Vampiros con Air Fryer - Marian Muñoz


                                        Sofoco stock de ilustración. Ilustración de goteo, sudor - 361046 

En mala hora se les ocurrió lo de la fachada, me siento igual que un vampiro, todo el día encerrada con las persianas bajadas completamente a oscuras hasta la tarde, cuando los obreros terminan su jornada. ¡Me da igual! Porque con tanto andamio no puedo observar ni la calle ni a mis vecinos del barrio, he de estar atenta por si les pasa algo.

Esto de no poder ver es horrible, nunca me había pasado en mis ochenta y pico años, además con el calor insoportable que hay dentro de casa, no me extrañaría que mi vecino de abajo se haya dejado la calefacción encendida al irse al pueblo. ¡Bendito pueblo en la montaña! Si no hubiera vendido la casita de mis suegros tendría al menos un lugar donde aliviar los calores.

Me aburre la televisión, me aburre la radio, la única distracción es el trajín de mi calle y llevo más de un mes sin poder verla. A ver si consigo hacer algo de trampa y abro una pequeña rendija bajo la persiana ¡es que no aguanto más!

¡Madre mía! ¡Será posible! Estoy recordando aquel anuncio de Coca Cola donde un tío guapísimo limpiaba la cristalera de una oficina y todas las titis mirando y derritiéndose por él. Si, si, estos obreros están cachas ¡madre del amor hermoso! Tienen unos bíceps y unos pectorales, no me extraña de tanto subir y bajar cosas del andamio no necesitan gimnasio ¡y cómo sudan! Pobrecitos, quizás podría darles un refresco, mejor no, que se entretendría y quiero que acaben pronto la obra.

Puf, con estos calores y esos chicarrones creo que me ha vuelto la lívido, ¡qué cosas! Una vieja como yo y con estos sofocos, me haría falta un satisfyer, air fryer o pendriver, vamos un paratu de esos pa darme un poquin de gusto al potorro, que toy vieya pero no muerta. Le preguntaré a la del quinto que ye de mi quinta por si sabe dónde comprar uno.


Hola Charo, oye ¿sabrías decirme dónde puedo comprar un chismin de esos para darme gustirrinín?


Sí claro! Yo los compro en el súper, préstame mucho, sobre todo con estos calores, el de vainilla es mi preferido.


¿Qué dices, con sabores y todo? ¿Y en qué zona del súper lo puedo encontrar?


En la sección de congelados, por supuesto.


¿Congelados? Ay no, que frío ahí abajo no quiero.


¡No querrás tomar helado caliente!


¿Helado? ¡No, home no! yo te pregunto por eso que vibra y relaja.


¡Ay fía del alma! Pues estoy mayor pa eso, pregúntale a Laurita la del séptimo que ye joven y sabrá donde conseguirlo.


Piqué tres veces al piso de Laura, y nadie contesta, debe andar entretenida con su chismín y los obreros porque no da señales de vida.

Nada, aquí sigo como un vampiro, a oscuras de día y por la noche mirando estrellas, porque con tanto andamio no veo ni al vecin de enfrente. ¡Ay quien tuviera un air fryer de esos pa entretenerme un ratín!

 

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Historias en el asiento de atrás - Marga Pérez

                                       Señal de taxi español. Un cartel en el techo de un taxi español     

 

 

El típico hombre de negocios trajeado, con audífonos, maletín y sin saludo, se sube atrás. “A Castellana, y rápido”. En la radio hablan del mundial, del rescatado de los escombros en Caracas, del precio de los huevos… El tipo no deja de escribir en el portátil. No piensa en ningún momento en levantar los ojos. Llegan. Paga con tarjeta y le pide la factura. Ni gracias. Ni adiós. Ni tan siquiera un “buenos días...” Luis odia empezar a trabajar a esa hora. Todo el mundo va con prisa. Llegan tarde… Luis tiene cincuenta y seis años y un taxi que heredó de su padre al darle un infarto al volante. Hace veintitrés años. Empezó haciendo kilómetros con una regla; no preguntar. Y se dio cuenta de que la gente habla sola… Luis es serio para verlo, pero dentro es sensible como su madre, que en paz ese. Carga a diario con un archivo propio de historias ajenas, también con alguna suya. No suele contarla a nadie.

El taxi lo mantiene como lo recibió entonces, el mismo desgarrón en el asiento del copiloto, el mismo crucifijo en el salpicadero y el mismo olor a pino en cartón colgado del retrovisor. A menudo, cuando va solo, habla con su padre. Siente que le acompaña detrás. También habla con ellos… tras el parasol guarda una foto manoseada. Está doblada a la mitad. El, con veinticinco años, una mujer y un niño en brazos. Sole y Héctor. Se fueron una mañana calurosa, en bus. “Necesitamos más” le dijo ella. Y desaparecieron. Héctor tendría hoy treinta años. Luis no sabe dónde están y llora con las canciones tristes de la radio. Con las que hablan de despedidas. A moco tendido. Una vez una pasajera lo vio y, sin decir nada, le dio un pañuelo. Luis disimuló diciendo que su madre la cantaba… Pues no. Llora por no haber intentado ser más. Por dejarlos ir. Por …

Luis decía que su taxi era neutral. Hasta el día en que dejó de serlo… Y ella tuvo algo que ver. Todos los viernes recoge a una “abuela” y hace la misma ruta: de su casa al cementerio. Ella lleva al canario en una pequeña jaula y le canta. Dice que no lo puede dejar solo. Siempre canta la misma canción. Luis finge que no la oye. Y se queda con la copla. Un día ella dejó de cantar “Es que no me acuerdo de la letra” dijo. Esa noche Luis aprendió “El día que me quieras” que ella tarareaba. Él se la cantó el viernes siguiente, bajito, mientras conducía sin prisa hacia el campo santo. La “abuela” lloró. “Mi esposo la cantaba igual de mal” dijo entre risas y lágrimas. Ahora la cantan juntos cada viernes. Luis presume de que ella es la única cliente que le paga con abrazos.

