Mejor en soledad - Marian Muñoz


 

 

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Un buen día sin saber porqué comencé a hacerlo, quizás por entretener el momento, quizás por vislumbrar un día soleado o lluvioso, el caso es que inicié una manía, costumbre o como quiera que se llame y durante ese instante me olvidaba de todo convirtiéndome en un voyeur, sano por supuesto no penséis raro, estoy mal pero tanto no.

Me gusta desayunar en pijama previa visita al baño, me como medio sándwich mixto y una taza de café caliente y humeante que disfruto agarrando entre mis manos mientras observo la calle a través de la ventana del salón. El rico vapor me despierta a la par que despeja mis fosas nasales y sin más pretensión observo a los viandantes que caminan apresurados calle arriba calle abajo, contemplo la lenta circulación de vehículos mientras esperan que uno más adelante termine de aparcar. El trajín mañanero cotidiano, carreras para llegar puntuales a sus destinos y aquí arriba desde un quinto piso viendo sin mirar o mirando sin ver.

Un buen día me fijé en ella, acababa de entrar a la calle tras doblar la esquina, hacia la mitad cruzó y continuó por la otra acera hasta perderse en la esquina opuesta al final de la misma. Reparé en ella posiblemente porque entre tanto trajín caminaba a buen ritmo pero sin prisa, su figura estilizada completamente de negro irradiaba armonía y decisión, su pelo correctamente peinado. Sin variar el ritmo de sus pasos navegó tranquilamente entre el maremágnum de madres con niños, hombres trajeados portando mochilas con portátiles y grupos de chavales.

Su efímero recorrido lo continuó en los siguientes días, en las siguientes semanas, en los siguientes meses. A las 8,45 como un reloj asomaba por la esquina, apenas duraba dos minutos pero era tan puntual que empecé a serlo yo. Ponía el despertador para que a menos cuarto pudiera contemplar con la taza humeante entre mis manos aquel esplendoroso paseo por mi calle y luego se perdía. Siempre vestía de negro, en invierno un tres cuartos con botones dorados que dejaban ver una botas de media caña apenas tapadas por un pantalón de buen corte. Si hacía mucho frío llevaba guantes y bufanda del mismo tono, cuando llovía un paraguas negro con ribete de lunares blancos. En verano también usaba pantalón negro con una chaqueta de punto flojo y zapatos con poco tacón, igualmente negros. Su andar pausado, su figura elegantemente estilizada y su cabeza suficientemente erguida sin aparentar soberbia, le daba aire de nobleza. Desde las alturas no apreciaba correctamente su rostro que aparentaba mediana edad, esa en que las mujeres han dejado de ser niñas pero aún no son señoras, el corte de pelo siempre el mismo una media melena recogida en una cola baja con mechas rubias perfectamente alineadas. Me cautivó y comencé a observarla a diario detenidamente desde la seguridad de mi ventana.

Nunca conseguía verla en su regreso si es que lo hacía por la misma calle, por más que fijé unas horas de vigilancia para observar su vuelta nunca lo logré, terminé pensando que quizás volvería en autobús o en coche con algún compañero de trabajo, no dudaba que su recorrido era para acudir al trabajo, solamente fallaba los domingos, así que en mi cabeza intenté encontrar cual sería su oficio o labor a la que se dedicaba. La negrura de su ropa me indicó que dependienta no era, un tono tan triste no anima las ventas. Limpiadora ni maestra me parecían oficios para ella, enfermera, periodista o confitera también los descarté, fuera cual fuese su labor no tenía duda que empleaba una bata para no mancharse, así que decidí que era doctora, a las nueve podía perfectamente abrir su consulta y atender sin despeinarse a sus pacientes.

Cada mañana la contemplaba. Puntual, nunca llevaba nada en las manos salvo los guantes o el paraguas, el bolso colgaba casi oculto de su hombro derecho no pudiendo ver su marca o tamaño, aunque seguro sería negro. ¡Me enamoró! soñaba con ella, con su mirada limpia, su sonrisa franca y sus ademanes de mujer de mundo segura de sí misma. Alguna vez sopesé bajar y verla pasar por mi lado, aspirando su perfume a la par que comprobar el color de sus ojos. ¿Me obsesioné? Tal vez, pero su sola visión alegraba mi jornada, me sentía acompañado y yo la arropaba con mi mirada, nada nos podía pasar y aquella rutina fue el impulso para continuar respirando.

No salía de casa ni siquiera cuando estaba enfermo era siempre el médico quien venía. Ocupaba las horas en mirar cuadros, libros, jarrones, cortinas y lámparas con las que mi querida madre había decorado el piso familiar. Cuando volví del cementerio tras su entierro decidí no salir nunca más y una enfermedad tan grave como la agorafobia me atrapó. Una pequeña pensión tramitada por la asistente social me bastaba para sobrevivir, comía bien poco y al no moverme apenas gastaba energía, con un menú del bar de enfrente que me traían a domicilio tenía para dos días, apenas consumía electricidad pues cuando la claridad del día ya no alumbraba solía acostarme y me levantaba cuando había amanecido. El microondas, el tostador o la cafetera eran los electrodomésticos que más consumían, al no moverme apenas ensuciaba y la lavadora la ponía una vez al mes. No veía televisión tan sólo a veces la radio, lo que entretenía mis días era observar desde la ventana, inventarme conversaciones ajenas o fisgar besos y abrazos que envidiaba. En eso gastaba mi tiempo hasta que ella apareció, por fin tenía un objetivo, mirarla, observarla, contemplarla con detenimiento y protegerla desde mi altura como un fiel guardián.

