Mi ego dolorido - Pilar Murillo


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Hay muchas formas de ser estafado o estafada y todas duelen en el ego. Te puedes llegar creer la persona más tonta, más ingenua y más imbécil del universo y llega a ser un pedazo de trauma de los de terapia de grupo. Son difíciles de curar, pero no imposible.

A mi me estafaron en el corazón; no es que me abriesen el pecho y me hiciesen un trasplante con un corazón de nuevo defectuoso y ya está. Me explico: Me estafaron en los sentimientos, bueno, debería hablar en singular. ¿Por qué hablo en plural? No lo sé. Hoy en día me da tanta rabia… también me da asco. Es un puto cerdo. Me hizo creer que yo era la mujer de su vida. Se portaba como un autentico caballero, pero no lo era, era un autentico hijo de puta. Estaba conmigo y me hacía pensar que yo era la única en su vida, que no había nadie igual a mí. Bueno y no la hay, pero él prefirió probar otros bombones. Sí, me llamaba bombón, seguramente que igual que a sus otras mujeres. Ahora mi ego dolorido tengo que recogerlo del suelo. Si me lo encontrase delante, yo no sé qué haría.

Habla la rabia por mí, es inevitable, pero me estoy dirigiendo al Corte Inglés y enseguida se me pasará. Hoy empiezan las rebajas y durante una hora se me va a olvidar todo lo que tenga que ver con ese pedazo de cabrón.

 

 

 

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Vivir online - Esperanza Tirado

                                             

 


Qué bien, poder comprar sin salir de casa, sin tener que usar la mascarilla, que con lo caras que valen...

Y así te ahorras colas y esperas, que te dejan las piernas gordas como butifarras, y empujones del que viene detrás. Haber madrugado un poco más… Lo que son las cosas modernas.

Total, que mi nieta un día llegó a mi casa de visita y me sacó una tarjeta para poder comprar por internet. Que era más fácil y más barato hacerlo onlain. Que con hacer click ya comprabas de todo. Hasta de rebajas y te lo llevaban a casa.

Yo eso de comprar sin tocar ni ver el género no lo tenía nada claro. Que yo era de las de la cesta de la compra de toda la vida, le decía yo. Que me parecía una estafa eso de no dar el dinero en mano. ¿Quién lo recogería? ¿De verdad llegaba a quien tenía que llegar?

Antigua’, me decía mi nieta, mientras ella tecleaba como una posesa desde su teléfono. Que a su padre, mi hijo, le había costado un ojo de la cara. Y parte del otro.

Que ahora es todo en plan onlain, abue’. Y ella erre que erre con la palabreja. Yo no sabía qué quería decir eso. Y ella seguía dándole a la tecla y mandando corazones y caritas sonrientes a la velocidad del rayo.

Y yo con mi tarjeta mirando la pantalla sin saber en qué ranura meterla. Porque mi teléfono es para llamar y ya está. De siempre.

Hasta que un día los de servicios sociales del ayuntamiento nos mandaron una carta a los de la tercera edad para darnos varias charlas sobre el consumo en la nueva normalidad, por lo del bicho y todo eso. Que nos trae a todos de cabeza. Y es que las amigas de toda la vida ya no podemos ni juntarnos para ir a jugar al bingo ni a las cartas. Es un fastidio.

Nos regalaron mascarillas, nos aconsejaron cómo usarlas y por fin me enteré de qué significaba eso de onlain que me repetía tanto mi nieta.

Y ahora estoy encantada. A pesar de no poder tomar el café en el sitio de siempre, ya sé conectarme online, ahora ya lo digo bien, y ver a mis amigas en sus pantallitas. Y también a mi nieta, que ya no viene tanto a casa, por si acaso yo me pongo mala, porque soy mayor y puedo caer más fácilmente. No es lo mismo, porque ya no le puedo dar besos ni achuchones. A cambio, de vez en cuando, le hago un bizum sin que sus padres se enteren, cosa que ella agradece mucho más que mis achuchones de vieja. Y me enseña sus trapitos en nuestra videollamada de cada tarde

Abuelita, cuando pase todo esto, me dice, te voy a dar todos los besos que no te he podido dar estos meses y nos iremos juntas de compras. Como antes.

