Queridos Reyes Magos - Esperanza Tirado

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Queridos Reyes Magos:

No sé si alguna vez os llegué a enviar las cartas que cada año escribía religiosamente en mi libreta de rayas o en un bonito folio con dibujos navideños que me traían mis padres de no sé dónde y encontraba ilusionada al volver del cole. A veces me salía o tachaba algún juguete, porque pensaba que eran demasiados. Y luego los que quería nunca venían.

Efectivamente, ahora lo recuerdo. Nunca os llegué a enviar mi carta. Me daba vergüenza enviar algo con tanto tachón. No quedaba bonito que sus Majestades leyeran mis deseos entre borrones y alguna falta de ortografía.

Así que era complicado averiguar lo que quería una niña a la que le gustaba mucho leer. Libros, claro. Pero antes de aprender lo que eran las letras imagino que querría muchas otras cosas.

Bueno, quizá no, que entonces no había el bombardeo publicitario que hay ahora. Que casi hasta hueles los aromas de las colonias de tan repetidos que salen los anuncios...

Quise una bici. Roja, grande, una BH. La tuve. Y me caí con ella tantas veces... Pero conseguí aprender a montar. Y la disfruté. Vaya que sí.

Quise el barco pirata de los clicks de Playmobil. Ese nunca vino. Tal vez naufragó entrando al puerto y algún papá lo rescató para su hijo. Claro, como yo era niña, a nosotras Sus Majestades nos dejaban muñecas, cocinitas y esas cosas.

En fin, que a pesar de no haber mandado nunca ‘la carta’, año tras año me trajeron de todo. Hasta carbón, como aviso. Primero y último. Después me porté ‘supersuperbien’, o eso creo.

Y crecí y en vez de cartas pedía en voz alta, por si a Sus Majestades les llegaba algún soplo. El aire debía confundir el mensaje porque lo que venía tampoco era lo que había pedido. Pero fui afortunada, siempre cayó algo.

Y me hacía ilusión ver las cabalgatas y de paso recoger algún caramelo. Dependiendo de dónde me tocara, a veces cogía y a veces un par de míseros carameluchis que iban a parar a las manos de algún crío con ojos ilusionados. Si total, a mí los caramelos no me gustaban. Era el ambiente que se respiraba, soñar con ser niña de nuevo. Pero la inocencia se fue perdiendo…

Este año, la de los adultos a pasos agigantados. Y ni siquiera los niños podrán disfrutar, aclamarles, a ustedes, Sus Majestades, reclamando sus caramelos, sus juguetes ni recogiendo serpentinas sucias por el suelo.

Y todo por culpa del bicho. Es una pena todo el mal que ha hecho. Ojalá fueran ustedes tan Magos como para poder traernos el remedio. Viniendo de Oriente alguna noticia les habrá llegado por el camino. Espero que tengan alguna teoría que funcione en forma de vacuna o pastilla, o incluso jarabe de esos que sabían amargos cuando éramos niños, y se la dejen a la puerta de algún hospital. Los médicos y todo el personal sanitario, que no son magos, pero en estos tiempos casi lo parecen, la repartirían encantados en Su Nombre.

Y todos nos acordaríamos de estas Navidades para bien. Porque, la verdad, no han sido unas Navidades muy normales. Mucha gente no ha podido viajar para estar con sus familias. Así que lo de celebrar se quedó en una videollamada con restos de turrón y copas de cava vacías, en una mesa adornada con un mantel que quizá reconocían de años atrás.

Todos hemos intentado portarnos bien, obedecer cuando nos decían que teníamos que ponernos la mascarilla, que era remedio santo, salir lo imprescindible, no meternos en sitios cerrados con demasiada gente, viajar con la imaginación leyendo relatos o escuchando música. Y aplaudir. Pero el eco de esos aplausos se disolvió demasiado pronto. Y su significado se perdió, quizá haciendo balconing resbaló y cayó en algún charco de agua sucia.

Queridos Reyes, les pediría que llenaran sus paquetes de regalos como sensatez, empatía, serenidad, humor, compromiso… Que con eso no se juega. Pero quizá, con un gran lazo bonito adornando, sirviera de algo a quienes les tiene que servir.

Así tal vez el año que viene pudieran Ustedes volver a desfilar por nuestras calles abarrotadas de niños y grandes, entre luces e ilusión.

La misma que me hace escribirles ahora, taitantos años después. Deseándoles una buena travesía por el desierto.