La suponía de luto por un marido amado ya que por otro familiar no dura tanto, aún era joven y podía rehacer su vida, ¿quizás a mi lado? ¡Qué tontería! Un adán como yo no podía pretender a un ángel como ella. Me fijaba en los hombres que pasaban por encontrarle una buena pareja ¡Qué tontería! Ilusiones de un solitario eso es lo que eran mis cábalas, pero al menos estaba entretenido sin pensar en mí ni en mis problemas y semana a semana mi soledad se suavizó, la angustia que sentía fue desvaneciéndose e inicié un lento proceso de recuperación hacia la normalidad. Dejé que el ánimo me llevara a asearme correctamente, a escuchar la radio para oír noticias, un día salí de casa a comprar pan y comprobé que la panadería había cerrado pero no pasó nada, pude caminar por mi calle y la gente no me miraba. Hice compra en el supermercado para cocinar, algo con lo que antes disfrutaba. Compré el periódico, algún pastel y chuches con que endulzar mi paladar. Encendí luces y consumí agua con normalidad, y mi vida caminó hacia otra realidad, aún así seguía observándola cada mañana a través de mi ventana.

Un buen día empezaron a llegar cartas, cartas del banco, cartas de la empresa de electricidad, cartas de la comunidad, al principio no las abría, hasta que me parecieron tantas que no tuve más opción. Números rojos en el banco, facturas devueltas por no tener saldo y notificaciones de morosidad. Acudí a la asistente social poniéndola al día de mis progresos y de mis cuitas, más como ya era una persona normal me quitaron la pensión y dejé de tener con que alimentarme. Una auténtica locura de embargos, de juicios y llegó el desahucio, me sacaron a la calle con mis enseres amontonados en la acera, nunca había trabajado, no tenía más oficio que haber cuidado de mi madre viuda y enferma.

Aquella mañana fría de primavera la vi, puntual como siempre giraba la esquina con paso ágil y decidido, pasó por mi lado y al cruzar nuestras miradas mi poca estima se desmoronó y sufrí un infarto. Aquella mujer a quien amaba y adoraba platónicamente era la implacable juez que me desahució.


 

 

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Escapando de la soledad - Marga Pérez

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 Alfredo no estaba en su mejor momento. Clara, su mujer, hacía varios meses que había decidido que estaría mejor viviendo con una amiga que con el. Ya no quedaba nada que les uniera. Llevaban vidas separadas desde hacía años. Alfredo entonces no estaba preparado para asumirlo y Clara permaneció a su lado hasta que consideró que había tenido el tiempo necesario para poder volar solo. Llegado el momento se fue. Se mudó a un apartamento fantástico al otro lado del río. Organizó su vida de otra manera. Alfredo quedó solo en el minúsculo ático que habían comprado cuando se casaron... No tenían hijos, ni padres dependientes, ni deudas bancarias, ni proyectos, ni pasión, ni ilusión, ni amor... No tenían nada más en común que su propia soledad.


Alfredo no estaba en su mejor momento. Llevaba meses viviendo solo en el ático que habían comprado cuando se casaron. Cada habitación, cada mueble, cada cuadro le recordaban a ella. A menudo se veía en la tienda con Clara, comprándolos. Colocándolos . Colgándolos. El armario del dormitorio seguía exhalando su olor cuando lo abría. Veía su sombra detrás suyo cuando se asomaba al espejo, cuando se perdía en el paisaje infinito de tejados y antenas tras los cristales del salón…

La radio le acompañaba cada noche que no podía dormir . Había un programa que le gustaba en el que personas como él llamaban para contar cosas de sus vidas. Alfredo cada noche sentía la tentación de llamar y contar lo solo que estaba, pero no lo hacía. Hasta un día en que, mientras degustaba un buen vino, se viene arriba y decide hacerlo.

- Buenas noches, ¿con quien hablamos? - La voz del presentador en su oído a través del móvil, le hace titubear.

- Soy Alfredo y… llamo por… porque no estoy en mi mejor momento.

-Hola Alfredo ¿qué es lo que te pasa?

- Mi mujer se ha ido... bueno, nos hemos separado… me siento solo. La casa que compartíamos me lo recuerda a diario… no sé cómo salir de esta situación.

- ¿Realmente quieres salir? ¿Qué estás dispuesto a hacer?…

Alfredo no supo contestar .

Esta pregunta se la repetía cada noche mientras escuchaba el programa . Mientras oía a otros oyentes que si estaban haciendo algo.

No había pasado una semana de su incursión en la radio cuando Alfredo recibe la llamada de una mujer, Carla. Lo había oído en el programa . Consiguió allí su número. Ella también estaba sola. Pensaba que podían hacerse amigos. Hablar cada vez que lo necesitasen. Llenar su soledad con la soledad del otro. Dejar de ser los infelices diagnosticados en los que se habían convertido... Enseguida congeniaron.

