Lo importante es continuar - Marian Muñoz





Alicia echaba en falta su tierra, su país, sus vecinos, si bien la ausencia fue voluntaria no por ello menos dura.  Su país de acogida, Suecia, estaba afectando a su salud, el alcohol atemperaba largos meses de oscuridad, el intenso frío polar, el no poder pasear por el exterior y sobre todo esa soledad social a la que se había aclimatado.  El recibimiento fue bueno, el trabajo era el soñado, sus compañeros de trabajo magníficos amantes y las compañeras unas juerguistas de campeonato, a pesar de todo lo bueno no conseguía integrarse, seguía siendo “utlänning”, la extranjera.

Tras la muerte de su abuela, su única familia, comenzó a relativizar su éxito profesional y a pensar en su vuelta a casa, nadie la esperaba salvo los atardeceres desde la terraza, los vientos de levante o el sonido mecedor del mar Mediterráneo, esa luz en el cielo y ese calor que tantos sueños ocupaban.  Planeaba como un juego su regreso y una vez tuvo todo pensado, se decidió.  Trabajaba en su último proyecto, quizás el más duro hasta el momento, pero si conseguía que lo aceptaran sería un gran éxito para la empresa y para ella.  Lo tenía ya todo listo, repasó una y mil veces por mejorarlo o encontrar algún fallo, convencida de estar impecable, le dio a enviar, cerró el ordenador y los ojos soñando con su casa.

En apenas una décima de segundo el caos fue total, un estruendo enorme invadió la oficina, explosiones, motores echando chispas y luego oscuridad, mucha oscuridad.  Una avioneta había impactado a través de la gran pared de cristal, tres personas muertas, 15 heridas y ella en estado grave.  Cinco años viviendo en un hospital, los dos primeros sin apenas enterarse, operación tras operación para salvarle la pierna y ojo izquierdos, tumbada en la misma cama intentando sobrevivir a tanta anestesia, a tanto calmante.  Cuando logró ponerse en pie, estaba escuálida, otros tres interminables años duró la rehabilitación, aprender a caminar, a ver, a hablar, fue difícil, pero era una luchadora.  Cinco años de peleas continuas entre su cuerpo y su mente, finalmente le dieron el alta y sin dudarlo ni un segundo, contrató a una empresa de mudanzas, regresaba a España, no pensaba gastarse allí ni una corona de la indemnización ni la pensión de jubilación que a sus 37 años le habían concedido.

Su casa permanecía en pie a pesar de los años de ausencia, la abuela lo había dejado todo bien dispuesto para cuando faltara y un gestor se encargó de arreglar papeles, permisos y licencias para cerrar la pequeña casa en la costa.  Ahora tocaba abrirla, deseaba vivir en la casa familiar pero antes debía arreglarla.  Se alojaba en el hostal Perlita mientras hacía la reforma, su dueña Juani era una mujer animosa quien se ofreció desde el primer momento a ayudarla en lo que pudiera.  Sabía de sobra que era la típica respuesta ante una joven tullida, porque en eso se había convertido.  Aprendió a aprovecharse de esa predisposición de la gente para tener más fácil su ya de por sí difícil vida.  Estaba sola en el mundo y debía hacerse un hueco en él.  El Gestor se había jubilado, pero aún conservaba el poder notarial, como se aburría se dispuso a echarle una mano en los trámites administrativos.

La primera vez que entró se ahogaba, parecía que la abuela aún estuviera en las estancias limpiando y cocinando.  Abrió ventanas y la puerta de la terraza donde se detuvo unos minutos para observar el mar.  Ahí ya no pudo más, se cayó al suelo y comenzó a llorar con total desconsuelo, lloró toda la oscuridad pasada, todo el frío soportado, lloró ser una extraña en tierra amiga y toda la angustia sufrida en el hospital, tanto llanto limpió su mente, consiguió levantarse no sin dificultad y aunque tenía pocas fuerzas, empezó con inusitada energía a idear una nueva distribución.  

Dos semanas escogiendo suelos, ventanas, azulejos, muebles, pinturas, tanto trajín mantenía apartadas en un rincón de su mente sus desdichas.  Todo estaba en marcha, los obreros parecían profesionales que entendían sus ideas.  Todo iba según lo previsto hasta que una mañana escogiendo con Juani telas para las cortinas recibió la llamada del capataz.  –Venga inmediatamente que tenemos un grave problema-  No tenía idea cual podría ser, pero al llegar se encontró con dos coches de policía y un furgón negro, en su lateral ponía “forense”.  Mal asunto pensó, algún accidente con muerto incluido, ¡vaya mala suerte!

Al intentar entrar en la casa tropezó al contratista quien le dijo escuetamente – hemos encontrado un esqueleto - ¿Qué? Pero dónde, cómo, quien, las palabras se agolparon en su boca.  No obtuvo respuesta porque inmediatamente un policía la llevó afuera para hacerle algunas preguntas.  No supo que responder a ellas al no saber nada al respecto.  La invitó a pasar, pero no quiso, no quería vivir con la imagen de un muerto en su casa, no, tendría que ser de cuando la construyeron porque ella nunca había oído ninguna historia y su abuela había vivido toda su vida allí, en aquel lugar.  Le tomaron los datos, y pararon la reforma hasta terminar la investigación.  Otra desgracia más en su vida, el destino volvía a ser cruel pero no iba a rendirse, no había llegado hasta allí para hacerlo.  Se marchó un par de días a la capital para ver muebles y a la vuelta prestó declaración en el juzgado.

