¡Menudo rollo! - Cristina Muñiz

                                      Aprender, Escuela, Alumno, Tablero

     

     

     

    El profe nos ha puesto un ejercicio en el que tenemos que relacionar el euro con el número Pi. ¡Menudo rollo! He pasado más de quince minutos haciendo cuentas con la “calcu” sumando, restando, multiplicando o dividiendo a ver si salía algo. Pero nada. No hay ninguna relación. Así que creo que solo nos puso una trampa para hacernos trabajar. Pues yo ya he cumplido. Creo que un cuarto de hora haciendo cuentas ya es más que suficiente. Y que le den al “Pi” y al “euro”. Al “Pi” porque siempre está ahí en medio, en clase de mates o de física. Qué aburrimiento de número. Y al euro porque lo único que me interesa de él son los que entran en mis bolsillos, porque a quién le puede importar que un euro sea igual a 166,386 pesetas. Si nosotros, los de mi peña, no tenemos ni idea de lo que es una peseta. Eso son cosas de antiguos, de mis padres o de mi profe que debe de andar con algo de nostalgia por los viejos tiempos porque hace unos días ya cumplió cuarenta tacos. Bueno, pues eso, que ya dije lo que tenía que decir. Y para que no me llame vaga la de lengua le entregaré esto que acabo de escribir a cuenta de la redacción que nos mandó sobre “La importancia de los números en la literatura”. Que esa es otra, una profe de lengua hablando de números. No sé, pero se nota mucho que son mayores, los profes digo, que no saben ni por dónde andan. Voy a ir a dar una vuelta para airearme que entre las cuentas y esto que acabo de escribir eché lo menos media hora y de tanta concentración ya me está empezando a doler la cabeza. Chao.

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Más allá de la mentira - Dori Terán

                                        Pareja, Amor, Estrellas, Abrazo, Par

 

 Relato inspirado en frase de Memorias de Africa, Karen Blixen ( Isak Dinesen): Yo tenía una granja en Africa, al pie de las colinas de Ngong.(…) Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.



MAS ALLA DE LA MENTIRA

Tengo una casa en Orbaneja al lado de la fantasía y la belleza. En los amaneceres junto al río, el sol se cuela disipando la niebla que asciende desde sus aguas atrevida y cierta. Y entonces, en esas horas de explosión de luz y brillo, observo desde mi balcón la presencia majestuosa de las montañas rocosas esculpidas en figuras sinuosas y firmes para que mi imaginación y la tuya jueguen a adivinar su mensaje. Tal vez nos cuentan historias pasadas desde el silencio de su lenguaje. Y los buitres que en ellas han anidado me obsequian con la maestría de su vuelo en un baile rítmico y osado. Si dios existe dios es allí. La brisa tenue y perfumada se basta y se sobra en la mañana para llenar suavemente el aire que respiro con el bravor sonoro de la cascada que bate el agua en blanca espuma, desafío a la pureza. Es mi paraíso el lugar de los sueños, el continente de la aventura y la libertad. Allí te conocí un instante apenas. Una noche cogidos de la mano contemplamos la bóveda celeste sin cielo, tan solo de estrellas. Y una luna picara y brillante nos hizo guiños pasajeros que se reflejaban en mis ojos prendidos en los tuyos. Prometiste volver de la llamada de la gran ciudad y me has mentido. Hoy te sostienen las luces de neón, torres y rascacielos, ruidos de motores, de ambulancias, sirenas de policías, aires resecos y sucios. Hoy huérfano del resplandor de la luna para vernos.

Yo sigo aquí, en el milagro del pueblo. Tan solo te añoro a ti y te guardo en el recuerdo. Camino dichosa y feliz agradeciendo la autenticidad de la vida más allá del asfalto, más allá de la mentira.

 

 

 

 

 

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Mundo de locos, mundo de lobos - Esperanza Tirado


 

 

                                         Submarino, Ahogo, Matriz, Agua



Ahogada por los números me hallo. No me salen las cuentas. De pesetas a euros, con sus correspondientes decimales. Un euro son 166,386 pesetas. Casi parece el número del Diablo, con tanto seis por ahí revoloteando. Y revoloteo, y subo, y redondeo otro poco, y tiro porque me toca. Y el café me cuesta un ojo de la cara. O casi los dos. Quédate ciega aunque yo me quede tuerta.