Carla, antes de que Alfredo se despidiera para ir al trabajo, le dice que pueden ser amigos pero con una condición: nunca se conocerán en persona. Tendrán una amistad telefónica, nada más.

Alfredo no está en su mejor momento y sin pensarlo dos veces, acepta esa relación tan original.

Al principio era ella la que más llamaba. Era amena, atenta, graciosa, dicharachera. Parecía incluso que intuía el momento exacto en el que Alfredo más la necesitaba. Siempre estaba ahí para él. Dispuesta a escuchar , a reir, a hablar, a aconsejar… incluso a cantar. Sabía todas las canciones que a el le gustaban. Carla era una mujer maravillosa. Alfredo se habituó a llamarla, con timidez al principio, y a todas horas a los pocos días. Las parrafadas nocturnas tumbado sobre la cama cada vez eran más largas.

Una noche Carla le sugiere que llene la bañera . Que haga mucha espuma . Que se zambulla a disfrutar como un niño. Que tenga una copa de vino a mano. Que la llame y charlen. Ella hará lo mismo en su casa... Fue el principio de muchas charlas pasadas por agua que pasaron enseguida a otros terrenos más íntimos.

Alfredo siente entonces que se está enamorando y desea con todas sus fuerzas conocerla . Traspasar la línea que le impuso. Verla. Tocarla. Hacerle el amor.

Carla le amenazó con no volver a hablar con el. Con salir de su vida. Con devolverle a la soledad…

Alfredo está dispuesto a cualquier cosa con tal de no perderla. No está en su mejor momento y se lo dice entre agua, espuma , alcohol y pasión desbocada a dúo. Nunca tuvo mejor sexo que en su bañera imaginándose a Carla desnuda sobre el susurrándole éso que tanto necesitaba oir para excitarse. Sentía que estaba con él. Que hacían juntos el amor. Que llegaban juntos al orgasmo… Era la mujer perfecta para él pero tenía todos los visos de ser un amor imposible.

Alfredo empezó a quejarse. A sentirse desgraciado. Presionaba a Carla cada día tratando de convencerla para que se viesen. Más de una vez le colgó el teléfono desesperado. Pasaba un par de días sin hablar con ella pero volvía dispuesto a aceptar lo que fuera.

Un día se presentó en su casa un caballero que quería contarle algo de Carla. Intrigado le hace pasar. Le dice que Carla es una mujer virtual. Una mujer programada para ser la pareja ideal de cualquier hombre. Para satisfacer todas las necesidades que el pudiera tener…

Alfredo se siente morir, no quiere creerlo. Necesita pruebas. Tiempo para asumirlo. Fuerzas para no derrumbarse, para recomponerse.

-¿A qué ha venido? - Le dice por fin

- A proponerle un contrato. Usted ya conoce el servicio. Y por lo que yo sé, está satisfecho con él.

-¿Un contrato de qué? Alfredo no acababa de caer del guindo

- Somos una empresa que ofrecemos soluciones a las necesidades de nuestros clientes. Usted tiene un problema de soledad y nosotros le ofrecemos una solución rápida, 100% efectiva, discreta , asequible, definitiva...

¿Qué me dice? …

Alfredo está aturdido. No entiende cómo pudo meterse en este laberinto... Desconocía la existencia de estas empresas... Se siente como si lo hubieran pillado con la muñeca hinchable... Quiere intuir que no es algo muy normal...

-A Carla le dijo que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de no perderla … ¿No es así? -Dice persuasivo el comercial poniendo ante el un documento- No hay prisa pero...

- ¿Dónde tengo que firmar? - dijo por fin Alfredo, que sin estar en su mejor momento quiere salir de su soledad. Sabe que la felicidad está en sus manos.


 

 

 

 

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La soledad de ayer y hoy - Pilar Murillo

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Dieciséis años tenía. Aburrida adolescencia en una aldea en el norte de Asturias a pocos km del cabo de Peñas. Comenzaba el otoño y los sábados eran tan mustios y tristes como lo son ahora.

Me sentía sola. De repente ponía un LP de la Mode, un grupo de tecno-pop de principios de los 80, era de mi hermano. Sólo lo podía escuchar en su “tocata” cuando él no estaba; porque a él nunca le gustó que le anduviese con sus cosas, así que era algo prohibido y eso me llevaba a animarme un poco.

Mi canción preferida era “Aquella chica” que decía así “La soledad envuelve a aquella chica que está en la barra medio tirada, pendiente solo de su pensamiento que el diablo solo sabe en donde estará” ¡y ya estaba!, la magia hacía que me identificase con aquella chica sola de la canción que según iba sonando el disco iba cambiando de estado de ánimo, como cambiaba el mío. “No te preocupes por aquella chica, todo es mentira, está actuando…”

¿Qué soledad era más poderosa o distinta? ¿La de aquella adolescente “que aún no ha cumplido los veinte años” o la de la mujer madura que sigue escuchando a la Mode en spotyfi?