Si es que no hay nada como la juventud, tesoro divino. Lo que se aprende con ellos.

 

 

 

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Amores rotos - Cristina Muñiz Martín

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La caldera y el termostato, sin previo aviso, decidieron dar por finalizada su relación. ¡Pero si solo llevaban dos años y siete meses! Y yo que creía que estaban bien, que se entendían a la perfección. Me vi obligado a buscarles un asesor sentimental, 'técnicos' los llaman si se trata de esos especímenes. Llegó uno a casa y me dijo que nada, que no había problema. Le metió un buen repaso a la caldera, a la que al parecer le faltaban dos tuercas, y me pasó la factura. Todo sea por ellos, pensé resignado. Pero apenas un mes después, los muy cab***, no puedo decir la palabra, pero es como no se encienden ellos me enciendo yo. Pues eso, que no querían saber nada el uno de la otra ni la otra del uno. Vuelta al asesor sentimental que con cara de pocos amigos y parcas palabras, no sé si por vergüenza o por descaro, dijo que no había nada qué hacer, que lo había intentado, pero esa relación se había roto como una cadena de hielo en pleno agosto. Imposible resucitarla. Eso sí, se ofreció a buscarle un nuevo amor a mi caldera, previo pago de quinientos euros. Lo mandé a tomar viento sintiéndome estafado. Luego cogí el termostato, que no compré precisamente de rebajas, y aunque el muy pillo me puso ojitos y a mí me dolía en el corazón y en la cartera, lo tiré a la basura. Ahora me dedico a estimular manualmente a mi caldera. No es que disfrute ¡venga ya!, pero por lo menos me calienta el agua y la casa, que es tanto como decir que me calienta a mí, y eso ya es un punto a su favor. Si no fuera así iría a vivir eternamente con el termostato.


 

 

 

 

 

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Menuda estafa - Marian Muñoz

                                           



La economía en casa es muy justita, no pasamos necesidades pero no hay para gastar en tonterías, bastante tienen mis padres con pagarme la universidad menos mal que ayudo dando clases a niños pequeños. Íbamos a comenzar el último curso de la carrera, tenía esperanzas de acabarla y aún así la graduación se iba a celebrar aprobara o no, por lo que estuve desde el verano ahorrando para al año siguiente tener suficiente y comprarme un bonito vestido, por las fotos de años anteriores tanto los profesores como los estudiantes se lo tomaban muy en serio y vestían traje de gala.

Casualmente ese verano tuve que impartir muchas clases particulares para que los niños sacaran el curso en septiembre, al parecer los profesores habían sido más duros de lo normal y hubo bastantes suspensos que intenté enmendar con mis alumnos, por suerte todos aprobaron e inicié el nuevo curso contenta y esperanzada con mis ahorrillos en la cartilla. En ratos libres de fin de semana solía ir de tiendas con mi amiga Lara, no comprábamos pero echábamos un ojo a la ropa incluso aquella que más nos gustaba la probábamos para ver cómo nos sentaba. Se puede decir que siempre recalábamos en las mismas tiendas y nos conocíamos al dedillo los modelitos. Ninguno en especial me hacía ilusión. Pero un día descubrimos una boutique de esas caras y finas, donde tan sólo con mirar los escaparates parece te fueran a cobrar, la ropa era muy distinta a la que solíamos tentar en otros comercios, se veía elegante, tela de buen género y colores que entraban fácilmente por el ojo, allí en un maniquí vi mi vestido, ese que quita el sentido nada más verlo y cuyo tono me iba como un guante, decididamente era el mío, el que estaba buscando para ser la reina de la graduación, sólo que el precio era bastante caro, por encima de mis posibilidades, intenté descartarlo pero no lo quitaba de mi cabeza.