Un domingo de madrugada recogió a un joven. Llevaba mochila y cara de fracaso. Se sienta a su lado y le pide que de vueltas. “No tengo a dónde ir” dice. Habló cuarenta y tantos minutos. Deudas, una pelea, abandono, ganas de desaparecer. Luis escuchó. En silencio. Y cuando el chico dijo “se acabó, ya da igual” frenó frente a una iglesia que vio abierta. “Ve y tómate un café. Habla con el cura, sabrá aconsejarte. Si mañana sigues pensando lo mismo, me llamas y damos vueltas gratis hasta que se te pase”. Le dio un papel con su número escrito. El chico nunca llamó. Desde entonces Luis rompió la regla. Opina. Aconseja. Riñe, y a veces, pregunta.

El veintitrés de diciembre es su día preferido. Cada año lo espera con ilusión. No es su cumpleaños, ni es Navidad, ni es un día en que haya pasado nada especial. Es su día. Y empieza la jornada muy temprano a pesar de no tener prisa. Limpia el taxi a conciencia. Le pone ambientador nuevo. De pino, con olor a bosque umbroso. Abre una gran caja de bombones. La deja en el asiento del copiloto. Ese día, no sabe por qué, sube a su taxi gente diferente: El chico que va a ver a su padre a la cárcel. La señora que vende lotería y tiene los pies hinchados. La enfermera que termina su turno y no puede consigo… Nadie habla de Navidad. Hablan de frío, cansancio, deudas… Luis escucha con el taxímetro apagado y les ofrece bombones. “No jefe, hoy no se cobra”. A las seis, su hora favorita, aparca frente a las urgencias del hospital. Pone boleros, bajito, y se queda mirando la entrada con los bombones sobre las piernas. No busca a nadie. Piensa en Sole. En Héctor. En su padre. En su madre… “Si estuvieran aquí…” Y se mete un bombón en la boca.

Ya de regreso a casa atraviesa la ciudad. Está en silencio y llena de luces de colores. Ese día Luis no gana dinero. Llega a casa más contento y duerme sin sobresaltos. Diez o doce horas. Sin interrupción. Siente que el taxi hoy sirvió para algo más que para seguir estando vivo. Y le habla a Sole. A la Sole de la foto con el niño en brazos: “Hoy estuve bien, Sole. Hoy fui como tu querías”.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Andamios - Marian Muñoz

                                            Fachada De La Nueva Casa Con El Andamio, La Pared Blanca Y La Ventana ...

 

 Está haciendo un día de perros y no me importa. Lo que son las cosas, hace seis meses estaba hecho polvo, pero la vida puede darte un vuelco y ponerse todo patas arriba. Es como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, un milagro inesperado.

Tengo las ventanas de casa tapiadas con andamios, mis vecinos tuvieron la ocurrencia de arreglar la fachada, había dinero y subvenciones, el momento adecuado y tenían que aprovecharlo. La Unión Europea tan generosa nos iba a pagar los arreglos, el edificio los necesitaba. Las obras empezaron en la peor etapa de mi vida.

Mis padres acababan de fallecer en accidente de tren. Ese tan gordo en el que murieron tantas personas, queriendo el ministerio lavarse las manos echando la culpa a quien fabricaba las vías. ¡Miserables! Si en vez de haber tanto jefecillo chupando de mis impuestos contrataran más personal de mantenimiento, ningún accidente ocurriría. Fue tan de repente, sin poder despedirme y con el regusto amargo de una discusión fuerte el día antes del viaje. La culpabilidad me machacaba no pudiendo hablarlo con nadie porque nadie me haría sentirme mejor.

No sé si por mi estado anímico de esos días o porque el destino me tenía preparada esa jugada, mi novia me deja por el idiota de mi primo, ¡en buena hora los presenté! Me pilló con el pie cambiado y me hundí, un bajón bastante importante que trataba de superar volcándome en el trabajo.

Empecé a sentir nuevamente los rayos del sol cuando mi empresa cierra por impagos. Todos al paro y para casa. Fue el remate, no me importaba nada y empecé a pensar que tirarme desde el balcón a la calle podría ser buena solución a mis conflictos mentales. Se acabaría todo y sería una buena manera de culpabilizar a los demás de mis desgracias.

Decidido a ello, había escogido el día y la forma, adormecí mis sentidos con alcohol abriendo la puerta del balcón decidido a tirarme. ¡No pude! Los andamios tapaban todo el espacio incluso con una malla de seguridad en todo el perímetro. Apenas veía la calle a través de los tubos, estaba tan pedo que no se me ocurrió otra manera de quitarme de en medio, decidí dormir la mona esperando que al despertar esos andamios no estuvieran.

Ahí seguían y seguían, eran un freno a mi deseo de no existir. Durante esos días me volví apático, bebía más que comía, adormilado empecé a entretenerme con la televisión, videos del móvil, comprobando que nadie se acordaba de mí, nadie preguntaba cuál era mi ánimo ni siquiera la familia más cercana, ¡menuda mierda de vida!