Estar sola en mi adolescencia era triste porque en un pueblo cuando oscurece no hay gente por la calle y no había sitios donde ir. Mi madre planchaba sobre la mesa de la sala o hacía cena o remendaba algún calcetín que apenas se notaba que en algún momento había estado roto. La tv en blanco y negro de fondo y yo resoplando, ¿Qué hacer un sábado a las 7 de la tarde, un día cualquiera de noviembre? Me encerraba en la habitación de mi hermano ya no me interesaba husmear en los cajones de su mesilla de noche, ya sabía de memoria que me iba a encontrar. El reloj de mi padre, una caja con billetes antiguos, algún mechero, una pipa, alguna chapa de esas que se ponían en la cazadora. Una libreta donde anotaba todos los nombres de las chicas con las que había salido hasta entonces. En la estantería estaba su tocata y sus LP´s y ponía esa canción una y otra vez hasta animarme y dar algún paso de baile. En una hora ya me habría hartado de estar allí y saldría de la habitación para irme a la mía a leer el último libro adquirido en círculo de lectores.

Ahora soy una mujer madura y triste. La ley de la vida ha cobrado el destino por el que todos debemos pasar. Los hijos se van de casa, pero viene tu madre ya anciana a hacerte compañía hasta que se va para siempre, o se va tal y como era y queda su olor y la veo en mi imaginación caminar por el pasillo, estar sentada en el sofá.

Después de 34 años vuelvo a sentir lo mismo. La soledad en noviembre, pero en una ciudad, sales y apenas ves gente, por otras circunstancias. Aquí no vive mi hermano, que tampoco es que haya cambiado mucho de cuando él tenía 18 años, podría adivinar que no tiene la libreta con el nombre de las chicas que le gustaban, pero hoy en día hay Facebook y seguro que tiene un montón de contactos que son chicas que le gustan.

Me encierro en mi habitación, pero mi madre no está haciendo la cena, ni planchando, ni cosiendo, simplemente no está y es a ella a la que echo de menos, no a mis amistades, que sé que están si mando un wasap.

En mi cuarto leo el libro “A corazón abierto” de Elvira Lindo. Leo a ratos y despacio, en voz alta, vocalizando, como si fuese retrasada. Escucharme a mi misma me da algo de compañía. Cuando me harto de leer o me quedo con la boca seca, me levanto y voy a por agua y de repente me acordé de la Mode, por eso me ha dado por escribir de la soledad. El ánimo en una tarde-noche de noviembre, curiosamente mañana hace un mes que mi madre ha fallecido y pienso en ese momento trágico y me siento como una niña huérfana, qué sola se debe sentir una niña así. Yo fui huérfana de padre, pero apenas lo sentí. Mi padre era una fotografía, era el dios a quien rezaba cuando necesitaba ayuda, cuando era adolescente y me enfadaba con mi madre me imaginaba que mi padre tampoco la soportaba y que él estaba en Alemania viviendo otra vida.

Cuando eres adolescente puedes llegar a ser cruel con la gente que te quiere y de adulta agradeces que tu madre haya sido madre y padre a la vez, egoístamente agradeces que no hubiese rehecho su vida y se sacrificase por nosotros.

La soledad era aquella de mi adolescencia y es esta de mi madurez, cuando estando con gente me siento vacía, porque no es un estado elegido, cuando eliges estar sola se disfruta.

 

 

 

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Tu soledad y la mía - Gloria Losada

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María se levanta casi siempre sobre las 10 de la mañana. Está despierta desde mucho antes, pero sus dolores de huesos no le dan tregua y donde mejor está es en la cama. A veces, en el invierno, desayuna y se vuelve a acostar, que total para lo que tiene que hacer, bien le llegan las horas.

María tiene 86 años y vive sola desde que hace tres su marido, Raimundo, pasara a mejor vida. Lo echa mucho de menos. No le daba mucha conversación, todo hay que decirlo, su marido siempre fue hombre de pocas palabras, pero le hacía compañía. Por la mañana le iba a por el pan y por las tardes, mientras ella echaba una pequeña siesta, él bajaba al bar a jugar la partida con sus amigos. Luego veían un poco la tele, cenaban, volvían a ver la tele… y al marchar a la cama siempre le llevaba un vasito de leche para tomar la pastilla de la tensión. No sabe bien por qué, pero el recuerdo de ese gesto tan simple le provoca que una lágrima traicionera resbale por su mejilla y le hace ver lo sola que se siente.

María y Raimundo no tuvieron una infancia fácil, como casi toda la gente de su época. Salvo que fueran ricos, criarse en la posguerra tuvo más luces que sombras, entre cartillas de racionamiento y el miedo reflejado en los rostros de muchos. Luego las cosas fueron mejorando. Raimundo trabajó como ferroviario y ella crió a los dos hijos que tuvieron Luis y Carmen. Cuando su marido murió su hija insistió para que se fuera a vivir con ella. Pero María le dijo que no, que todavía se valía por sí misma. Ni por un instante pensó que se iba a sentir tan sola. Además Carmen tiene su vida. Se divorció hace años, no tuvo hijos y está a punto de jubilarse como profesora. Siempre está de aquí para allá, así que ella solo sería una carga y por nada del mundo desea serlo.