Sábado tras sábado recalábamos en aquella boutique, me quedaba mirando el escaparate y cuanto le costaba a mi amiga despegarme de él, maldije el momento en que me fijé porque ahora todos los que veía no hacía más que compararlos con aquel. Una mañana acababa de ir a la peluquería a cortarme el pelo y vistiendo mi mejor ropa me acerqué sola, entré y me probé el vestido, me quedaba como un guante, la tela era cálida y cómoda, tan sólo me quedaba un pelín ancho pero con una puntada en sitio estratégico se arreglaría. Se suponía que el modelito era para Nochevieja a pesar de tener manga corta, de escote francés rematado con pedrería de colores igual que en la cintura, su largo hasta la rodilla tenía una caída perfecta para mi figura y no sólo me hacía más esbelta sino que resaltaba aún más mis ojos azules, con todo el dolor de mi corazón tuve que dejarlo allí disimulando haber recibido una llamada y tener que marcharme. Decidí que si aún duraba en las rebajas de enero definitivamente me lo compraría, entre lo ahorrado, los reyes de la abuela y mi madrina seguro que me daba para ello. Aún así cada sábado acudía a mi cita con el vestido, lo miraba y compulsivamente intentaba adivinar si en el colgador de su interior aún había más.

Las fiestas de navidad discurrieron con normalidad, los compañeros de clase comenzaron a planear la orla, donde ir a celebrarlo y algunos como yo intentando hacer maravillas para pagarlo todo. Finalmente comimos las uvas y el roscón para poder retomar nuevamente las clases pero antes debía acudir a mi cita con el vestido, mi vestido.

Primer día de rebajas, había quedado con Lara en acompañarla a por un abrigo y unas botas que les tenía echado el ojo, pero antes de nada acudí sola a la tienda tanto tiempo deseada. Fui de las primeras en entrar, me dirijo al colgador de los vestidos de fiesta y allí no está, sigo buscando impaciente por el resto del local y descubro apenada que tampoco está, mi vestido ha volado y mi desazón es tremenda. Miro hacia arriba y compruebo que en mi tienda deseada hay espejos que en ésta no hay, me fijo mejor a mi alrededor y es que me he equivocado de comercio, tan ofuscada estaba que ni me había dado cuenta. Salgo apresuradamente a la calle y orientándome voy a la carrera a la boutique, esta vez sí estaba donde quería estar. Unas pocas mujeres armaban algarabía en su interior, todas muy puestas con ropa de marca y arregladas, más no me importaba y caminé hasta el colgador donde hacía poco estaba mi vestido, eso, hace poco, porque tampoco estaba. Miro aquí, miro allá, nada que no lo encuentro, no había rastro del mismo, ni siquiera los otros que no me gustaban andaban por allí, debido a la frustración me dio un bajón y me mareé, disimulando me metí en el aseo y tras sentarme en la taza rompí a llorar, la vergüenza me inundaba y la decepción me embargaba, cuando paré de llorar me recompuse para salir lo más digna posible, pero no sé qué tenía en la cabeza que en vez de ir hacia la tienda giré en sentido contrario por el pasillo hacia, pues no sé muy bien lo que era aquello, parecía un almacén pero tenía cristaleras tan grandes como escaparates, estaban tapadas con papeles serigrafiados con el nombre de la tienda que permitían entrar la luz de la calle. Dicha luz iluminaba una estancia un poco trasteada, había cajas, bolsas, cartones grandes con la palabra REBAJAS, en otros más pequeños estaba escrito el porcentaje: 30%, 40% y 50%, otros distintivos más pequeños se notaba que eran para pegar en las etiquetas de la ropa, y tres percheros con ropa colgada.

Decidí marcharme antes que me pillaran donde no debía estar, al girarme vi al fondo brillar una tela, ¡era mi vestido! allí estaban los tres que quedaban junto con modelitos caros que no tenían intención de sacar, ¡menuda estafa! La indignación bulló dentro de mí como una cafetera y en mi mente cundió una idea. Busqué mi talla, cogí el vestido, le puse en la etiqueta del precio la pegatina REBAJAS y el de 50%, antes de que me pillaran corrí hacia la tienda, disimulando aún jadeante me puse a la cola, tenía delante a cuatro señoras, tiempo suficiente de calmarme y poner mi mejor cara, cuando llegó mi turno me acerqué a la cajera y le di el vestido me miró dudosa a la par que asombrada, pero con mi mejor sonrisa y mi cara de niña buena le di el dinero y me marché con él. ¡Aleluya, lo había conseguido, por fin era mío! como loca acudí a la cita con mi amiga que compró ropa más económica a precio de ganga. ¡Menudos estafadores están hechos los comerciantes!