Si van con el camello cojito, descansen en cada oasis que encuentren. Que la tranquilidad y la seguridad son bienes muy preciados. Lo entenderán Ustedes cuando lleguen a estas tierras. Las luces de las calles tal vez les den la sensación de que todo está como antes. Pero ya nada es como antes. Ni las miradas de los niños lo son. Detrás de las mascarillas se esconden muchas dudas, miedos, preguntas y tantos por qués que obedecieron a la primera sin rechistar,… tanto en ellos como en los mayores. Que no tenemos las respuestas que deberían tranquilizarles. A ellos y a nosotros. Ni una mentira piadosa, siquiera.

Eso es lo que les pido a Vuestras Majestades. No que echen el tiempo atrás con una máquina imposible de construir, y que solo existe en la imaginación de algún escritor incomprendido.

Como siempre, con las prisas del día a día, se me olvidó echar la carta antes de la Noche Mágica.

Pero más vale tarde que nunca, dice un refrán.

Y esta vez, sin tachones ni faltas de ortografía.

 

 

 

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Sorpresas nos da la vida - Marga Pérez

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Si la vida es una gran sorpresa podemos entender que la muerte también lo sea. Sabemos que no siempre la muerte nos avisa, ni nos coge prevenidos, ni preparados, ni dispuestos, ni sabiendo con qué nos vamos a encontrar después de ella. Aunque sepamos que es la muerte lo que a todos nos va a llegar, no deja de ser para todos una macabra sorpresa.

Si esto es la muerte para todos para Rodrigo la sorpresa se encuentra en cada cadáver que pasa por sus manos. Cada cadáver le sorprende con un número de prótesis desconocido para el antes de entrar en el horno. Más de uno le dejó con la boca abierta . Parecía RoboCop en vez de un cadáver humano. ¡Qué manera de engañar!Porque Rodrigo es traficante. Si, con las prótesis de los cadáveres que pasan por el horno de incineración del tanatorio en el que trabaja desde hace más de una década.

Rodrigo no siempre se ha dedicado a esta actividad tan poco convencional. No hace mucho estaba ilusionado con la arquitectura, y antes, con la música. Llegó a pensar en trabajar en una orquesta tocando la flauta. No dio la talla. Tampoco con la arquitectura, fue cuando su novia le propuso trabajar en el tanatorio que su padre y su socio estaban a punto de abrir. Empezó pensando que seria algo provisional. Sólo hasta que apareciese algo mejor... El tiempo pasaba sin que apareciese ese puesto para el que creía que había nacido y tras varios años esperándolo no dejaba de ser un simple empleado mileurista .

Su novia parecía que había perdido la ilusión de la boda. En vez de hablarle de trajes blancos, luna de miel y tarta nupcial solía preocuparle los intríngulis de su trabajo. Las prótesis . El estado en que quedaban los residuos tras la incineración. Qué se hacía con ellos…

Rodrigo empezó también a interesarse por esos residuos . Vio prótesis dentarias, de rodilla, cadera, tobillo, hombro, tornillos, dientes de oro, placas metálicas… Vio también cómo un chatarrero pasaba a recogerlos de cuando en cuando. Habló con su futuro suegro y le allanó el terreno para que empezase a ilusionarse con un posible negocio que le rondaba.

Encontró , casi sin buscarlo, un fabricante tan interesado en comprar esos residuos como el en venderlos y sin más se apropió de ellos. El tanatorio hacía la vista gorda con el y el la hacía con su comprador. Se engañaba pensando que los metales pasaban por el proceso de transformación habitual, aunque no constaba en el contrato de palabra que habían pactado. Le pagaban bien y le bastaba. Negocio redondo.

Si un cadáver era una sorpresa por los tesoros que escondía en su interior, cada día la sorpresa era más productiva. Llegaron cadáveres con más de seis prótesis. Ya era raro encontrarse con uno que no tuviese ninguna. El negocio subía como la espuma. Rodrigo pasó de mileurista a potentado. Cambió de coche. Vistió de marca. Se compró un piso. Manejaba pasta y todos lo sabían.

Varios años consolidando la tendencia al alza de su negocio, renovaron la esperanza de Rodrigo de pasar por el altar. Su novia ya hablaba de vestidos blancos, luna de miel, tarta nupcial y dormitorio para el bebé que estaba en camino. No había sido un desliz. Rodrigo estaba convencido de que ella le quería y el niño había llegado, fruto de su amor, en el mejor de los momentos, pero… algo iba a estropearlo.

A Rodrigo le llamó la atención que un coche de la Guardia Civil estuviese allí aparcado cada día .Que varios hombres estuviesen haciendo preguntas a empleados . Que cuando el aparecía la conversación entre ellos cambiaba. Que algunos le miraban de otra forma. Que algo se mascaba en el ambiente… pero fue una gran sorpresa para él cuando le pusieron las esposas. No se lo esperaba. La Operación Ornitorrinco impidió que Rodrigo llegase al altar, como tenía planeado.