El verano llegaba con muchísimo calor y para no ahogarme empecé por abrir ventanas y el balcón por ver si algo de aire entraba por ellas. Una noche estando tumbado en la cama mirando fijamente el móvil, sentí una presencia en el dormitorio. Tengo pánico tanto a los fantasmas como a los ladrones siempre me han atemorizado. Antes de encender la luz vi unos ojos brillantes mirándome fijamente. Con el corazón desbocado apreté la pera de la lámpara llevándome un susto morrocotudo al ver que tenía delante un pequeño gatito. Era de pelaje negro con manchitas blancas. No paraba de maullar, tan asustado seguramente como yo. Nunca he tenido mascotas y tampoco he sentido necesidad de tenerlas así que no sabía cómo comportarme. En cuanto me moví echó a correr por toda la casa, escondiéndose por los rincones en busca de refugio. Dejé que se calmara igual que yo, cerré la ventana y la puerta de mi dormitorio e intenté dormirme, aunque no lo conseguía, su maullido lastimero me daba cierto repelús.

A pesar del contratiempo conseguí pillar por fin un sueño reparador y a la mañana siguiente ni me acordaba de él, hasta que tomando el café apareció por la puerta de la cocina maullando sin parar, debía tener sed y hambre. Le puse una taza con agua y otra con leche y fui a asearme. Por alguna razón después de tanto tiempo tenía ganas de hacerlo. Cuando volví las dos tazas estaban vacías, ¡pobre animal estaba peor que yo! Intenté acercarme para ver si tenía collar y pertenecía a alguien, pues no, no había nada en su cuello ni en sus orejas y había cogido tanta confianza que se paseaba por la casa sin esconderse.

Aquel bicho empezó a hacerme tanta gracia que bajé a la calle en busca de una tienda de animales, les conté el caso y me orientaron sobre cómo actuar. Lo primero ganarme su cariño y luego llevarlo al veterinario para ver si tenía chip y devolverlo a su dueño. Ese proceso me llevó unos días en los que mi ánimo estaba enfocado en ayudar al gato, hasta le puse nombre “Chatín” porque tenía muy poquita nariz.

El pequeño animal está muy a gusto en casa, tiene su zona preferida donde le puse una camita, los cuencos de comida y agua siempre están llenos y es muy limpio usando el arenero. Un compañero de piso ideal, cuando tiene ganas de mimos se acerca y si no, está muy a gusto recorriendo los andamios cuando no están los obreros, porque siempre vuelve, sabe que ahora tiene un hogar y ha llegado en el momento justo para reforzar mi estado anímico. Volví a encontrar un trabajo, no tan bueno como el anterior, pero al menos me siento útil y productivo, su compañía ha realizado un milagro y por supuesto esos andamios también han tenido un papel importante, tanto es así, que ya están empezando a desmontarlos y me siento triste por ello, pero no hundido, todavía tengo fuerzas para seguir nadando y salir a flote.



 


 




 

 

 

 

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Premio al vacío - Esperanza Tirado


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Sus textos serán insufribles, nadie entenderá nada, vaticinaron. Pero el premio será suyo.

Alguien propuso otro ganador. Nadie argumentó. Nadie discutió.

En la gala, otro invitado intentó citarle y se quedó a mitad de frase, olvidando cómo continuar.

El silencio que siguió pareció formar parte del discurso. El público aplaudió, con cortesía, sin demasiado entusiasmo.

Alguien buscó sus libros. Estaban. Alguien los abrió. También.

Pero en cuanto levantaban la vista de la página, ya no sabían decir qué habían leído.



 

 

 

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45 grados a la sombra - Marga Pérez

 

                                         Termómetro urbano hi-res stock photography and images - Alamy




Aquel día, cuando salí, supe que algo iba a pasar. El calor me abofeteó como nunca antes lo hiciera. Así y todo, salí y me senté en el parque, bajo el árbol más frondoso que encontré y en un banco de cemento. Respiraba mal y sudaba sin más. Buscaba un frescor que no existía. De repente algo cayó y me rozó. Un gorrión moría en el suelo a mi lado. Moría en silencio. Cayó como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para sostenerlo. El sol quemaba. El asfalto rezumaba alquitrán. Un pájaro tras otro, fueron cayendo, de cabeza, con las alas extendidas en un último intento de vuelo fallido. Vi con horror cómo un niño soltó su helado al ver a uno estrellarse frente a él. La bola de chocolate se derritió nada más tocar el suelo, pero el niño no lloró. Se quedó quieto, mirando, como si entendiera qué era lo que pasaba.

Las gaviotas no caían, pero no eran las de siempre. Se peleaban, atacaban a los niños, picoteaban a los que apartaban los gorriones, chillaban como locas.

Los humanos tardaron algo más en quebrarse. Carmen, la señora del kiosco, se desplomó detrás del mostrador. La encontraron con los dedos apretados alrededor de una botella de agua sin abrir. El repartidor de GLOVO respiraba como si cada intento le arrancase un trozo de pulmón. Dejó la moto en medio de la calle y se sentó en el suelo. Lo recogieron unos en un coche, llevaba aún el casco puesto. En el hospital no quedaban camas. La gente dejó de salir, se encerró en casa. El parque quedó vacío. Yo seguí yendo al mismo banco, bajo el árbol más frondoso. No tenía fuerzas para más. Me sentaba y miraba los cuerpos desperdigados. Las gaviotas no me atacaban, miraban, al acecho, como si supieran que estaba demasiado cansada para ser una amenaza.

Las noches eran infernales. El ventilador giraba y giraba removiendo un calor que no tenía a dónde ir. No podía dormir. Pensaba en qué sería lo siguiente. Daba vueltas y más vueltas. Me angustiaba el final.

A la semana el calor cedió. Las ambulancias dejaron de sonar. La ciudad respiró. Los pájaros dejaron de caer. Las gaviotas volvieron a ser ellas mismas ... En el kiosco colgaron un cartel gastado: “Cerrado por vacaciones”. Nadie volvió a estar detrás de aquel mostrador.