Luis, por su parte, le dejó caer que siempre podría ir a vivir a una residencia, que las de ahora no son como las de antes, ahora tienen todas las comodidades, hasta médico. Claro que son más caras, pero entre su pensión y lo que él podría aportar… por eso no habría problema. Podía pensárselo. Pero María no tenía nada que pensar, a pesar de que la soledad caía sobre ella día tras día como una pesada losa, mientras pudiera valerse por ella misma nadie la sacaría de su casa. Además está Lucía, su nieta preferida, la pequeña de Luis. Desde hace cosa de dos meses la visita casi todas las tardes. Y eso la reconforta.

Lucía acaba de cumplir 26 años. Trabaja de recepcionista en un hotel. Un año después de morir su abuelo se independizó. Quería probar lo que era vivir sola. No es que le molestaran sus padres y su hermano, que por cierto no se va de casa ni aunque lo echen el tío, pero creía que ya era hora de lanzarse. Y le gustó. Gozaba de total libertad para entrar y salir cuando le venía en gana, no tenía que dar cuentas a nadie si la casa estaba ordenada o no, si iba a llegar tarde o temprano… que sí, que vivir sola era una gozada. Le gustaba tanto que había fines de semana en los que ni siquiera salir a tomar algo. Era feliz viendo una película, leyendo un libro o escuchando música, no le hacía falta nada más.

Últimamente se le ha dado por visitar a su abuela casi a diario, cuando los turnos de trabajo se lo permiten. Y es que un día se dio cuenta de que estaba un poco triste. Seguramente echaba de menos al abuelo, toda la vida juntos… y ahora se le había borrado la sonrisa y había perdido brillo en sus ojos. Lucía está segura de que necesitaba compañía. Pues por ella no va a quedar. Cuando tiene libre las tardes va a verla y pasa con ella una horita o dos, ven la tele, o simplemente charlan, a veces incluso se queda a cenar. Sin las mañana las que libra siempre salen a dar un paseo, a no ser que el tiempo no acompañe. Algún día hasta se la llevo de compras y le compró…¡unos pantalones! María no quería, pensaba que su nieta estaba loca, pantalones ella, pero al final le dio la razón, anda que no son calentitos para el invierno.

Lucía piensa en lo que es la soledad. Para unos un disfrute, para otros un lastre. Y da por bueno sacrificar la satisfacción que le produce su propia soledad si con ello pone un punto de color en la soledad no buscada de su abuela. La soledad….sentimiento ambiguo donde los haya.

 

 

 

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El cuadro del famoso - Cristina Muñiz Martín



 –Me diciste que íbamos a ver cuadros de un famoso, pero ¿esto qué es abuelo?, eso lo hago yo y más mejor –dijo la niña a voz en grito en medio de la exposición.

Decenas de ojos se clavaron en ese par de inesperados personajes. Algunos, riéndose en su fuero interno por compartir la opinión de la pequeña; otros haciendo un mohín de desprecio, moviendo molestos sus copas de champán; todos sorprendidos por tan insólita intromisión en la fiesta de inauguración de uno de los pintores más apreciados de la región.

Manuel no sabía dónde meterse. En esos momentos le hubiera gustado tener el poder de hacerse invisible y desaparecer. Había llevado a la niña ilusionado con la intención de empezar a inculcarle su pasión por el arte. Bien era verdad, que las pinturas de su amigo Kike, Kaik, como firmaba su obra y se hacía llamar, nunca le habían gustado y le parecían infantiles. Pero él tampoco entendía mucho de arte moderno, le gustaba más el clásico, y si todo el mundo decía que era bueno… Además, vendía bastante.

Kaik se acercó a ellos con una sonrisa en la boca. Manuel intentó susurrar algo parecido a una disculpa pero su amigo, con esa expresión falsa que tanto conocía, le indicó que no se preocupara que todo estaba bien.

–Hola pequeña, así que el cuadro no te gusta –dijo agachándose para ponerse a su altura.

–No, yo no dijí eso, dijí que eso lo podía pintar yo más mejor, ¿Tú eres el pintor famoso del que me habló el abuelo?

–Sí, soy yo.

–Pues para ser tan viejo ya tenías que saber pintar de verdad –dijo la niña contundente.

Kaik se puso en pie y miró su cuadro con detenimiento, mientras el grupo de personas invitadas no le quitaban ojo.

–¿Tú que ves ahí? –le preguntó a la pequeña.

–Veo un bosque que se quemó y un árbol quemado con dos hombres sentados arriba, en las ramas. Están tristes, porque claro como se quemaron. Pero no sé por qué no se caen. ¿Los quemados se mueren o quedan quemados para siempre?

–¿Habéis oído? –preguntó Kaik a la concurrencia. ¿Alguno de vosotros había visto a esos dos hombres? Fijaros bien, pueden parecer dos manchas, pero ahí están, contemplando el desastre, aunque hay algo esperanzador.

