté mi historia con el molinillo. Ninguna de las dos tuvo duda de que era el que yo tanto había buscado. La buena mujer no lo dudó un instante. Lo descolgó de la pared y me lo entregó, no sin antes advertirme que tuviera cuidado con la manivela rota. Se lo quise pagar y se negó. Ni por activa ni por pasiva fui capaz de hacer que aceptara más dinero que el que nos cobró por la comida. Así que Almudena y yo salimos aquella tarde y le compramos multitud de cosas que ella, por ser cubana, nunca se podría comprar.

Hace dos semanas inauguramos la herboristería. El molinillo, al que he reparado la manivela y funciona perfectamente, preside la estancia colgado de una pared. Además ha dado nombre a la tienda. Herboristería “El Molinillo azul”. Vendemos toda la clase de tisanas… ah, y café recién molido. No se lo pierdan.


 

 

 

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La maldad - Marian Muñoz

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No tengo muy claro el inicio ni fui consciente del cambio, lo que sé es a quien se lo debo y todo por un afán avaricioso de hacer caja. Aurora mi editora, en uno de esos días en que nos reunimos en torno a un chocolate bien calentito y unos churros del Eva. Las ventas iban muy bien, es más, en aquellas navidades tuvieron que reeditar muchas obras al demandarlas en librerías y grandes superficies. Si nos iba bien ¿por qué? Siempre ha sentido la necesidad de hacer competencia a editoriales importantes, de demostrarles que a pesar de ser pequeña tiene buen ojo para sus escritores.

Lo recuerdo como si fuera hoy: “Mira Leni tienes copado el mercado de cuentos infantiles y de aventuras para niños, incluso los peque libros para bebés se están vendiendo como esto (dijo cogiendo un churro), ahora piensa que esos niños y niñas crecen, se convierten en adolescentes que deben seguir leyendo, y lo que demandan nuestros adolescentes es algo con colores más fuertes, quieren sangre, muertos, robots asesinos y zombis que pueblan la tierra, quieren acción y violencia, tú tienes que darles eso que demandan, debes crear un mozín o una mozina que sean los héroes de tus aventuras, que salgan siempre airosos a base de golpear y matar, con un poco de sexo por supuesto”. Vamos a ver Auro – le respondí- ¿tú ves como voy vestida? Mis colores son el rosa chicle, azul cielo, blanco nube, soy así y pedirme agresividad en mis historias ni me gusta ni me siento capaz, soy muy flower power la empatía y la buena educación son mi estándar, por eso tengo éxito, por eso padres, madres y abuelos de esos niños regalan mis cuentos.

Continuó insistiendo mediante llamadas, mails y whatsaps, empecé a sentirme presionada comenzando a darle vueltas en mi cabeza a un personaje sanguinario. Escribo basándome en vivencias o reflejos de mi entorno, quizás un poco almibarada pero los colores en mi vida siempre han sido los cálidos y claros, suaves y aterciopelados, ponerme a estas alturas a pensar en granates, negros, morados o marrones me superaba. Como siempre que no sé cómo seguir una historia busco en internet, bucee en páginas truculentas que daban pavor, noticias escabrosas de periódicos o programas con tintes amarillos donde unos y otros se apuñalan por la espalda. No me salía nada, tantos años pensando en rosa me hacían ser reacia no sólo a los cambios sino a mutar de colores. La maldad no era lo mío y mucho menos quería inculcarlo a mis niños, esos que han crecido leyendo desde pequeños a Pipo y a Reina mis hijos de papel.

Discurría cómo salir del atolladero cuando surgió la pandemia, nos encerraron en casa e iniciamos un viaje a la locura más terrible de la enfermedad, el aislamiento. Las noticias no paraban de dar incontables cifras con diferentes variantes, siglas a las que antes hubiéramos dado otro significado, personajes que copaban nuestras pantallas del televisor diariamente, políticos que improvisaban continuamente la organización de nuestras vidas, algo inaudito para un siglo XXI, tanto cambio, tanta orden mal dada y tanto daño sufrido llevó a imperar la maldad. Las películas de antaño, los programas de risa o los concursos de cocina o baile dejaron de interesar, la cuota de pantalla estaba en debates sobre lo mal que se había hecho y lo que se debería hacer, pseudo profesionales llenaban audiencias con opiniones contrarias y ni se sonrojaban porque llenaban sus faltriqueras. La maldad comenzó a surgir como la lava de un volcán, primero leventemente fisgando a vecinos y dudando de sus intenciones, luego increpando desde ventanas y balcones a quienes osaban saltarse las normas, y por último la desbandada al pensar que todo era un cuento para tenernos encerrados y no pasaba nada por confraternizar.