Desde hacía más de un año estaban en el punto de mira de la Guardia Civil. Como resultado de la investigación cayó Rodrigo por contrabando de residuos funerarios. Cayó el comprador por receptor de residuos funerarios ilegales. Cayó el industrial por reutilización de material quirúrgico de segunda mano como si fuera nuevo. Cayó el padre de su novia por fraude en seguros de decesos y cayeron varios médicos que participaban en esos seguros implantando prótesis a sus asegurados sin tener necesidad de las mismas.

La Operación Ornitorrinco fue la mayor sorpresa con la que se encontró Rodrigo en su vida. Al menos eso pensaba cada día dando vueltas en su celda sin saber bien qué era lo que había sucedido.

Ver a su novia en los ecos de sociedad del Hola casándose con el socio de su padre ya no le sorprendió tanto. Desde que estalló el ornitorrinco, ella pasó de él. Tampoco le había pedido que reconociera el hijo que había tenido.

El hijo que Rodrigo pensaba que era suyo, con los años se fue pareciendo al marido de su novia ¡Qué casualidad! Eran como dos gotas de agua. Todo encajaba.

                                                 

 

 

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Mejillones - Marian Muñoz

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Que espesa siento mi mente, estoy totalmente abotargado por culpa de esas pastillas que me están dejando cao. Mientras esté Rubén vigilando la sala no las puedo escupir, pero con las chicas es otra cosa, se ponen a hablar y no se fijan siquiera en que las echo fuera y se las paso a Miguel, quien a pesar de estar chupadas no le dan asco y se las traga, dice que entre las suyas y las mías se coloca y logra evadirse de este encierro por unas horas. Su efecto es tan fuerte que no puedo siquiera girar la cabeza para mirar alrededor, siempre de frente, tienen que ayudar a sentarme pues mis piernas quedan tan relajadas que olvidan obedecerme, verdaderamente no me quejo al haber elegido esta situación, pero hace tanto que estoy aquí que he dejado de contar los días y muchos menos las semanas, así que los meses están pasando sin enterarme.

Hoy debe ser miércoles porque Cristina viene a buscarme para ir a terapia. Me agarra del brazo y me lleva despacito hasta el despacho del doctor Cerro, donde me coloca delante del sillón y me dejo caer como un fardo debido a que mis músculos no consiguen sostener mi cuerpo. Menos mal que el asiento tiene un respaldo alto soportando mi cabeza en tal postura que miro de frente al doctor. Un hombre relativamente joven, canoso, de anteojos metálicos vistiendo una bata blanca en cuyo bolsillo superior izquierdo tiene bordado su nombre. He dejado de contar las veces que nos hemos visto pero han sido tantas que me sé de memoria como va a discurrir la sesión. Primero me enseñará unas fotos y tendré que decir qué palabras me sugieren, siempre son las mismas tanto las fotos como mis respuestas, hoy por primera vez me parece un juego estúpido pero si quiero salir de aquí algún día he de hacer lo que se espera de mí. Luego me enseñará unas cartulinas con números bien grandes que he de reconocer, nunca le respondo con el correcto y él se desespera. Más tarde dirá seis palabras, cada sesión son diferentes pero le respondo con las mismas seis cada semana, es divertido porque en sus ojos noto como se angustia y no entiende el motivo de que mi terapia no funcione.

Primera foto un jarrón o dos caras: “jarrón”.

Segunda foto un borrón negro en mitad de una cartulina blanca: “sangre”.

Tercera foto un cielo azul claro con nubes muy blancas: “paja”. Cuarta foto un colibrí en vuelo ante una flor: “libertad”.

Guarda las fotos en su carpeta y seguido me enseña los números como si tuviera prisa sabiendo de antemano el resultado de la sesión.

Tres: “siete”.

Cinco: “ocho”.

Cuatro: “dos”.

Cero:”uno”.

Interiormente me siento bien al engañarle, mi cara no refleja ninguna expresión al estar atontado por la medicación, a pesar de ello observo en sus ojos decepción y contrariedad confiando en que decida bajarme las dosis. Estoy expectante por escuchar las palabras de esta semana, siempre me sorprende y me resulta difícil no responder correctamente.


Arquitectura: “letrina”.

Ornitorrinco: “boñiga”.

Horno: “cagarruta”.

Cadáver: “escoba”.

Flauta: “pirulí”.

Contrabando: Repentinamente comienzo a pensar, en mi cabeza empieza a sonar la palabra contrabando, recuerdo imágenes de una nave, recuerdo el frío en ella. Contrabando, contrabando, claro que me suena, me veo subido a una carretilla elevadora, veo como engancho un palé.