Llegó el mes de junio, los exámenes fueron duros y las noches largas de tanto estudiar, la pandemia nos había dado de lleno y si bien al principio las clases fueron presenciales enseguida cogieron miedo los profesores y las pusieron online. Todo lo hacíamos por internet, los trabajos y los exámenes, incluso las listas de los aprobados donde figuraba de las primeras, el esfuerzo había valido la pena. Designaron fecha para la graduación, con tanta tienda cerrada y también los grandes almacenes, me fue imposible comprarme zapatos a juego con el vestido y tuve que pedirle prestados unos a mi madrina que tenía de una boda, ya que calzamos el mismo número, lo difícil iba a ser combinar una chaqueta o un chal, quizás por internet encontraría algo. Mientras tanto el decano de la facultad dilucidaba si la graduación iba a ser presencial y cómo. Pues no, el acto fue online, tan sólo la mitad nos habíamos apuntado y como ni iba haber pincheo, ni cena, ni celebración fraternal, nos conectamos todos al ordenador y a escuchar al rector, a los profes y al compañero encargado de hablar. ¡Otra estafa! Menudo planazo, las chicas sobre todo estábamos deseosas de lucir nuestros modelitos y nos encerraban en casa, no había derecho, pero donde hay patrón no manda marinero y al ser el coronavirus tan contagioso lo hicimos así. En pantalla nos veíamos todos, los profes y los alumnos, algunos en mangas de camisa, otros de camiseta y alguno con corbata, pero yo me puse mi vestido divino de la muerte además de peinarme un recogido que quitaba el hipo, fui la más elegante de todas y tan bien di en pantalla que me llovieron algunas citas para compartir tardes de verano en alguna terraza. El trabajo me llegó enseguida y ahora estoy muy ocupada con mi trabajo además de tomar todas las precauciones para no pillar el virus, creo que al final el vestido me trajo suerte y mi osadía también.




 

 

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Al calor de un café enn un bar - Gloria Losada

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No me lo puedo creer, no es posible que a estas alturas, después de tanto tiempo y de la manera en que me mandaste a la mierda, me estés pidiendo retomar la relación. Ya sabía yo que si me querías tanto como decías en algún momento se me presentaría Paco con las rebajas. No rico, mira, es que las cosas no van así. Me ha dado gusto verte, aunque me he puesto un poco nerviosa no lo voy a negar, y he aceptado tomarme un café en aras a los viejos tiempos pero no, no pienso volver contigo. Me dejaste tirada para lavar tu conciencia sin tener en cuenta el daño que me hacías ¿recuerdas? Ya sé que la relación no era fácil, tú casado yo también, en fin, para qué voy a repetir lo que ya conoces. Sufrí lo que no está escrito, pero ¿sabes qué? Que con el tiempo todo lo que pasó me enseñó a quererme más a mí misma. Tengo una carrera universitaria, un buen trabajo en la administración, me gusta escribir y he publicado una novela con una buena acogida en el mercado, estoy estudiando solfeo y aprendiendo a tocar el piano en el conservatorio, lleno mi vida con muchas cosas, como puedes ver, en realidad como ya sabías. No estoy buenísima, los hombres se fijan más en mi cerebro que en mi culo y mis tetas, me gusta tener una buena conversación que me aporte cosas, me gusta escuchar y aprender, no necesito publicar fotos con modelitos en las redes sociales para que la gente me dé un montón de “likes” que alaben mi ego, ni salir en esas mismas fotos fingiendo que leo o que pinto un cuadro cuando pocas veces he cogido un libro y mucho menos un pincel, no me gusta pasarme las horas viendo estupideces en la televisión escuchando los gritos de periodistas de pacotilla y famosillos de turno que se insultan los unos a los otros mientras airean sus trapos sucios. Así es mi vida, no soy ninguna estafa. Soy la misma que un día rechazaste, solo que ahora me quiero un poco más. Y a lo mejor suena un poco presuntuoso, pero no estoy hecha para ti. Estaba muy bueno el café. La próxima vez invito yo.