Ahora la temperatura es de record y no me afecta. Es fácil es acostumbrarse al horror…

Yo sigo yendo al parque. Me siento en mi banco y miro las ramas vacías, las gaviotas que acechan, las mamás que esperan a sus hijos, los niños que corren y

juegan … no puedo evitarlo, sé que no debería, pero… mirándolos, me pregunto si tendrán futuro, aunque, no sé si soy capaz de aguantar la respuesta.




 

 

 

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No sé cómo sucedió - Marga Pérez

                                     Zapatos Incómodos, Sexismo En La Moda Y Concepto Del Dolor Del Pie Con ...

 

 

 

No sé cómo sucedió ni cuándo, sólo sé que dejé de ser Alba para pasar a ser Lucía. Y duele. Si, duele como esos zapatos estrechos y una talla más pequeños que nos empeñamos en usar. Al principio aprietan, luego rozan y cuando ya dejas de sentir los dedos, te convences de que lo que duele no son los zapatos, es tu forma de caminar.

Me llamo Alba pero durante años contesté por Lucía. Lucía era puntual, en las reuniones decía “me parece interesante tu punto de vista” aunque le pareciera un horror, se reía de chistes con los que habría salido corriendo. Lucía ascendió, tenía pareja estable, fotos de Brunch y vacaciones paradisíacas en Instagram, pero no tenía insomnio. Yo sí. Yo tenía todo lo demás.

El dolor empezó un viernes. En el baño de la oficina me lavé la cara y el espejo me devolvió a otra. Tenía mi nariz, mis ojeras, mi piel, pero la boca no era la mía. Aquella sonrisa forzada de no sabía qué no era mía. Toqué los labios, estaban fríos y tirantes, como si fueran prestados.

Ese día no volví al piso que compartía con Mateo. El quería a Lucía. Ella hacía lo que a el le gustaba: Le hacía las tortillas poco hechas, le planchaba las camisas con apresto, los miércoles hacían juntos el ayuno establecido y acudían también al gimnasio, los sábados caminaba a su lado en la ruta de senderismo, los domingos se encamaba con el para recuperar fuerzas. Yo odio la plancha, el orden, el ejercicio y la cama en exceso me deja baldada.

Subí al autobús. Me bajé en una parada que no era la mía y caminé. Lloviznaba. La ciudad olía a tierra mojada y a pan caliente. Entré en la primera tienda que vi abierta. Era una librería de barrio con un gato en el escaparate, dormía.

-¿Tienes cuadernos en blanco?- pregunté

La mujer del mostrador levantó la vista. Tenía los dedos manchados de tinta azul y su nombre en el delantal, Remedios

-Todos están en blanco hasta que escribes- dijo- ¿Para qué lo quieres?

-Para ser- dije sin pensar lo que decía.

Me dio uno de tapas verdes, sin líneas, sin cuadrícula, para que escribas como quieras, dijo.

Caminé sin prisa, sin rumbo, bajo la lluvia. Me senté en una marquesina y abrí el cuaderno. La primera página me miró como un perro abandonado. No pude escribir... No sé cuánto tiempo estuve allí.

Me llamo Alba. Taché. Me duelen los zapatos. Mejor, y seguí. Hoy me duelen las caras que pongo. Subrayé duelen. La tinta se corrió con la lluvia. Parecía que las palabras lloraban.

El lunes no volví a la oficina. Llamé y dije que estaba enferma. Y era verdad. Volví a casa de mis padres. Mi madre abrió la puerta y dijo: -Hola, Lucía. - No, soy Alba, dije. Parpadeó, sonrió como si llevara tiempo esperándome. - Pasa Alba, hoy hice lentejas -. Me quité los zapatos de tacón que Lucía usaba a diario. Tenía los dedos blancos, apretados, con formas de otra vida y me puse unas zapatillas viejas y grandes. Me sentí bien con ellas.

Al llegar a casa dejé a Mateo, así, sin paños calientes. Sólo le dije: - No me llamo como tú me llamas- Y no lo entendió. Me dijo que estaba estresada que lo hablábamos después de acabar el proyecto, pero no hubo un después. Lo dejé con la palabra en la boca.

Durante semanas fui a la Librería de Remedios. No compraba nada. Me sentaba en el segundo escalón de la escalera que iba al altillo y escribía. Remedios me dejaba un termo con manzanilla al lado. Sin preguntar. Sin querer saber. El gato se me subía al regazo. Pesaba y daba calor. De siete a ocho acudía allí a ser yo, sin Lucía, sin Mateo, sin “me parece interesante…”

Un día Remedios se sentó a mi lado y me dijo -¿Sabes por qué duele? Y no esperó a que contestara - Duele porque estás apretando para caber en un sitio que no es el tuyo-

Dejé el trabajo un mes después, el día que mi jefe dijo: Lucía. ¿te quedas hoy hasta tarde? A ti se te dan bien estas cosas. Le contesté - No. Sólo eso, sin explicaciones, tampoco me disculpé. El “no” me supo a manzanilla caliente, a tinta azul en los dedos, a gato pesando sobre mis piernas.

Ahora trabajo en la librería con Remedios. Todavía duele a veces. Ser yo es como estrenar pies y hay días en que todavía tropiezo con Lucía. Me sale su voz y toso, la echo fuera. Ya no vivo con el dolor. Anoche escribí en el cuaderno: Dejar de esconderme alivia el dolor de no ser Alba. Lo leí en alto y el gato ronroneó, Remedios me miró risueña y yo me reconocí en esa bonita voz.