Contrabando, repite el doctor algo impaciente: Encima del palé hay un contenedor de obra muy grande que está hasta arriba de mejillones. Al engancharlo giro con destreza y conduzco a máxima velocidad fuera de la nave, fuera del recinto. ¡Sí, estoy por fin recordando!

Contrabando, vuelve a decir perdiendo un poco la compostura: Me veo circulando por la carretera sin apenas visión de la misma que me tapa el contenedor y girando con gran pericia me abro paso en el campamento cercano de migrantes. Todos me miran incrédulos tanto por la velocidad a la que voy, por la carga que llevo y porque tras de mí casi me dan alcance cuatro coches patrulla de policía con las sirenas rugiendo. Deposito el palé en el suelo y al ver tan preciado alimento los refugiados corren a sus tiendas a por ollas o cuencos con los que llevarse tan jugoso manjar. Eran gallegos de gran tamaño y aún estaban frescos. No iba a permitir que se pusieran malos cuando tan cerca había personas mal comiendo y pasando hambre. Cuando por fin llegaron los policías la muchedumbre se había abalanzado de tal manera que apenas quedaban unos pocos kilos de moluscos. Me tiraron al suelo, me esposaron y me llevaron a comisaría.

Contrabando, contrabando, repite impaciente el doctor: recuerdo que en el interrogatorio me revelaron el mayor problema de mi acto, los mejillones incautados y en buen estado iban destinados a una fiesta del señor gobernador, y al no disponer de los mismos tuvo que apresuradamente comprarlos a precio de mercado sin tener la misma calidad. No sólo la ley caería sobre mí sino la furia de las instituciones políticas. El policía que me trasladó a la sala antes de sentarme me susurró al oído “hazte el loco, la cárcel es peor que el manicomio”.


¡Contrabando! gritó: “zurullo” respondí como en cada sesión. Aquí dentro no se está tan mal, me dan cuatro comidas al día, me lavan la ropa y me permiten pasear por el jardín. No comparto habitación debido a las restricciones del covid-19, dentro estamos todos a salvo de infectarnos al vivir los empleados con nosotros durante seis meses. Cada vez que nos hacen las PCR damos negativos, estamos más seguros que en la calle, por eso seguiré haciendo el paripé todas las semanas.

Lo malo es que con tanta medicación a veces me olvido de quien soy o el motivo por el que estoy aquí.

 

 

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Rezando - Cristina Muñiz Martín

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Hugo paseaba ante la estantería de las vacunas observando los títulos: Todo sobre la APW40; Eficacia y efectos secundarios de la JAITER; Cómo se gestó la YBD18; Opiniones sobre la ROSLAD…

Los ojos de Hugo viajaban de izquierda a derecha y de arriba abajo, sin saber por dónde empezar. Había ido a la biblioteca a instancias de su padre, persona de riesgo que delegó en él la decisión de elegir qué vacuna era la más adecuada. “Estudias medicina así que eres el más indicado”, le había dicho cuando intentó disculparse para no asumir tal responsabilidad.

Hugo sabía que sus padres se estaban sacrificando mucho para pagarle la carrera y los numerosos cursillos que acrecentarían su currículum cuando tuviera el título en la mano. Esperaban mucho de él y creían que los dos años de medicina que había cursado con buena nota lo habían convertido en un sabelotodo de la medicina. Siempre le consultaban cuándo tenían el más mínimo síntoma, aunque se tratara de un resfriado y le hacían usar el fonendo que le regalaron con tanta ilusión las anteriores Navidades. Él los auscultaba con atención, temiendo no saber encontrar algo que después se revelara como peligroso; les tomaba el pulso; les miraba el fondo de los ojos… y sus padres acababan embelesados, ellos que no habían ido más allá de los estudios elementales, con un hijo médico, un sueño.

Tres horas después, desesperado por la cantidad de libros, tesis doctorales y documentos varios sobre las distintas vacunas con opiniones dispares de los que se suponía eminencias médicas, científicas, epidemiológicas, virológicas… Hugo cerró los ojos, dio una vuelta sobre sí mismo, camino unos pasos a la izquierda y otros a la derecha y eligió un libro al azar. Estudios sobre la AZGORH17. También era mala suerte, era uno de los tomos más gruesos. Pensó en repetir la operación pero sería como hacerse trampas a sí mismo. Cogió el libro bajo el brazo y se dispuso a pasar el fin de semana encerrado en su cuarto para desentrañar todos los secretos de la vacuna que utilizarían él y su familia. El lunes, con la inseguridad prendida en cada resquicio de su cuerpo, Hugo recibió el pinchazo. Tras él, sus padres. Empezó rezar, algo que no había hecho desde la Primera Comunión. Pero ante los discursos agobiantes e incoherentes de políticos y expertos, esperaba que al menos Dios lo tuviera claro.