Vivo en un ático acompañada de tres caniches y cuatro abuelillas, sólo una es la mía, suponerse en peligro por un virus las tenía amedrentadas, cambiaron de ser dicharacheras a estar mustias y ausentes, procuraba entretenerlas con dibujos animados o programas de viajes, pero en cuanto me daba la vuelta cambiaban de canal escuchando terribles cifras y malos augurios. Y me dio como a todos la neura ejecutora, criticando y deseando lo peor a quien presenciaba saltándose las ordenes. No permitía que nadie entrara en casa ni siquiera el amable tendero que nos traía siempre los pedidos, desinfectaba todo cuanto venía de fuera, incluso mis zapatos, mi bolso o mi ropa, e inicié mi obsesión. Vivo en el barrio desde pequeña y más o menos nos conocemos todos, he sido testigo de cómo se llevaban de madrugada en ambulancia a muchos vecinos, en silencio para no crear alarma, personas que si lograban regresar lo hacían con gran jolgorio por parte de los demás al sentir que al coronavirus también se le puede vencer, pero del resto sólo leía una esquela en la página web de la funeraria sin siquiera poder reconfortar personalmente a su familia. Todo ese caos originó miseria, hambre, frío y desesperación en muchas casas e hizo que la maldad rugiera con más fuerza.

Rabia, intransigencia, egoísmo, envidia e ira, sobre todo ésta última fue haciéndose hueco en mi corazón y torné en agresiva, criticona y chillona, mis pobres abuelillas estaban doblemente temerosas, por mí y por el maldito virus. Me asusté a mi misma cuando desde la terraza increpé a un grupo de jóvenes sin mascarilla que compartían risas y bebidas, no podían oírme al hacerlo desde un octavo piso, pero la maldad corrió como la pólvora apoderándose de mí y comencé a escribir. A través de mi personaje Yano, recriminé, maté, robé e hice autenticas barbaridades impartiendo justicia por el bien de la humanidad a todos esos que ponían en peligro a nuestros mayores, a nuestra sociedad del bienestar y no iban a poder irse de rositas para repetirlo cuando se les antojara. Las sanciones administrativas no valían para cambiar actitudes ni los enfrentamientos agresivos a la policía. Yano armado con un spray inoculaba un gas dejándoles inmóviles en el suelo oyendo y sintiendo todo pero sin poder hablar ni moverse, tardaban horas en recuperarse y los que reincidieran o no aprendieran de la experiencia serían inyectados con una buena dosis de morfina para su extinción. No fui sutil en mis historias, al contrario intenté crear crueldad y violencia para justificar ejecuciones. Cuanto más escribía más liberaba mi espíritu del agobio de vivir bajo una pandemia.

Poco a poco retomé mi personalidad original aunque la liberación al escribir me había servido para algo, tenía dos novelas que gustaron a mi editora quien aprovechando la coyuntura publicó. No hubo presentación ni propaganda en los medios, tan sólo una breve nota en instagram que se transmitió como el virus convirtiendo los libros en superventas del momento. En casa logré coordinar el ying y el yang, pero desgraciadamente mis queridas compañeras de piso iniciaron un lento viaje hacia la muerte al dejar de interesarse por lo que ocurría deseando evitar el sufrimiento aterrador de un futuro incierto, se fueron apagando poco a poco y una tras otra en apenas medio año me dejaron triste y sola con mis caniches. La pandemia aún sigue, nos vuelven a encerrar perimetralmente y la cepa que tenemos encima viene de la pérfida Albión, desafortunadamente un gracioso se dedica a recrear mi personaje y asesina a quien ve que se salta a la torera las más mínimas normas de convivencia en pandemia, por suerte no me han denunciado como incitadora pero han retirado todos los ejemplares en los que sale Yano el justiciero. Como nuestros jóvenes son tan espabilados se pasan unos a otros la versión digital y en todo el país están surgiendo imitadores. Sigo culpabilizando a mi editora, la maldad sólo acarrea maldad y nunca será buena compañera de camino.


 

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Queridos Reyes Magos - Esperanza Tirado

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Queridos Reyes Magos:

No sé si alguna vez os llegué a enviar las cartas que cada año escribía religiosamente en mi libreta de rayas o en un bonito folio con dibujos navideños que me traían mis padres de no sé dónde y encontraba ilusionada al volver del cole. A veces me salía o tachaba algún juguete, porque pensaba que eran demasiados. Y luego los que quería nunca venían.

Efectivamente, ahora lo recuerdo. Nunca os llegué a enviar mi carta. Me daba vergüenza enviar algo con tanto tachón. No quedaba bonito que sus Majestades leyeran mis deseos entre borrones y alguna falta de ortografía.