La vida es una m… pi, pi, pi…. No, el número pi, no. No es 3,1416 y lo que viene, que no sé qué vendrá. ¿Qué será será?

Pues más números sin sentido para un mundo de locos. Todo es gasto, todo es consumo, todo es economía, todo sube, todo es producir y volver a consumir. Nos consumimos. El hombre ha vuelto a convertirse en un lobo, o era un zorro astuto. Algunos hasta aparentan ser corderitos.

Y mientras todo sube. Menos los sueldos y las ganas de trabajar en esta rutina monetizada que nos devora.

Donde las letras han perdido la razón y la partida.

Porque a nadie le interesa juntar letras, si no son de cambio. Cambio dólares por euros, o euros por libras ¿Quién da más?

La poesía bien rimada llena de amor, verdad y nostalgias ha enmudecido. Y las historias contadas al amor de la lumbre se han ocultado en el arcón de donde se sacaba la varita de la imaginación. Los versos han volado a sus nidos, los protagonistas de los cuentos no quieren salir del bosque. Asustados por el ruidoso traqueteo de las máquinas, accionadas por lobos con forma humana, que cuentan moneda de curso legal.



 

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Clase de mates - Marian Muñoz


                                                 Escuela, Profesor, Matemáticas

 

El curso estaba siendo atípico y la confluencia de ciertos niños en una misma aula resultaba todo un reto. En la clase del viernes había explicado el número Pi, comenté por encima su utilidad y de donde surge, pero los niños andaban más pendientes del posible sonido de la campana que a mis explicaciones. Lo entendí perfectamente, en la última hora semanal siempre se encuentran más cansados, teniendo previsto retomar el tema el lunes a primera hora.

Dibujé en el encerado el signo matemático del número Pi preguntando a Raúl su significado.

-Mejor pregunte a Yang Hua porque no sé chino, contestó.

La clase entera rio y Yang Hua mirando fijamente el símbolo negaba con la cabeza. Aclaré que no era chino sino el número Pi.

-No puede ser, no es un número y si una letra, dijo Raúl.

- ¿De qué te suena 3,1416? Le pregunté.

- ¡Anda! ¿cómo sabe la combinación de la caja fuerte de mi padre?

La clase volvió a reír, dejé el tema por imposible y pasé a preguntar a Fermín.

- ¿Qué te recuerda el número 166,386?

-El número de pedos que mi hermano se tira y contabiliza por prescripción médica.

No pude aguantar un gesto serio y todos en clase reímos a carcajadas. Entre tanto alboroto me costó explicarles que 166,386 pesetas equivalen a un euro.

¡Qué difícil me lo están poniendo!



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Argimiro - Dori Terán

                                       Acordeón, Anciano, Hombre, Música

 

 

No se entiende el pueblo sin su presencia. Argimiro tiene la misma categoría que cualquiera de los monumentos que se visitan por artísticos y bellos. Alto y delgado es un decir pues más bien es escuálido, inquieto y muy movido. Es habitual cruzarse con su sombra o su figura a la carrera. El rostro ya envejecido esboza siempre una sonrisa continua esculpida en su rostro como mueca eterna de aceptación de su difícil vida. Su mirada saltarina se posa apenas un segundo en la tuya cuando te habla y te cuenta en una cascada de atropelladas palabras obras y milagros. Ya sus largos brazos han dejado de cargar con el acordeón que siempre le acompañaba en las fiestas del pueblo y en las estrelladas noches de agosto deleitando las reuniones nocturnas de los vecinos. Les faltan fuerzas. Pero aún te obsequia en su arte con una melodía si se lo pides casi suplicante. Y va a buscar el instrumento y se ilumina toda su persona con las notas que expande en su esfuerzo. El aire y la vida se llenan de belleza y sentimiento. Argimiro es música.




 

 

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Mi tragoncete - Esperanza Tirado

                                          

 




Mi tripa se hincha con el eco de cada ‘clinc clinc’ o cada ‘clonc clonc’. Mi tragoncete mágico de sueños futuros, me dice ella. Y yo respondo ‘oink oink’, cuando me recarga las pilas, que no siempre se acuerda, al sentir que una moneda de dos euros, reluciente y redondita entra hasta mi barriga.