 

 

 

 

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Procesos - Esperanza Tirado

                                     

 

 


Sus textos serán insufribles al principio: llenos de faltas de ortografía, vocabulario pretencioso, mala sintaxis y mil fallos más. Pero no se rinde ante las críticas. Y decide tomarlos como punto de partida. Y escribe y tacha. Y tacha y escribe. Y, sobre todo, lee. Con paciencia, su torpeza su torpeza se afina hasta llegar a ser un estilo propio. Un día alguien subraya una frase suya y la guarda para siempre.



 

 

 

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Noticias que huelen a menta- Marga Pérez


                                           Foto De Perfil De Un Cartero Entregando Una Carta a Una Anciana Imagen ... 


Adriano era cartero rural. Tenía cincuenta y seis años, una moto amarilla y una saca de lona que, gracias a internet, cada día pesaba menos.

Repartía a Villafría del Rio, un pueblo de trescientas casas infrahabitadas y cuatrocientos buzones casi siempre vacíos. Antes, cuando las noticias eran de papel, la saca le dejaba una marca roja en el hombro, de amor, de facturas, de postales de Benidorm con un si estuvieras aquí... Ahora llevaba propaganda de supermercados y notificaciones de la Caja Rural, única entidad que operaba en la zona. Todo lo demás llegaba por el aire, sin sobre, sin sello, sin cartero.

Los martes era mal día para Adriano. Le tocaba el barrio de Las Peñas. Era un lugar de casas bajas y muy envejecido, geranios en las ventanas y perros que ya no ladraban, lo conocían de toda la vida. Los buzones vacíos dejaban a la vista telarañas de no usar. Dña. Carmen, la de la 14, lo esperaba siempre sentada en el muro, aunque hiciera frío. Tenía noventa y tantos, pañuelo al cuello, mandil a cuadros y zapatillas de fieltro. Noventa y tantos años difuminados en negro.

-¿Hay algo, hijo?- preguntaba.

Adriano iba negando con la cabeza antes de llegar y así y todo ella preguntaba igual.

-Hoy no, doña Carmen.

-Hoy no y la otra semana tampoco- decía ella y le daba un caramelo de menta, para el camino, decía, que se hace largo sin cartas.

Adriano guardaba los caramelos en el bolsillo de la camisa. No los comía, los dejaba en un cajón de la cocina. Ciento catorce caramelos de menta, tantos como semanas sin carta para doña Carmen.

Su hijo vivía en Alemania desde hacía sabe dios cuánto. Llamaba por Navidad y mandaba mensajes de voz que ella olvidaba cómo poder escuchar.

-Dile que me escriba- le pedía a Adriano cada martes -aunque sea una línea, que yo todavía sé leer.

Adriano asentía.

Un mUn miércoles Adriano se sentó en su cocina, sacó papel del de verdad, con cuadrícula, buscó un bolígrafo que pintara y escribió: “Querida madre: Aquí hace frío pero la gente es buena. Trabajo mucho y como bien. Me acuerdo de ti y de los geranios. Te mando un abrazo que aunque tarda en llegar, llega. Tu hijo.

No firNo firmó con nombre, sólo tu hijo, a secas. Buscó un sobre, pegó un sello y a escondidas lo mataselló el mismo. Al día siguiente, jueves, no tocaba Las Peñas pero fue igual.

Doña Doña Carmen no estaba en el muro. Salió secándose las manos en el mandil y se sorprendió cuando Adriano sacó la carta. Se la dio con las dos manos, como se dan los presentes y el pan bendito. Ella buscó las gafas y se las ajustó. Leyó despacio, con el dedo. Cuando terminó, dobló el papel en cuatro y se lo guardó en el pecho. Miraba hacia dentro, sin ver, con alivio.

-¿Ves ¿Ves como si escribe?- dijo. Y le dio dos caramelos.

El maEl martes siguiente doña Carmen no estaba en el muro, estaba dentro, con la puerta entreabierta.

-Pasa, -Pasa hijo- dijo- Tengo que contestar

Ella dElla dictó y el escribió en el mismo papel cuadriculado: “Querido hijo: Aquí hace sol. Los geranios están bien. El cartero es bueno y me trae tus cartas. Come bien y no pases frío. Te espero en el muro. Tu madre”.

Le diLe dio la carta a Adriano y el la llevó a la oficina y la guardó en su taquilla. No tenía a donde mandarla.

Así AAsí pasaron seis meses. Martes y jueves. Carta y respuesta. Doña Carmen regó los geranios con más entusiasmo y el buzón de la 14 perdió las telarañas.

En mEn marzo, doña Carmen no abrió la puerta. La vecina dio parte de que se había quedado dormida para siempre, con una carta en la mano, y… ya está.

AdriaAdriano fue al entierro y llevó los ciento dieciséis caramelos de menta en una caja de zapatos. Se la dejó allí al lado, para el camino, pensó, que se hace largo sin cartas.

AdriaAdriano siguió repartiendo. Los vecinos le dejaban notas con las cartas. Adriano, esta es para mi nieto ¿se la guardas? Adriano, si ves a mi hermana dale… Ahora todos los buzones tenían escrito su nombre a mano. El las recogía, las leía y muchas las contestaba por las noches, siempre en papel de cuadrícula. Las repartía. Eran cartas que no iban a ningunas manos, pero regresaban a todos los corazones. Adriano se convirtió en el cartero de las noticias que hacían falta. Las noticias que tardaban, las que no tienen prisa, las que se escribían a mano y se guardaban en el pecho. Las que huelen a menta.

 

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Wonderland -Esperanza Tirado


                                               

 

 

Pero… ¿se puede saber qué hago, yo, aquí? Alicia se escuchó a sí misma mientras alisaba la falda de su traje gris, demasiado serio para aquel bosque que respiraba en colores.