–¡El sol! ¡El sol” –gritó la niña. No se bajan del árbol porque por ahí –dijo apuntando con el dedo al color amarillo-- está llegando el sol y todo volverá a ser de colores y a los árboles les volverán a salir las hojas.

Kaik aplaudió y tras él todos y cada uno de los presentes en la sala.

–Tu nieta tiene un gran potencial. Parece mentira, tan pequeña y ha visto lo que no logran muchos adultos –le dijo Kaik a Manuel cuando se despidieron, aliviado por su desaparición, deseoso de seguir aceptando las adulaciones de los invitados y satisfecho de haber podido dominar la situación, rompiendo la tensión originada por las palabras de la niña.

Cuando salieron las opiniones de los expertos en los periódicos y revistas de arte sobre la inauguración de Kaik, en todas ellas alababan el cuadro del que habló la niña, dando por válida su interpretación, aumentándola con palabras grandilocuentes e incluso incomprensibles. Por supuesto, la pintura se vendió a un precio elevado.

Mientras tanto Manuel tuvo que lidiar durante días con las preguntas de su nieta.

–Abuelo, ¿los quemados se mueren o quedan quemados para siempre?

–Si se queman mucho se mueren, pero si se queman poco igual no.

–Yo te digo quemados de verdad, como los del árbol del cuadro.

–Pues… supongo que se morirán.

–Entonces si están muertos por qué no se caen.

–Pues porque es una pintura, y el artista no quiso que se cayeran.

–¿Y eso se puede hacer?

–¿El qué?

–Pintar lo que se quiera.

–Claro que sí.

–Pues voy a pintar un cuadro más mejor que el de tu amigo. Y para que lo sepas, no pinta nada bien, es un tramposo.

Dicho esto, la niña cogió el álbum y la caja de pinturas que le había regalado su abuelo y se puso a pintar muy seria, concentrada, mezclando formas y colores durante casi una hora.

–Mira abuelo, ya lo hicí. ¿A qué es mucho más mejor que el del árbol quemado?

Manuel sonrió admirado. Su nieta tenía alma de artista y ella lo sabía. Llegaría muy lejos, mucho más que Kaik con sus pinturas infantiles. Y si no tenía suerte, siempre podría dedicarse a ser crítica de arte.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Afiladas - Esperanza Tirado





Cuando me enteré de que me engañaba todo mi ser se tiñó de rojo.

Había otra. Otras. Muchas más.

Otras como yo, tontas, crédulas, enamoradas, que habíamos caído a sus pies embelesadas por sus palabras, por esos ojos color miel que te tocaban sin tocarte, que hacían que tu cuerpo se estremeciera de puro éxtasis. Llegabas al rojo, pasando por todos los colores posibles.

Hasta que el rojo se instaló en mi alma, en mi cabeza. En todo mi ser. En todas nosotras. En todas aquellas tontas que habíamos caído enamoradas y rendidas a su encantos. Y a todas, una tras otra, o a la vez, o por pares, nos fue engañando. Y todas pasamos por la misma galería cromática y también por la sentimental, desde la adoración a la incredulidad y finalmente la ira.

Y fui, fuimos, atando cabos. Y conociéndolas. Conociéndonos.

Sin querer, o a propósito fue dejando pistas. Para unirnos. Quizá no lo pretendiera, más bien al revés. Pero los hombres, a veces, son torpes cuando se trata de mentir a demasiadas mujeres al mismo tiempo.

Un pañuelo perdido, una tarjeta de un hotel de un extrarradio anodino, un aroma a jazmines que él supuestamente detestaba, un juego de té inglés ideal, una camisa carísima de unos almacenes que jamás se le ocurriría pisar, unas flores preciosas por un aniversario que para mí no existió, un reloj nuevo con unas iniciales que no eran las mías, un fin de semana de mucho trabajo, reuniones de ejecutivos encorbatados, bebiendo y fumando. ¿Fumando? En casa no fumaba. En la nuestra, quiero decir, en la mía.

Tantos detalles y faltas de ellos, a la vez.

¿Cómo nos conocimos nosotras? Es una historia curiosa. Un culebrón a muchas bandas, la verdad. Yo, que creía ser la única esquina, el único apoyo de su recta y bella figura.

Pero mi mente no estaba tan afilada como pensaba; y se me escaparon esos pequeños indicios que luego fui viendo claros. El rojo fue dejando paso a un paisaje de otras tonalidades. Morado, negro, gris… Hasta que vi la luz. No la del túnel del más allá, pero algo parecido, aunque más mundano.

Igual que les ocurrió a ellas, que poco a poco empezaron a afilar las garras, en busca de porqués a ese engaño, de la ‘otra’, de esa vida oculta de él.

Y fuimos reuniendo nuestras pistas, yendo de compras, aparentemente. Es fácil para una mujer fingir irse una tarde de compras, nadie sospecharía que tienes a una detective en tu interior, a sitios donde no habíamos puesto los pies ni los ojos previamente.

Y nuestros pies y nuestros ojos acabaron una tarde reuniéndose en el mismo sitio, a la misma hora, en la misma planta de ‘regalos especiales’ de aquellos almacenes carísimos en los que yo jamás habría entrado, si no hubiera sido por esa Miss Marple que me nació de la ira y la sospecha del engaño de mi marido, el que yo creía mi maravilloso amor.