 

 

 

 

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Amarre maestro - Dori Terán

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  La hora vespertina era su favorita. Allá en las últimas horas del día, aquellas que en la estación del invierno cedían su luz a la noche, le hacían sentir el cansancio de la actividad diaria. Era dulce, era una sensación de relajo adquirido al quemar la energía explosiva con la que despertaba cada mañana. Y Gloria se entregaba por completo a su persona, a su ser, a su yo. Un baño espumoso y salado envolvía su cuerpo mientras la música suave le transportaba a evocar sueños lúcidos con los que se protegía de lo que parecía cruda realidad. Fueron las notas agudas de la flauta que sonaba en la pieza las que le devolvieron a este mundo. Con sumo cuidado posó los pies en la alfombra del baño, no era la primera vez que por falta de atención en el movimiento, besaba el suelo con un golpe estrepitoso. Mucho se había reído su compañera María de ella con el suceso y la cara hinchada y amoratada que hubo de lucir durante días. Entre carcajada y chanza le recordaba lo exigente que había sido con la arquitectura de la casa al diseñarla y como había pasado por alto el peligro que suponía aquel insigne escalón para entrar y salir a la bañera. La toalla recogiendo la humedad de su torso era un mimo en la piel y el albornoz de tacto aterciopelado una caricia tierna. Encendió el horno con el pez dentro y se sirvió una copa de vino. No entraba en sus planes cotidianos de agasajo personal la ingesta de alcohol. Solía dedicar un tiempo a la meditación. Con los ojos cerrados se conectaba con su interior y en el silencio de su mente, alcanzaba la unión con el Todo. Esta práctica le regalaba tanta paz y entendimiento que la comprensión de la vida y de todo cuanto en ella ocurre le permitía amarla. Pero hoy no, no era capaz de alcanzar ese preestado favorable al encuentro consigo misma. Tenía mucho que pensar Hubo de tomar una opción difícil en su trabajo. Una prueba de la calidad de su amor universal. Allí, en la cama de exploración, la enfermera le había pasado una paciente especial. Especial sí, especial. Se llamaba Laura y todo en ella era singular a los ojos de la doctora. Antes, mucho antes de que Laura apareciese por el hospital ya formaba parte de las pesadillas de su vida. Laura se dedicaba al contrabando de pasiones y estafas. Los avatares de la vida habían puesto en contacto a Laura con el doctor Andrés, el amor de Gloria. Media vida juntos compartiendo alegrías y penas, hijos y economía, amigos, casa y bienes…toda la amalgama de experiencias y vivencias que componen y definen la existencia en nuestro sistema. El amor se había convertido en apego, en necesidad, en dependencia y en los momentos donde se estaban planteando la búsqueda de ayuda para volver al amor desde la libertad, apareció Laura y su tráfico de rituales . Se encaprichó de Andrés y se puso manos a la obra. Amarre es el nombre del trabajo. Gloria supo muchos años después, cuando lloraba la pérdida y el desprecio de Andrés que estos trabajos existen de verdad. La energía que forma y conforma nuestro cuerpo etérico puede ser manipulada para bien o para mal. Para sanarnos o para adueñarse de nuestra voluntad cuando vivimos ausentes de nosotros mismos, de conocernos, de cuidarnos. Y Andrés estaba ofuscado, desequilibrado, angustiado e inquieto en los problemas de relación con Gloria. Al hombre le pareció que Laura le ofrecía un mundo nuevo repleto de la felicidad que le faltaba y que nunca comprendería ni podría darle su cónyuge Y se fue. Sin explicación, con desprecio y atraído como un hierrecito pequeño por un gran imán. Y el mundo se tambaleó y Gloria que no consiguió suicidarse pasó por la vida como un cadáver andante. El camino le dio muchas herramientas no solo para resucitar sino también para comprender, para sanar, para liberarse del dolor, del apego, de la necesidad. Y construyó otra senda para el viaje. Y la gratitud, la alegría, la serenidad, la libertad, el respeto y muchos otros atributos del amor la acompañaron. Y hoy fue la prueba de fuego. Estaba obligada a atender a Laura pero le inquietaba cual iba a ser su actitud al hacerlo. ¿Desde la obligación rencorosa? ¿Tal vez desde la ocasión vengativa? No. El amor cuando se cuida también es adictivo. Miró a Laura, una Laura deteriorada y enferma, una Laura que se había destruido por adicciones tóxicas y había acabado con el cuitado Andrés y solo sintió una pena inmensa ante aquella criatura que había olvidado toda la grandeza y divinidad que se cobija en el alma humana, todo el poder de felicidad. Tomó su mano y le dijo.-“Siento que estés tan mal. Vamos a buscar la ayuda que necesitas, yo me voy a encargar, te lo debo. Cuando yo vivía dormida y despistada, viniste a sacudir todo mi mundo y entre maldiciones y llantos descubrí quien soy y donde quiero ir. Yo nunca hubiera encontrado la luz sino me hubieses traído tu oscuridad. Es hora de que conozcas la luz” Laura sin fuerza cerró los ojos y se dejó llevar. Gloria sonrió al repasar la historia, apuró la copa de vino y lo mismo que el ornitorrinco australiano que tiene costumbres vitales nocturnas, ella se fue rauda a cargar su vitalidad sentándose en la alfombra de meditar mientras vaciaba su pensamiento de cualquier historia.