Un Conejo Blanco la miró de arriba abajo y consultó su reloj.


Llegas tarde —confirmó—. Como todos los adultos.

 

Alicia no había vuelto allí desde que, siendo niña, se coló por una madriguera en el hueco de un tronco de árbol al final del jardín.

Durante la merienda de ‘no cumpleaños’ el Sombrerero Loco la había mirado y le había dicho que el tiempo no se pierde, solo se esconde.

Alicia dejó de alisarse la falda y suspiró, con una sonrisa de recuerdo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no miró el reloj. El tic-tac siguió sin ella.



 

 

 

 

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La fábrica que tose - Marga Pérez


La fábrica que tose

La enfermedad es nuestro sistema productivo. Lo pone en el manual de bienvenida, página tres, entre el plano de evacuación y la foto del director con sonrisa de folleto dental.

Aquí no se falta, se optimiza. Aquí no se muere, se te cambia de turno.

Yo entré sana. O eso creía. Tenía veinticuatro años, las rodillas nuevas y la ingenuidad intacta. El primer día me dieron una bata, una tarjeta magnética y un bote de pastillas “por si acaso” – Profilaxis- dijo la de prevención sin levantar la vista del ordenador. -Somos previsores. El cuerpo avisa tarde y el Excel, nunca-

A la semana ya me dolía la espalda con personalidad propia, como si me hubieran instalado una bisagra mal engrasada en la L4. -Buena señal- dijo mi encargada, significa que estás integrada, el edificio ya te reconoce.

A las ocho en punto, en torno a la entrada, tenías que coger aire en la calle, pasabas la tarjeta, cruzabas y lo soltabas ya dentro. Era deporte corporativo: apnea sincronizada. El aire de fuera no cotiza. El de dentro viene con filtro HEPA y objetivos trimestrales.

En la fábrica la cadena no para. Hay turnos para comer de doce minutos, turnos para ir al baño con cronómetro en la puerta y turnos para toser. Si toses fuera de tu franja te descuentan productividad en la app. Si no toses en un mes, Recursos Humanos te manda a revisión: baja adhesión al ideario. Aquí la fiebre es un Indicador Clave de Desempeño. Máxima optimizada: 37,8. Por encima, te vas a casa sin sueldo y con un tutorial de “Cómo bajar la fiebre con mentalidad growth”. Por debajo, te quedas y empujas. A 37,8, exacta, te dan una chapa de punto dulce y sales en el tabloide digital de la empresa. Mi compañera Rosa lleva tres años con migraña. La ascendieron cuando aprendió a usar Excel con un ojo cerrado, no podía de dolor. Manu, de Logística, se desmayó el martes después de una caída aparatosa y volvió el miércoles con una vía en el brazo y una pegatina de Empleado del mes. La vía la engancha a la máquina con bluetooth -Así no pierde tiempo en desplazamientos- explicó el coordinador. Sinergia biosanitaria. Vamos, que el futuro ya tose aquí.

En el comedor masticamos y tragamos en silencio, cada uno con su bandeja, su dolor etiquetado y su código QR para valorar la menestra. Nos dimos los buenos días la mañana en que yo entré y aún nos dura. Ya no preguntamos “cómo estás”. Preguntamos “Cuánto te queda” para el descanso, para la jubilación, para que te den el kit de artrosis conmemorativa a los diez años…

Yo aprendí a llorar sin ruido en el baño de minusválidos, el único sin cámara ni altavoz motivacional. Me siento en la tapa, cierro bien la boca y cuento hasta treinta, que es lo que dura la canción de “Pausa activa”. Aprendí a echar fuera el agua que me ahoga, en tragos pequeños, para que no salte la alarma de humedad ni me la imputen como “pérdida de fluido operativo”. El llanto no suma, es merma. Si te ven te apuntan a “Gestión Emocional Eficiente” de 6:00 a 6:15, no retribuido, pero con diploma en PDF. Pensar en positivo es obligatorio desde la circular 14-B. El pesimismo lastra el PIB interdepartamental y apaga la máquina de café, es lo que hay.

Ayer inauguraron la nueva nave: Bienestar- Planta Norte. Tiene luces bajas para que no veas tus ojeras, música de pájaros grabados en 2019, antes de extinguirse el presupuesto, y una máquina de café que te hace test de estrés antes de darte el cortado. Si marcas “mal” te imprime una frase como “¡Tu puedes con todo y con más!” y te devuelve a tu puesto con un vale de -2% de fatiga percibida. “Resiliencia es rentabilidad” dice el póster de la entrada…

Anoche soñé que barría. Barría pastillas sueltas, vendas con caritas dibujadas, justificantes caducados, etiquetas de “Frágil”. Lo barría todo hacia dentro, hacia mí, con eficiencia germánica. Al despertar, el suelo de mi casa estaba limpio. En el correo: Solicitud de baja médica denegada. Motivo: constante vital suficiente para tareas administrativas y para sonreír en la foto de equipo. Ánimo, campeona. Adjuntamos enlace a la webCómo convertir tu hernia en una oportunidad

A las 11 suena la sirena de pausa activa. Tenemos que estirar como si abrazáramos los objetivos, es la consigna. Rosa cierra su ojo bueno y aprueba el Q3 con la mirada. Manu brinda con suero. Yo mantengo la respiración y busco huelga en el diccionario corporativo y descubro que lo borraron en la actualización 3.1. Ahora se llama pausa estratégica de realineación con catering.

Hoy me he mirado las manos antes de fichar la salida. Tiemblan. Es la primera pieza que fabrico sin código de barras. No la puedo escanear. La he guardado en el bolsillo del mono junto al bote de Profilaxis por si un día la cerradura cede. Por si un día la enfermedad pide el finiquito.