Al principio, todas dábamos vueltas, admirando y toqueteando objetos que no íbamos a comprar. Echábamos ojeadas a ver si la ‘otra’ estaba allí. Seguíamos curioseando, pasillo arriba y abajo, nos chocábamos convenientemente, un ‘disculpe, señora’ salía de nuestros labios, una media sonrisa, una tosecilla, una mirada de ‘esa zorra es la que me lo ha quitado’.

Alguna se cansó de dar vueltas y cogió el ascensor para cambiar de planta y de vistas.

Yo seguí investigando, hasta que mi vejiga dijo ‘basta’. Incómoda bajé las escaleras como una exhalación. En el baño me encontré a dos de ellas. Qué rapidez. Incluso se habían presentado, con cautela, y estaban contrastando información. Mi vejiga explotaba, tenía más urgencia. Pero las oía cuchichear mientras, encerrada en mi cubículo, pensaba cómo afrontaría la situación. Dejé que la cadena desaguara varias veces, por incomodarlas y por darme tiempo a mí misma. Cuando salí, no éramos tres sino seis. Miré a las viejas conocidas y a las nuevas, que reconocí de la planta de arriba.

¿Eres…?

La pregunta no terminaba de salir de nuestras gargantas pero un ‘sí’ mudo confirmaba nuestras sospechas.

La rubia era la de la camisa carísima, la pelirroja, inglesa además, la del juego de té, una morena entrada en carnes olía a jazmines, una choni mal peliteñida trabajaba en el hotelito… Fuimos uniendo las piezas del puzzle. Hasta que formamos una especie de foto de familia poco común.

Y yo quise odiarlas pero no pude. No pudimos. Nos abrazamos en unos baños públicos con una sororidad y sinceridad extrañas en otro momento a todas en otras circunstancias.

Quisimos afilar nuestras uñas y rasgar las caras de aquellas que nos habían robado a ‘nuestro marido perfecto’.

En realidad, la perfección de aquel hombre era una pintura, un efecto óptico, un trampantojo de todos los colores, que nos hizo ver amor en sus ojos y en su corazón; cuando en realidad solo había interés, sexo, comodidad, diversión. Éramos su juego. Su puzzle, unos juguetes, que montaba y desmontaba a su capricho.

Ese amor parecía tener tantas ramificaciones como un árbol centenario. Pero en lugar de ser verde y frondoso, él estaba podrido por dentro.





Inspirada en ‘Hay algo afilado y ardiente en la primera infidelidad de un matrimonio’, verso de ‘La Belleza del Marido’ poema de Anne Carson.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Martinasky - Marian Muñoz



 


¡Esto sí que es vida! En lo alto el sol, la tumbona, una piña colada en el taburete, las palmeras meciéndose al vaivén de una suave brisa marina y un brillante resplandor en el agua de la piscina, ¡esto es vida! Me lo merezco tras haberlo pasado tan mal y ser ignorada por mi familia. Mi desgracia es tan antigua como la historia de Caín y Abel, no hubo derramamiento de sangre pero no por ganas de mi hermana Concha, la peor traidora con la que he podido toparme.

En casa éramos cuatro, mi padre empleado en un taller de vehículos, mi madre currante a tiempo parcial en una frutería aunque más bien era a sueldo parcial porque horas echaba las que hicieran falta, la fresca de la familia mi hermana Concha dos años mayor y yo, la tonta del bote que nunca se enteraba de nada, responsable, obediente, educada y sobre todo perdona vidas. Ahora en la lejanía me doy cuenta de lo ingenua que fui, como todos hacían lo que querían menos yo que hacía lo que debía y por ese motivo malgasté mi vida. No tengo amigos ni amigas, ni siquiera un medio novio o algo así, jamás ningún hombre me ha besado o invitado a tomar algo, al estar siempre atendiendo a la tía abuela Remedios, una vieja egoísta y cascarrabias que me maltrataba.

Recuerdo una infancia feliz con mi madre en casa, mi hermana y yo en armonía jugando en el patio plácidamente, una familia normal hasta que cumplí los ocho. Mamá empezó a trabajar en la frutería porque el negocio de papá empezaba a flojear y dos niñas creciendo requerían muchos gastos. Se suponía que mi hermana debía cuidarme pero pronto empecé a apañármelas sola, no sólo no miraba para mí sino que faltaba a clase, no hacía su cama o recogía su ropa siempre desperdigada, fue raro que no intentara imitarla porque recoger, limpiar, fregar o prepararme un bocadillo para llenar mi estomago me resultaba complicado en aquel entonces. Ante tal desorganización y no poder razonar con ella, mis padres optaron por dejarme en casa de Remedios, hermana de mi abuelo materno, que vivía sola en una vieja casona a las afueras del pueblo, la ayudaría y haría compañía a cambio de cuidarme.