 

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Las complicaciones de la vida - Esperanza Tirado

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Pensaba que, por fin, mi suerte había cambiado, que mi vida había dejado de ser complicada. Que la flauta había sonado. Y afinada. Y no por casualidad.

Que lo de encontrarme el millón de euros escondido en las dunas de la playa era una señal. Bueno, lo del cadáver era otra señal. Más clara. Más olorosa también. Pero eso lo dejé como estaba. Entre moscas y otros bichos, que se estaban dando un festín de muerte.

Fui cuidadoso y me llevé el dinero, dejando al fulano descansar en paz.

Ya avisaría a la policía cuando tuviera las manos libres.

Que sí, que ya, que en momentos así la ética y la moral se deshacían como un azucarillo en el café. Que el dinero era obviamente procedente del contrabando. De tabaco, de los bolsos de piel, de las camisetas de marca, de la droga o del champán peruano. O vete a saber. Pero ahí estaba, delante de mí; como quien se encuentra un euro en la acera y lo recoge y se queda más pancho que ancho. Pues igual, pero en billetes. Montones de ellos. Los paseos para hacer ejercicio al aire daban su fruto.

La Lotería de Navidad se adelantaba este año. Para todos en mi familia.

Guardé los fajos de billetes en la caja de herramientas del coche. Y arranqué, pensando en qué podría comprarles a mis niños y a mi mujer estos Reyes.

Era complicado. La niña ya sospechaba.

Que cómo iban a venir si el virus lo infectaba todo.’

Que si nosotros no vamos a casa de la abuela, que ya es mayor. Pues ellos tres lo son más.’

Y su hermano, aún pequeño pero muy vivo para estas cosas, se unía a la fiesta de ‘pregunta a tu padre, que él ya saldrá por peteneras’.

Es que a lo mejor les presta Papá Noel un reno a cada uno. Y como los renos vuelan, pues vienen más rápido que el bicho ¿A que sí?’

El horno no estaba para bollos y mi cerebro parecía el de Homer Simpson intentando solucionar algún problema de manera coherente. Cosa imposible.

Y nadie me podía echar un cable. Mi mujer, más ducha en estos temas, tenía doble turno en el estudio de arquitectura en el que trabajaba. Por fin la habían llamado. Después de aquella crisis económica horrorosa dijo que se dedicaría a criar a los niños. Y ambos estuvimos de acuerdo. Con mi sueldo en la gestoría familiar íbamos tirando.

Después, crecieron. Y a ella la casa se le quedó pequeña. Y con unos pocos ahorros, montó un estudio de decoración e interiorismo con una colega. Y hacían sus cositas y sus encargos aquí y allá. Les iba bien. Tenían una cartera de clientes ricos, superricos, de esos que tienen tanto que lo gastan sin medida.

Por entonces se pusieron de moda las decoraciones de animales en las paredes. Fuera papel pintado, bienvenidas extravagancias varias. Así que ellas metieron cabeza. Nunca mejor dicho. De caballos de colorido algodón ecológico. De elefantes de boatiné, de todos los tamaños, con la trompa hacia arriba, por supuesto, ornitorrincos de plexiglás, búhos de ojos enormes de cristales de Swarovski… En fin, decoración animalista y nada minimalista para gente de muchos posibles.

Que, de pronto, con la pandemia se esfumó.

Y mi mujer volvió a casa. A hacer de madre, a explicarles a nuestros hijos lo complicada que era la vida en estos tiempos. Que lo de compartir con sus amigos y jugar con otros niños era algo que ya no podía ser. Que ahora había otras normas. Que sus preguntas no podríamos responderlas ni nosotros.