El esqueleto era de una mujer, de mediana estatura y cabello oscuro, un golpe en la cabeza parecía ser la causa de la muerte, no había nada que la identificara, por ese motivo le solicitaron voluntariamente una prueba de ADN y descartar que fuera familiar.  No se opuso, convencida de que nadie de su familia podría acabar así.  Aquel tabique que tanto le incordiaba en el dormitorio de la abuela era el causante, y pensar que todos esos años estuvieron conviviendo con alguien más en casa, ¡menudo despropósito!

Aun estando parada la reforma continuó mirando materiales para vestir la casa, tenía que entretenerse en algo y no obsesionarse con la muerta, ¿Quién sería?  Dos semanas después volvieron a llamarla del juzgado, esta vez la recomendaron llevar abogado.  Lo hizo de mala gana porque no entendía el motivo, pero se presentaron y cuando el juez le dijo –el análisis de ADN da un 95% de probabilidades de ser familiar suyo- ¡Imposible! Soltó, no tengo ningún familiar perdido, todos están en el cementerio municipal, puede ir a comprobarlo.  La relación podría ser perfectamente abuela/nieta.  ¡Imposible! Volvió a repetir.  Mi abuela está enterrada en el cementerio, pueden comprobarlo, ella no es, quizás una prima o una hermana, aunque lo dudo, pero ella no.

El juez insistía si bien no la culpabilizaba, según los análisis forenses el óbito se había producido cuando ella tendría tres años, no la estaban incriminando, pero intentaban descubrir quién era la fallecida.  Pidieron permiso para tomar una muestra de ADN al ataúd de su abuela, por supuesto lo concedió y esta vez además de incómoda estaba muy molesta con el hallazgo, aunque si no hubiera quitado aquel tabique estaría ahora conviviendo con una muerta, ¡menudo miedo!

La siguiente reunión en el despacho del juez fue tumultuosa, no entendía la expectación que había por los resultados.  –La mujer del ataúd no tiene ninguna relación biológica con usted-  Alguien debió estar pendiente del desmayo porque no se cayó, no se hizo daño y cuando abrió los ojos un sanitario le tomaba la tensión mientras un policía la abanicaba.  ¿Cómo iba a digerir aquello? ¿Con quién sino con su abuela había crecido? ¿Entonces quiénes eran las muertas y quien era ella?  No paraba de hablar como una cotorra, los nervios le agolpaban las ideas en su mente y debían salir para liberar tensión, estaba a punto de explotar.  Uno de los policías le preguntó si tenía alguna foto de su abuela.  Respiró hondo buscando en el móvil su favorita, la de su graduación, fue un momento muy feliz en sus vidas.

Copiaron la foto y la compararon con otra, el resultado fue positivo.  Según dijeron al introducir en el sistema el ADN tomado en el ataúd, había saltado una alarma, hacía 35 años, un furgón llevando a presas a la cárcel tuvo un accidente, dos fallecieron y cinco escaparon, encontrando más tarde sólo a 4, de la quinta nunca más se supo.  Estaban haciendo una suposición de lo que podría haber pasado.  La presa era peligrosa, había asesinado a una familia vecina sin ningún motivo, la pillaron por una cadena de oro, la misma cadena había aparecido en el interior del tabique, debió de caérsele al emparedar a su abuela, a su auténtica abuela, y usted casi un bebé no se enteró de nada.  Creció con ella, el milagro fue que no la maltratara, una niña sin familia podría estar a su merced, pero que la cuidara y vivieran juntas demostró cierta conciencia, aunque no demasiado buena.

Hundida, esa era la palabra, esta vez sí había tocado fondo.  Amar a una asesina, durante tanto tiempo, quien había acabado con su única familia, quien la había animado a ser ella misma, a luchar por sus sueños, ¡todo mentira!  Sin darse cuenta sus pasos la llevaban al pantalán del puerto, el mar la atraía, la llamaba para descansar en sus profundidades, estaba cansada, muy cansada de continuar viviendo, quizás el agua calmase su dolor para siempre.  En ese momento una gaviota surcó el cielo, quizás la misma gaviota de Suecia a la que enviaba recados para su abuela, quizás había logrado llegar hasta allí para… Sí, para salvarla, porque ¿si ella moría quién iba a recibir su fortuna? No, debía vivir para ayudar a otras personas, como a Juani o al gestor que desinteresadamente la acogieron y acompañaron. 

Decidió demoler la casa, nadie viviría allí sabiendo del macabro hallazgo, donó el terreno al Ayuntamiento para construir un parque, que tuviera muchas flores y un banco muy grande para contemplar el mar.  Compró una casa nueva también con vistas al Mediterráneo y cerca del hostal Perlita, donde echaba una mano a Juani con los huéspedes extranjeros.  Con la ayuda del gestor jubilado levantó una asesoría para entretenerse en invierno, cuando los días son más cortos, pero más luminosos que los del norte europeo.  Un poli la anda rondando, aunque ella se hace de rogar, aún es pronto para una relación en pareja, pero amigos acepta los que quieran serlo.  Ahora es conocida en el pueblo como “la guiri de la momia” y no puede más que tomárselo a cachondeo porque esa es la guasa que se gastan en el Mediterráneo.


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