Así y todo, los cuerpos se enteran antes que uno mismo y saben que, cuando la enfermedad produce, curarse es sabotaje. Que cuando el síntoma cotiza en bolsa, la salud se vuelve absentismo y el hígado, sin que te enteres, te hace un ERTE por menos de nada.

Así que ficho. Empujo. Produzco. Y en el baño sin cámara, echo fuera el agua que me ahoga, gota a gota, para no inundar la línea ni cortocircuitar la máquina del café. Y así hasta que alguien deje de barrer hacia dentro y abra de una patada el zulo. Hasta que olvidarnos de nosotros mismos deje de ser el core business y pase a ser, con suerte, sólo un mal recuerdo, eso sí, con paga extra.



Entre luces - Marga Pérez



Entre luces

Siempre que pienso en ella me veo en el rellano del tercero, entre luces. No arriba, donde vivía mamá y nos gritaba: “¡subir ya!. Allí, con ella, siempre estuvieron los focos que ciegan. Ni abajo, donde la oscuridad traga, en el piso al que papá se mudó después de que murió la abuela. ¡Bajar de una vez, coño! – decía cuando pasaban días sin entrar a verlo y oía nuestras prisas- Yo me veo en medio, en el parpadeo de ese tiempo que no sale en los relojes. El que vive en los rellanos, a media altura, con la llave en la mano y la respiración agitada. De niña tenía el escalón que servía para jugar a los cromos, hablar con mi hermano, sentarnos a llorar o escondernos de los mayores.

Que la luz de la escalera durase sesenta segundos y que al llegar a los cincuenta y nueve parpadease quizá tuvo algo que ver. La luz parpadea y te avisa: ¡decide! O pulsas otra vez o te quedas a oscuras. Yo vivía en ese parpadeo, en el casi, en el ya no pero todavía si y, siempre me pillaba en el tercero. Respiraba. Pulsaba. Subía. Entre el segundo que ya pasó y el cuarto que no llegaba. Allí el aire no era de nadie, y yo lo atrapaba mientras la luz parpadea.

Mi madre decía que la luz de la escalera era cortesía de la comunidad. Para mi era el único momento del día anónimo. No era hija, ni vecina, ni divorciada, ni trabajadora. Sólo era cuerpo subiendo después de un largo día.

Ella llegó en marzo con un niño, caja de libros y ojeras de no necesito nada. Se instaló en el cuarto y la ayudé a subir sus cosas.

-Dura un minuto- Le dije

-Lo sé- dijo ella- Llevo toda la vida en uno.

Me vi otra vez en el rellano con la maleta y el divorcio colgando después de dieciocho años fuera.

En el tercero se paró conmigo. Cincuenta y nueve segundos. El minutero parpadeó. No dijimos nada. No preguntó. No pulsamos. El niño tampoco lloró y después de un rato ella sacó el móvil. La luz de la pantalla nos pintó la cara de azul. Parecíamos muertas guapas o vivas feas que parece lo mismo, o quizá no…

-¿Y ahora?- pregunté

- Ahora aprenderemos a andar a oscuras- dijo

Al llegar al cuarto ella abrió la puerta y yo me quedé en el rellano. Olía a vainilla y a papel viejo.

Desde entonces nos encontrábamos entre luces. Ni arriba ni abajo. Siempre en el tercero, como en la infancia.

El minutero de la escalera un día murió, era martes, murió sin aviso ni parpadeo. El casero tardó nueve días en cambiarlo y nos obligó a usar la linterna del móvil. Yo dejé vela y cerillas en el rellano. Alguien la encendía cada noche. No sé quien, la verdad. No pregunté.

Una noche subí y la vela estaba encendida con una nota: Hoy no puedo con las tinieblas. Necesito luz u oscuridad, los términos medios me matan. Y lo entendí.

Cuando cambiaron el minutero pusieron noventa segundos de led. Treinta de regalo, dijo el dueño del edificio. Ya no parpadeaba, se apagaba de golpe y sin avisar. Sin decidir. Los vecinos dijeron que era una mejora, pero yo lo viví como una amputación.

Dejé de pararme en el tercero y subía del tirón. Noventa segundos dan para subir sin parar. Para no pensar. Y yo necesitaba pensar.

Ayer coincidí con ella en el portal, iba sin niño y con ojeras nuevas, de las que pesan menos. Subimos juntas en silencio. En el tercero no nos paramos, ya no hacía falta, el minutero llegó a los noventa y nos sobraron dieciséis. Los usamos para asomarnos a la azotea y mirar la noche. Me dio un libro “Para la que se quede” tenía una dedicatoria: No hay luz buena, hay luz tuya. No volví a verla.

Ahora yo puse un regulador nuevo. Se enciende de a poco y de a poco se apaga. Tarda cinco segundos en hacerlo. Cinco segundos de casi, de todavía no, de decide... Cinco segundos míos. Y me quedo ahí, entre luces, viendo cómo llega, cómo se va y cómo vuelve. Sin contar, sin correr, sin necesitar, sin respirar. Sólo estando.







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Turno de paseo - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan dejando el parque limpio, casi más que cuando llegaron.

Sus humanos están muy bien educados. Aunque hay alguno más inquieto que tironea hacia las palomas o al olor de los churros recién hechos.

Pero los perros mantienen la disciplina con firmeza:


¡Suelta ese palo! ¡Qué manía tiene con traerlos a casa!


¿El tuyo ya duerme bien?


Bueno, solo si le dejo el móvil cerca.


En el parque, los humanos hacen lo suyo.