Ellos lo entendieron. O eso creí yo. En ese momento más atento a los vaivenes de la gestoría que a responder por qué, por qué, por qué

Pero en cuanto ella pudo retomó su carrera en un estudio de arquitectura que empezaba. Nada extraño; reformas de hogares para hacerlos más hogareños en estos tiempos.

Como lo del teletrabajo no iba con ella me tocó a mí la china doble. La de trabajar en casa manteniendo a flote la gestoría y la de lidiar con el grave problema de la curiosidad infantil de mis hijos. Que parecía no tener límites. Mi cerebro, como el de Homer, se reducía cada vez más.

Y aquí estoy, dándome un respiro playero ante tantas preguntas sin respuesta conocida, posible o medianamente aceptable por esas pequeñas mentes incansables y malévolas.

Conduciendo de vuelta camino de casa. Con un millón de euros en el maletero.

Pensando en que la vida sigue siendo complicada y en cómo explicárselo a mi mujer. Y sobre todo en cómo decirles a mis niños que, al final, los Reyes Magos, como Magos que son, pudieron con el bicho. Y sus regalos aparecieron un año más alrededor del árbol. Que aún no hemos plantado en el salón. Pero que habrá que ponerse a ello. Qué pereza me da lo de sacar cajas del altillo y desenredar cables con lucecitas…

Quizá si diera la vuelta y devolviera el dinero, dejarlo al lado del muerto, entre las dunas, no tendría que dar tantas explicaciones.

Uy… Una patrulla de la Guardia Civil… Y van en dirección a la playa…

Bueno, ya pensaré algo camino de casa.

Qué complicada es la vida cuando tienes cuatro duros.


 

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La prematura muerte de Mari Paula - Gloria Losada

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Mari Paula murió hace unos seis meses. Me enteré porque vi la esquela pegada a un poste de la luz según salía una mañana de mi portal y después leí la noticia en la prensa. Seguramente no está bien lo que voy a decir, pero sinceramente me importó una mierda que se hubiera muerto. Era más mala que un dolor. Joven sí, acababa de cumplir los treinta, pero más mala no la podía haber en este mundo.

La conocí cuando se vino a vivir a mi edificio, al apartamento encima del mío, hace unos cinco años. Yo también acababa de mudarme y estaba feliz porque por fin había conseguido encontrar un trabajo como traductora en una editorial, lo cual me había permitido independizarme. No llevaba yo más de dos semanas en mi nuevo hogar cuando apareció ella revolucionándolo todo cual caballo desbocado. He de decir que el edificio en el que vivíamos era antiguo, pero bien cuidado, con una única puerta por rellano. Así pues éramos muy pocos vecinos, la mayoría gente ya entrada en años, de vida tranquila y sosegada, que era lo que yo buscaba, puesto que la mayor parte de mi trabajo la realizaba en casa. Por eso no solo yo, sino todos los habitantes del señorial edificio, comenzamos a sufrir con la mudanza de aquella idiota. El trasiego fue monumental durante cinco o seis días, gente subiendo y bajando, hablando a gritos, riendo a carcajadas, muebles arrastrándose por el piso… en fin, que nadie dijo nada porque como era una mudanza… aguantamos estoicamente.

Pero cuando todo parecía volver a su cauce comenzó el sonido de la flauta, todo el puto día, flauta va, flauta viene y si encima de ella salieran notas musicales…, pero salían ruidos extraños nada más, una y otra vez. A mí me producía desconcentración, así que opté por trabajar de noche y dormir más por la mañana, pero no fue buena solución porque me despertaba la maldita flauta y andaba el resto de la jornada atontada como un zombi. No me quedó más remedio que ir a llamarle la atención. Confieso que lo hice de malos modos. Suelo ser muy pacífica, pero como me toquen las narices no tengo medida y ella me las llevaba tocando ya una temporada. En cuanto me abrió la puerta de su piso no la dejé ni hablar, ni siquiera la saludé. Le solté un discurso sobre el respeto, sobre cómo se debe vivir en sociedad y no sé cuántas cosas más y rematé diciendo que o dejaba de tocar la flauta a todas horas o la denunciaba. Cerró la puerta en mis narices sin contestarme. La denuncié. Vino la policía local, midieron los decibelios y se acabó la flauta, lo que no acabó fue la tortura.

Un día se presentó en mi piso diciendo que los humos procedentes de mi horno habían llegado hasta su cocina y apestaba a fritanga.

Va a ser que no, porque no he usado el horno –le contesté.

Estudié arquitectura. Sé que has usado el horno y que los conductos de humos de este piso están tan mal que desembocan en mi cocina. O lo reparas o yo misma me encargaré de tirar tu puto horno a la basura.