Mi puesto está en la estantería, al lado de los tomos de la enciclopedia Espasa. Que nadie usa. Gracias a ellos sé lo que significa el ahorro en esta casa. En todas las acepciones. Y gracias a internet, el perejil de todas las salsas hoy día, sé mil cosas del ahorro; en todos sus aspectos, sean neologismos añadidos, correcciones, sinónimos y etimología.

La dueña de la casa, desde bien chiquitita, tuvo varios como yo. Entonces eran redonditos y de barro tosco, cocidos por las manos de su abuelo, primero, después de su padre. Ella misma metió en el horno a varios de mis antepasados. Que había que romper a martillazos para recuperar el tesoro que, con paciencia, se hubiera ido metido dentro. Con el primero vertió lágrimas. Tan duro trabajo para después acabar en pedazos. Pero de esos pedazos nació otro, y después otro.

Gastaba lo ahorrado en pequeños caprichos. Revistas, alguna prenda de moda, bolsos, chucherías varias. Aunque casi siempre dejaba algo para no empezar de cero.

Mantuvo esta sana costumbre hasta que se independizó. Trabajó jornadas dobles, ahorró mucho, lo que pudo en tiempos duros, rompió a martillazos tantos cerditos que podría haber puesto una granja para producir chorizos y morcillas. Pero de pensar en matar con sus manos a un animalito se estremecía. Sufría cuando tocaba juntar los pedazos que guardaban sus ahorros.

Después de penurias y ahorros se casó. Y mantuvo la costumbre de seguir ahorrando. Aunque tuvo que dejar de trabajar. Ahora era ama de casa y esposa. Su marido no apoyaba aquella idea. Ni la de la mujer trabajadora ni la del ahorro. Para él, urbanita, burgués, niño mimado, adulto engreído, un cerdo en casa era algo sucio, de baja categoría. Aunque fuera de barro, y no se revolcara en él. Las apariencias eran importantes. El dinero era importante y había que mostrarlo y gastarlo.

Y, así, aparentemente, vivieron felices durante unos años en los que el dinero iba y venía. Hasta que ese dinero, que ella veía convertido en fabulosos abrigos, lavadoras y frigoríficos último modelo, peluquería cada viernes, viajes cada fin de semana…, dejó de entrar por la puerta. Y voló a algún país lejano dentro de un maletín. Llevado por su esposo, que también dejó de entrar por la puerta de la casa conyugal.

Volatilizados esposo, hogar y dinero, recuperó viejas costumbres. La primera, la hucha de cerdito. La segunda, un trabajo para seguir sobreviviendo. Y sobre todo, una casa. Invirtió lo poco que había logrado ocultar a su marido en un piso modesto y asequible. En el que volver a sembrar lo que sus padres, tan trabajosamente habían conseguido en ella.

Hasta que un día notó que su barriga empezaba a hincharse casi tanto como la de sus ahorros. No tenía a quien recurrir; del padre de la criatura mejor ni acordarse.

Dejó el piso, debidamente pagado, y volvió a la casa familiar, ahora vacía. La enciclopedia Espasa seguía allí. Junto con miles de recuerdos de una vida, que valían más de lo que jamás ahorraría.

Siguió con la rutina del trabajo, del ahorro, de las visitas al hospital. A anotar en una libreta sus planes de gasto de la semana y a meter en la barriga de algún antepasado mío, alguna moneda o un billete de cien pesetas.

Los pañales, los biberones, las enfermedades infantiles,… le costaron muchas noches sin dormir y muchos congéneres hechos añicos.

Con el tiempo llegaron nuevas rutinas de ahorro. Y nuevos materiales. Las libretas del banco vinieron, nos hicieron compañía y un día se fueron.

Ahora somos dos. Pero mucho más modernos. Aunque nos den martillazos no nos rompemos. Somos de metacrilato, o algo parecido. Eso no viene en la enciclopedia, sí en internet. Abrimos y cerramos el morro y sale todo lo que se ha metido por nuestra espalda, con un sonoro ‘oink oink’.

Lo que no ha cambiado es el sitio que ocupamos en la estantería, en la balda junto a la enciclopedia; y, sobre todo, en el corazón de nuestros dos soñadores. En su pequeño también ha brotado y florecido esa sana costumbre.