Cuando termina la hora del paseo, los perros recogen juguetes y abrigos y llaman a silbido corto:


¡Vamos, chicos! ¡A casa!







 

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A TRAVÉS DE LA LLUVIA - Marga Pérez

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A través de la lluvia


Se puso un día de perros. Lluvia buscaba el paraguas dándole vueltas a su nombre y sus consecuencias. Sus padres seguro que desconocían la crueldad de sus compañeros porque no entendía cómo se les había ocurrido ese nombre, aquí, donde no paraba de llover.

Lluvia creía que costarle tanto pensar de manera lúcida tenía mucho que ver con esa niebla persistente instalada en su cabeza. Su cuerpo sudaba a todas horas, sus manos mojaban lo que tocaban y su espalda chorreaba. Vivía en las nubes ¡Era LLUVIA!

- ¿No podría tener unos padres normales?...

- ¿Y si se cambiase de nombre? ... …

No había dónde guarecerse. Se empapaba y no lo sentía, estaba costumbrada.

Las manos húmedas resbalaban entre libros y cachivaches adolescentes buscando el paraguas y no vio al joven que se le acercó por detrás, la cobijaba con su paraguas. Al oírle hablar se dio cuenta que no estaba sola. Le sonreía a pesar de estar tan mojado como ella. Caminaron juntos, apretados. Charlaron después frente a un refresco y rieron con ganas. Lluvia sintió disiparse su niebla mental. El día de perros pasó a ser menos trágico y, orgullosa, descubrió que su nombre, a él, le entusiasmaba. Aquella noche no llovió.



Paragüas huérfanos - Esperanza Tirado

                                         

 

 


Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se marchan, antes de que el sonido de las sirenas de los zetas se escuche por la plaza. Aunque siempre se les queda algún paraguas huérfano que encuentra dueño enseguida. Los agentes llegan corriendo, pero lo único que encuentran es la plaza vacía,

Los vendedores van y vienen, como el viento y los paraguas, que nadie reclama.

Y ya son demasiados nombres, demasiadas caras borradas, un puñado de huérfanos que nadie sabrá de quién eran. O a donde iban.



 

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Memoria arrancada - Esperanza Tirado

                                            How To Cut A Tree Down With An Axe at Kimberly Knox blog

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando el silencio del barrio se volvió insoportable. Ese árbol llevaba más años en la calle que cualquiera de nosotros. Había visto mudanzas, besos a escondidas y veranos ardientes. En sus raíces jugábamos a hacer nidos de hojas y barro.

Cuando fuimos mayores, lo usábamos como punto de encuentro:

'Nos vemos en el árbol', decíamos.

Cuando cayeron las últimas ramas, los niños dejaron de jugar; un perro se sentó, atento, como si entendiera aquel duelo improvisado.

Y yo, desde mi balcón, sentí que habían cortado un punto básico de mi orientación, de mi memoria, de mi pertenencia al barrio.



 

 

 

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Latidos- Esperanza Tirado

                                        Avilés - El Arbolón | Fotos antiguas, Foto, Viajes

 

 

Fue el momento en que mataron al árbol cuando todos los que vivían dentro de él se dieron cuenta.

Uno de los leñadores, al tocar el tronco abierto, sintió los latidos, que lo dejaron inmóvil; con el hacha suspendida en el aire mientras un escalofrío le recorría la espalda.

Un rumor tenue se filtró entre las grietas, como una respiración débil, casi moribunda. El hombre se retiró, sintiendo que aquella madera rota lo estaba mirando. Los demás hombres, al verlo pálido y en silencio, se acercaron.

El suelo vibró apenas, como un latido final. Nadie volvió a levantar el hacha.



 

 

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Donde habita la memoria - Esperanza Tirado

                                          

 

 

Miré a mi alrededor en aquella salita. La lámpara de luz temblorosa, el sillón gastado, las estanterías abombadas por el peso… Y pensé que aquel rincón, tan sencillo, contenía más historias que cualquier álbum de fotos.
Todo me hablaba de reuniones en familia, tazas de chocolate caliente y deberes escolares tras cristales empapados por la lluvia.

No había nada extraordinario. Quizá por eso, emocionada, regresé a aquellas tardes con mis hermanos.

Entonces recordé a mi madre sentada en aquel sillón, remendando nuestros uniformes y refunfuñando sobre “cómo era posible que estos niños gastaran rodilleras como si fueran de papel”.



 

 

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Código oculto - Esperanza Tirado

                                              

 

Había tenido el cuidado de precisar la edad aproximada del esqueleto encontrado en la excavación anotándolo todo en una etiqueta con código personal oculto:

Hembra. Adulta. Sin signos de embarazos. Restos de agua en los pulmones. Sin marcas de heridas mortales. Edad avanzada, para su época. Posible causa de defunción: ahogamiento o asfixia.’

La que le entró a ella cuando en el Museo leyó la cartela con el nombre de su compañero de expedición en primer lugar.

El de ella, en cambio, parecía no haberse descifrado.

 

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Luz antes del gris - Esperanza Tirado


                                        

 

Había tenido el cuidado de precisar la edad de su joven esposa para evitar miradas inquisitivas en los hoteles donde se detenían. Él apenas superaba los veinte; ella, con sus diecisiete recién cumplidos, lucía un aire entre tímido y resuelto que desmentía su corta edad.

Viajaban en un tren que avanzaba lentamente hacia la costa levantina para pasar allí su luna de miel. Su destino les recibió con el brillo sereno de la luz mediterránea.

Disfrutaron de aquellos días soleados, por el paseo marítimo, tomados de la mano, sin hablar demasiado.

Sabían que, al regresar, todo volvería a su cauce estricto y sombrío, sin rendijas para el color.



 

 

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