Me dejó flipando. La noté tan amenazante que al día siguiente llamé a un albañil que me revisó el piso y me dijo que todo estaba en perfecto estado. Traté de no hacerle caso, pero el acoso y derribo no paró. Un día comenzó un extraño trasiego de gente a su piso. Tanto de día como de noche recibía visitas a “tutiplé”. Una de esas noches llamaron a mi casa a las tantas pensando que era la suya. Me metieron un susto de muerte.

Una mañana salió un tío con muy mala pinta de su casa con tanta prisa que al bajar las escaleras chocó con la señora Enriqueta, que en ese momento subía, y la tiró al suelo. Ni se paró a socorrerla, eso que es una mujer ya mayor. Afortunadamente todo quedó en un susto. Cuando Manuel, el hijo de Enriqueta, se presentó ante Mari Paula para protestar ante tal desfachatez ella le contestó que si aquel mamarracho había tirado a la señora por las escaleras que le fuera reclamar a él, que no era su problema. Ante la insistencia de Manuel, ella le cerró la puerta en su cara, tal como había hecho conmigo, y le dijo que se comprara un ornitorrinco y le diera la lata a él. A tomar por saco.

También tenía un gato que dejaba todas las mañanas pulular por la escalera mientras ella se iba sabe Dios a dónde. El gato estaba loco. Parecía que le estuvieran dando ataques epilépticos. Recorría las escaleras a una velocidad de vértigo, maullando como un poseso y de vez en cuando se paraba a hacer sus necesidades en los felpudos, tal parecía que estuviera adiestrado para ello.

Así las cosas llegó un punto en que ya no sabíamos qué hacer. Mari Paula era la reina del mambo. Daba igual lo que le dijéramos, lo que hiciéramos o lo que intentáramos razonar con ella. Todo era inútil. Pensando en encontrar solución a todo aquel tinglado se me ocurrió contactar con Pedro Villares. Pedro era un antiguo rollo mío, una tremenda equivocación que duró dos fines de semana, pero eso no viene al caso. Conservábamos cierta amistad… bueno tampoco era amistad, en realidad yo lo llamaba cuando me hacía falta, que tampoco era demasiado. Pedro trabajaba en un juzgado, así que se me ocurrió que igual sabía algo de la Mari Paula, a la que por cierto todos conocíamos por Diana. Claro, cuando le hablé de Diana… ni idea, pero me dijo que podía acercarse hasta mi casa, ver a la chavala aunque fuera de lejos y así a lo mejor…. Bueno, intuí que lo que quería era echar un polvete, pero como yo lo sabía mantener a raya, accedí.

La tarde en cuestión nos llenamos de paciencia y nos sentamos en un banco del parque con la vista puesta en el portal de mi casa. Al cabo de dos horas de soberano aburrimiento salpicadas por la conversación insulsa de Pedro, que tenía por objetivo llevarme a la cama, apareció la susodicha saliendo del edificio.

¡Esa es! – exclamé yo pegando un brinco.

¡Hostia! ¡La Mari Paula! – exclamó Pedrito abriendo la boca mucho como un tonto.

Qué Mari Paula ni qué cojones. Se llama Diana.

Ah, esta vez es Diana, Ya fue Topacio, Selene, Ronda y no sé cuántos nombres más. Tened mucho cuidado con ella, es una delincuente con mayúsculas, especializada en realizar fechoría tras fechoría y librarse de pagar por ello, nadie sabe cómo. Lo último que tuvimos en el juzgado sobre ella era por un tema de contrabando.

¿De qué? ¿De tabaco?

¿De tabaco? Jajaja, drogas, armas… Pasar cocaína en el coño está a la orden del día para ella. Y alguna muerte tiene a sus espaldas. Yo de ti me mudaba. Bueno y ahora ¿echamos ese polvo?

No, no lo echamos. Y a la semana siguiente yo me había mudado de piso. Durante un tiempo no supe nada de ella, hasta que me enteré de su muerte. Encontraron el cadáver en el piso con evidentes signos de violencia. Fue todo lo que supe… hasta esta tarde, en que por la calle, de casualidad me encontré con la señora Enriqueta. Nos saludamos y charlamos un rato. Inevitablemente la conversación derivó hacia la delincuente.

Fíjese usted – dije yo – han pasado ya seis meses y todavía no han encontrado quién lo hizo.

Ni lo encontrarán –me contestó la mujer– lo planificamos de manera muy puntillosa.

Nos miramos en silencio. Yo apenas podía creer lo que acababa de oír.

Bueno me alegro de verte –dijo despidiéndose– Sigue así, tan guapa como siempre.

Así fue el final de Mari Paula. A manos de mis vecinos asesinos. Le ronca la mandarina.

 

 

 

 

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