 

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La siesta - Pilar Murillo

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¡Me ha tocado la lotería! Esa fue la frase con la que desperté hace un año y desde entonces pasaron muchas cosas, por eso un buen día decidí dar todas las tardes un paseo; ni corto, ni largo, lo suficiente como para no dormir la siesta, porque cuando me dormía a esas horas, siempre tenía el mismo sueño y se repetía sin cesar.

Lo extraño es que, al dormirme en la noche y abrir los ojos por la mañana no consigo recordar si he soñado algo, pero en la sobremesa es dormir y verme como el tío gilito, en una montaña de monedas y gritando como una posesa “¡Me ha tocado la lotería!” qué desilusión al comprobar que en la realidad seguía igual de pobre o más porque ese sueño consiguió que mi ansiedad se acentuase. Me percaté de que no dejaba de mirar para las casas de apuestas cada vez que pasaba ante ellas. Por eso paseaba, sólo ese rato que me daría el sueño y me quedaría grogui tirada sobre el sofá mientras tenía la tv de fondo.

Alguna vez probé a dormir sin tv, incluso acostándome en la cama, pero fue peor porque el sueño duraba más y me veía comprando lotería en todos los puestos de mi ciudad, incluso solía ver el número al cual jugaba.

Caí en la tentación de comprarlo y he caído en ella más de una vez, todas las Navidades me he gastado todo mi sueldo en ese número y sí, me tocaba la lotería, pero apenas 200 € que ni recuperaba el poco sueldo de mierda que cobro.

Por eso decidí no seguir durmiendo la siesta. Por eso digo que soñar con dinero no da la felicidad y tienes mucho más que perder.

Me volví una ludópata durmiente y perdí la salud mental.

Ahora voy a terapia todos los jueves, a la hora de la siesta. Me ponen una colchoneta en el suelo, una música zen y me inducen a relajarme. Inevitablemente me quedo dormida y sueño, sí, la hora de la siesta es para soñar, pero han logrado cambiar mis hábitos. Ahora sueño que todos esos chicos de gimnasio, altos, con los músculos pronunciados, depilados y guapos quieren pedirme una cita y el sueño no es ninguna pesadilla, acabo saliendo un día con uno diferente. El caso es que al despertar cuando voy por la calle siento unas enormes ganas de apuntarme a un gimnasio y comprobar si puedo conseguir que se fijen en mi esos tíos buenorros y pasar más allá de la primera cita. Aún soy joven porque uno tiene la edad que siente por dentro y yo por fuera y por dentro soy una mujer de cuarenta, debería decir, de buen ver, pero creo que todos son cortos de vista y de cerebro escaso; pero bueno, a decir verdad yo físicamente soy poco agraciada. Con un tipo bastante desproporcionado. Me compararían con una nadadora y no por mi cuerpo atlético, sino porque soy de las de “nada por delante y nada por detrás. Sinceramente es que ni los viejos babosos me piden cita.

Hace dos días que mi sueño va más allá de la primera cita, acabamos teniendo sexo salvaje sobre un colchón de billetes robados, no sé qué me está pasando, pero he comenzado a observar donde están las cámaras de la sucursal de enfrente y cuento los empleados que trabajan. Observo sus rutinas, pero todo esto lo hago sin dejar de asistir a la terapia, que no quiero perder detalle. Naturalmente yo sólo quiero que llegue el jueves y soñar.

 

 

 

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Decisión salomónica - Marga Pérez

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Me ha tocado la lotería y no sé si decírselo a Pepi… Cuando le pedí que se casara conmigo, hace ya treinta y dos años, y me dijo que si, fue cómo si el pecho me estallase. El corazón no cabía en él… Pepi era la mujer más guapa del pueblo. Tenía un cuerpo que quitaba el hipo: plantada, buena moza, curvilínea, bien hecha, morenaza, limpia. También era las más generosa, la más prudente, la más religiosa...Todos estaban por ella pero... se casó conmigo. Entonces ya pensé que me había tocado la lotería. Mi madre también lo creía y se fue al cielo dando gracias a Dios por dejarme tan bien acompañado. Siempre me lo decía:

- Ramón, no quiero irme hasta que no encuentres una buena mujer, así que espabila, que cualquier día...- Y se santiguaba como si con éso ahuyentase a la muerte

La verdad es que tardé en decidirme. Pepi era mi amor secreto desde que teníamos quince años. Cuando entré en la treintena me dije: “Ramón, o ahora o nunca” Tenía que armarme de valor, Pepi era una diosa y yo un vulgar humano sin ningún atractivo para las mujeres. Cuando me dio el si supe que las diosas tienen gustos especiales porque mira que gustarle yo… Fui el novio más feliz del mundo . Nos casamos enseguida. No quería correr ningún riesgo.

De la luna de miel no digo nada porque nos conocíamos poco, estaba nerviosa. Lo entiendo. Era la primera vez que salía de casa . La gran ciudad, el hotel, tanta gente, ruidos, coches… no era su ambiente. Lo entendí perfectamente . Yo había hecho la mili en Murcia, no era mucho pero reconozco que tenía más mundo que ella. La respeté durante todo el viaje y éso que me dolía todo de las ganas que tenía pero... la quería. No, estaba loco por ella. Ahora lo sé ¡Qué loco estaba!

En el pueblo, ya en nuestra casa, no hicimos nada de nada hasta que mamá no pasó a mejor vida. Menos mal que fue pronto y, no lo digo porque la pobre molestase, no, mamá era una santa. Lo digo porque Pepi no me dejaba hacer nada porque mi madre estaba en la habitación de al lado y nos iba a oir. Nunca dije a nadie que desvirgué a mi mujer el día en que enterramos a mamá. Si, cuatro meses y diez días después de casarnos. Fue el acto más extraño que tuve nunca. Acabé el orgasmo llorando a moco tendido sobre el camisón de franela que Pepi no se quitó en ningún momento. Lloraba por mamá a la vez me corría. Es más, cada vez que voy a un entierro o huelo crisantemos, Pepi sabe que toca. Me quedó éso, no sé si es normal o no, nunca se lo dije a nadie. Pepi, no se si desde entonces porque antes nunca había habido nada, duerme como un cadáver. Pone su camisón de franela, casi hasta los pies, abotonado hasta el cuello, de manga larga, y se tiende en su lado de la cama, tiesa, boca arriba, con las manos cruzadas en el vientre, como si fuera un cadáver en el velatorio. En esa posición no gurguta en toda la noche. Ni se mueve. Por la mañana despierta en la misma posición. La verdad es que estaba muy enamorado, aunque el sexo fue a menos hasta quedar en un acto casi testimonial . No resulta estimulante, la verdad. Veo en ella a todas las mujeres del pueblo que murieron en casa, en la cama, con el embozo bien estirado y el pelo peinado hacia delante, o en un moño muy alto, con las manos cruzadas sobre el pecho y un rosario engarzado entre los dedos. Todo el pueblo entrábamos al dormitorio del difunto. Nos santiguábamos frente a la cama. La despedíamos. A los hombres se les vestía con traje, camisa, corbata, zapatos. Estaban sobre la cama…

¿Por qué estoy pensando todo ésto ahora que soy millonario?…

¿No me merezco darle un poco de alegría al cuerpo? ¿Sacarme esa espinita de una vez? Quiero a Pepi. No lo pongo en duda en ningún momento. Nunca le fui infiel…Es más,volvería a casarme con ella . ¿Y el sexo? Quiero sentir piel con piel. Resbalar entre cuerpos sudorosos. Ver carne trémula mientras toco, acaricio, beso, excito… gozar... sentir... perder la cabeza…. Quizá ese tren ya pasó... No soy joven… ¿Y si se entera Pepi? ¿Y si pierdo lo que tengo con ella? …¿Y si…?

Decidido. No le doy más vueltas. Le diré a Pepi que me tocó la lotería pero sólo sabrá de la mitad del premio. La otra mitad la gastaré en mi, en lo que me apetezca en cada momento, sin vergüenzas, sin miedos ni sentimientos de culpa… Ya os contaré en qué en otro soliloquio , si me da tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

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