Así que era complicado averiguar lo que quería una niña a la que le gustaba mucho leer. Libros, claro. Pero antes de aprender lo que eran las letras imagino que querría muchas otras cosas.

Bueno, quizá no, que entonces no había el bombardeo publicitario que hay ahora. Que casi hasta hueles los aromas de las colonias de tan repetidos que salen los anuncios...

Quise una bici. Roja, grande, una BH. La tuve. Y me caí con ella tantas veces... Pero conseguí aprender a montar. Y la disfruté. Vaya que sí.

Quise el barco pirata de los clicks de Playmobil. Ese nunca vino. Tal vez naufragó entrando al puerto y algún papá lo rescató para su hijo. Claro, como yo era niña, a nosotras Sus Majestades nos dejaban muñecas, cocinitas y esas cosas.

En fin, que a pesar de no haber mandado nunca ‘la carta’, año tras año me trajeron de todo. Hasta carbón, como aviso. Primero y último. Después me porté ‘supersuperbien’, o eso creo.

Y crecí y en vez de cartas pedía en voz alta, por si a Sus Majestades les llegaba algún soplo. El aire debía confundir el mensaje porque lo que venía tampoco era lo que había pedido. Pero fui afortunada, siempre cayó algo.

Y me hacía ilusión ver las cabalgatas y de paso recoger algún caramelo. Dependiendo de dónde me tocara, a veces cogía y a veces un par de míseros carameluchis que iban a parar a las manos de algún crío con ojos ilusionados. Si total, a mí los caramelos no me gustaban. Era el ambiente que se respiraba, soñar con ser niña de nuevo. Pero la inocencia se fue perdiendo…

Este año, la de los adultos a pasos agigantados. Y ni siquiera los niños podrán disfrutar, aclamarles, a ustedes, Sus Majestades, reclamando sus caramelos, sus juguetes ni recogiendo serpentinas sucias por el suelo.

Y todo por culpa del bicho. Es una pena todo el mal que ha hecho. Ojalá fueran ustedes tan Magos como para poder traernos el remedio. Viniendo de Oriente alguna noticia les habrá llegado por el camino. Espero que tengan alguna teoría que funcione en forma de vacuna o pastilla, o incluso jarabe de esos que sabían amargos cuando éramos niños, y se la dejen a la puerta de algún hospital. Los médicos y todo el personal sanitario, que no son magos, pero en estos tiempos casi lo parecen, la repartirían encantados en Su Nombre.

Y todos nos acordaríamos de estas Navidades para bien. Porque, la verdad, no han sido unas Navidades muy normales. Mucha gente no ha podido viajar para estar con sus familias. Así que lo de celebrar se quedó en una videollamada con restos de turrón y copas de cava vacías, en una mesa adornada con un mantel que quizá reconocían de años atrás.

Todos hemos intentado portarnos bien, obedecer cuando nos decían que teníamos que ponernos la mascarilla, que era remedio santo, salir lo imprescindible, no meternos en sitios cerrados con demasiada gente, viajar con la imaginación leyendo relatos o escuchando música. Y aplaudir. Pero el eco de esos aplausos se disolvió demasiado pronto. Y su significado se perdió, quizá haciendo balconing resbaló y cayó en algún charco de agua sucia.

Queridos Reyes, les pediría que llenaran sus paquetes de regalos como sensatez, empatía, serenidad, humor, compromiso… Que con eso no se juega. Pero quizá, con un gran lazo bonito adornando, sirviera de algo a quienes les tiene que servir.

Así tal vez el año que viene pudieran Ustedes volver a desfilar por nuestras calles abarrotadas de niños y grandes, entre luces e ilusión.

La misma que me hace escribirles ahora, taitantos años después. Deseándoles una buena travesía por el desierto.

Si van con el camello cojito, descansen en cada oasis que encuentren. Que la tranquilidad y la seguridad son bienes muy preciados. Lo entenderán Ustedes cuando lleguen a estas tierras. Las luces de las calles tal vez les den la sensación de que todo está como antes. Pero ya nada es como antes. Ni las miradas de los niños lo son. Detrás de las mascarillas se esconden muchas dudas, miedos, preguntas y tantos por qués que obedecieron a la primera sin rechistar,… tanto en ellos como en los mayores. Que no tenemos las respuestas que deberían tranquilizarles. A ellos y a nosotros. Ni una mentira piadosa, siquiera.

Eso es lo que les pido a Vuestras Majestades. No que echen el tiempo atrás con una máquina imposible de construir, y que solo existe en la imaginación de algún escritor incomprendido.

Como siempre, con las prisas del día a día, se me olvidó echar la carta antes de la Noche Mágica.

Pero más vale tarde que nunca, dice un refrán.

Y esta vez, sin tachones ni faltas de ortografía.

 

 

 

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