Y cada vez que meten una moneda dentro de alguno de nosotros, resuenan ecos de bonitas historias, llenas de deseos de futuro que alguna vez pudieron ser. Y aunque muchas fueron como las cuentas de la lechera, las monedas siguen cayendo con ilusión dentro de la hucha de cada uno.

-Para el futuro, que nunca se sabe.

-Mamá, ¿Te has acordado de ponerle las pilas?

-Oink, oink.



 

 

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La chupona - Cristina Muñiz

                                       Bolsillos, Vacío, Vaqueros, Sin Dinero


Ahorro, divina palabra que a todos nos gusta y tan solo unos pocos agraciados por la diosa fortuna huelen. Ahorro es igual a ingresos menos gastos. La teoría me la sé, en cuanto a la práctica… Mi madre me dice que si voy echando unas monedas en un bote cada vez que me acuerde, aunque sea poco, pronto se convertirá en una cantidad que me permitirá algún capricho. Yo lo intento, pero mi bote sigue vacío. Si acaso, duermen en él unas pocas monedas desde principios de mes hasta el día veinte más o menos, que es cuando mi cuenta del banco queda a un euro que no saco para que no me desactiven la cuenta y en mi cartera guardo diez euros por si me surge un imprevisto, que no sé que les pasa a los imprevistos que siempre aparecen como si los hubieran programado para atracarte todos los meses. Y hablando de atracos, es ver los movimientos de mi cuenta en el banco y sentir como si me persiguiera una banda de delincuentes a los que hasta les veo la cara. Si es el recibo de la luz veo a fulanito de tal, no voy a decir nombres por si me meto en un follón judicial; si es el del agua o de la basura veo la cara de mi alcalde, sin nombre por supuesto; y qué decir de la hipoteca, ahí me salen un montón de caras de esas sonrientes y más bien viejunas y regordetas que hasta parece que se ríen de mí. Y qué cosa, nunca los he visto así pero en mi mente aparecen con pañuelo a la cabeza y trabuco, no me explico el po qué. Y es que el ahorro y la economía vienen a ser la misma palabra en sentidos opuestos. Y pensando en la economía, así a nivel general, me viene a la cabeza la chupona, una de esas a las que mi comunidad tiene que recurrir de vez en cuando porque los vecinos tiran al retrete algo más que m… Sí, porque al fin y al cabo, la economía esta llena de m… en forma de números en cuentas bancarias que no son las de la mayoría de los ciudadanos y qué decir de la mía. La economía es esa chupona que saca dinero y dinero y más dinero de cualquier rincón hasta dejar los bajos fondos vacíos ¿qué redundancia no? para depositarlo en los fondos, ya aquí sin altos ni bajos, los fondos de inversión se llaman, y en las multinacionales y en las fundaciones y en las cuentas con números supercalifragilisticosespialidosos de un buen número de personas, o parásitos según se piense, que viven a costa de todos los demás. Bueno, esa es una idea que me acaba de salir para justificar mi falta de ahorro aunque mi padre dice que no me queje que si hubiera estudiado lo que él me decía otro gallo me cantaría. El caso es que a mi tampoco me hace falta un gallo que me cante sino una gallina que ponga huevos y sin falta de que sean de oro, con que sean huevos de tamaño normal me valen. Bueno, creo que ya me desahogué un poco pero es que acabo de comprobar mi cuenta del banco en el que me queda, como casi todos los meses, un miserable euro. Ay, todavía estamos a veinte y en el bolsillo llevo, justo justo, cincuenta y cinco euros con treinta y dos céntimos, o lo que es lo mismo cinco euros con cincuenta y tres céntimos diarios si me pasan la nómina el día uno, que esa es otra. Voy al súper a ver si me apaño con una de esas cestas de ahorro que están ahora tan de moda. Porque lo de ir a comer a casa de mi madre paso que allí también está mi padre y no hace más que darme la cantinela con los dichosos estudios. Él quería que fuera ingeniero de telecomunicaciones nada menos, pero a mí lo que me tiraba era el teatro, ser actor, interpretar otras vidas y salir a recibir los aplausos del público, aunque lo único que recibo son las críticas de mi padre, los pedidos de las mesas de un bar de barrio y unas escuálidas propinas, además, eso sí, de los tapers que mi madre me da a escondidas. En fin, como podéis comprobar el ahorro y yo no tenemos una buena convivencia.

 

 

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