—Deja ya de jugar con la comida —riñó su madre.
Pero María no estaba jugando: los guisantes eran soldados. Uno se escondió debajo de la servilleta, otros rodaron por la mesa como si esquivaran una ráfaga de rayos mágicos.
—¡A formar, valientes! —ordenó María. Los guisantes se alinearon como disciplinados soldaditos verdes. Su madre negó con la cabeza, suspiró y refunfuñó algo sobre las nuevas costumbres alimentarias de los niños, su paciencia y las malasmadres.
María susurró: —Mañana, será el turno de las zanahorias. Los guisantes, muy serios, se prepararon para la próxima orden, en misión secreta.

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