Al principio fue cariñosa, almorzaba y merendaba con ella, incluso me ayudaba con los deberes o me entretenía enseñándome a dibujar y a pintar, aún sonreía y pedía amablemente la ayudara en algunas cosas, pero el reuma comenzó a producirle fuertes dolores, teniendo que acompañarla a menudo al médico quien le daba medicación que la atontaba o la trastornaba, comenzando a ser una mujer repulsiva, egoísta, mal encarada, chillona y muchas cosas más que prefiero callar. Aquellas tardes apacibles dibujando o contemplando el jardín con una taza de chocolate se convirtieron en amargas y agobiantes a pesar de poner mi empeño en hacerlo todo como ella quería, aún así nunca estaba conforme y terminaba riñéndome.

No era una niña perfecta pero me gustaba aprender y por tanto ir a clase, tener mi entorno recogido y llevarme bien con mis semejantes, por ello era obediente, disciplinada y paciente, cualidad que empecé a practicar y perfeccionar bien pronto. A pesar de mis quejas mis padres no podían dejar su trabajo, mi hermana ni en sueños echaba una mano convirtiéndose poco a poco en un ser salvaje rayando en la delincuencia, así que tuve que bregar solita con la situación, tragar y seguir hacia adelante como buenamente pude. Los años fueron pasando y la tía Reme inició una merma evidente en su estado físico y mental, más de una vez me veía obligada a abandonar las clases para acompañarla al médico o a urgencias y a pesar de ser menor de edad era yo quien explicaba síntomas, dolores o malestar que padecía, preferían hablar conmigo antes que con la antipática de mi tía. Me esforzaba tanto en los estudios que fui merecedora de matrículas y becas e intenté acceder a la universidad sin costo alguno para mis padres, pero justo el día del examen la tía ingresó en urgencias y nadie de mi entorno accedió a acompañarla, con nadie no quiero decir sólo mis padres o mi hermana, sino mis tíos, sobrinos de ella o alguno de mis primos más cercanos. Ahí empecé a llevar el primer varapalo y a sentirme defraudada. Perdí una segunda ocasión de presentarme al examen debido a una avería en casa de tía Reme, finalmente opté por olvidarme de la universidad y mis sueños de ser periodista.

Era consciente que a pesar de cuidarla debía prepararme para conseguir trabajo en el futuro, la tía no iba a durar eternamente, siendo justos en agradecimiento bien podía nombrarme heredera de sus bienes, la casona con unas diez fincas arrendadas más un edificio de inquilinos y bajos en el centro del pueblo. No obstante siendo realista los primeros herederos serían siempre sus sobrinos, así que lo tuve claro, debía formarme para ganarme la vida de alguna manera.

En aquella casa había una máquina de escribir decidiéndome por un curso online de administrativo. Los idiomas siempre fueron fáciles para mí y tanto la gramática como la ortografía me resultaron agradables de estudiar conseguiendo el título. Entre los compañeros de curso nos comunicábamos ofertas de empleo, oposiciones, así fue como supe de las convocadas para la Comunidad Económica Europea, no parecían difíciles y además te sufragaban los gastos de desplazamiento si vivías a más de quinientos kilómetros de distancia del lugar del examen, como era mi caso. Tan sólo iba a faltar día y medio, confiando que algún alma caritativa me sustituiría esta vez. Presenté la solicitud y al llegarme la carta de convocatoria casualmente la tía estaba ingresada por una arritmia, más fácil no podía ser al tener que hacerla compañía solamente dos tardes ayudándola a cenar. Tras consultar con mi hermana y pintándoselo fácil aceptó placenteramente, inusualmente amable no puso reparo alguno pues sentía no tener más contacto con ella. Vi el cielo abierto, preparé el viaje y me fui despreocupada, mi hermana se estaba convirtiendo en mejor persona, eso pensé yo, y el examen me fue bastante bien aunque los demás opositores decían lo mismo. Sólo quedaba esperar resultados.

Tía Remedios volvió más fastidiada de lo que estaba, al parecer su corazón delicado estaba cansado y como era inviable una operación mejor en casa estando tranquila. Pasó unos días angustiosos con constantes visitas de médico y enfermera hasta que falleció. A los funerales acudió toda la familia y vecinos que en vida no la habían aguantado pero que hipócritamente comenzaron a mostrarle cariño. A la semana siguiente del funeral comencé a recoger mis cosas y regresar con mis padres, limpié, ordené y preparé la casa para quien fuera a heredarla, y me dirigí tranquila al despacho del abogado por si había noticias del testamento. Me pidió que me sentara pues la tía había testado a favor de mi hermana Concha, desheredando al resto de familiares por no haberla atendido en vida. Me desmayé de la impresión, al recuperarme le pregunté por la fecha del último testamento, justo la del día que falté para el examen de la oposición.

Menos mal que Concha estuvo unos días desaparecida porque si la hubiera pillado la hubiera matado. Visité uno por uno a todos los miembros de la familia y como se sentían culpables ninguno me dio su apoyo, incluso mis padres también me fallaron. No tenía donde ir ni de que comer así que volví a casa odiando a todos y buscando la manera de largarme de allí. Cuanta ruindad por parte de mi hermana y cuanta envidia debía tenerme para hacer algo así. Al cabo de unos días apareció Concha con dos cajas de cartón, en una estaba la máquina de escribir y en otra los lápices de colores, acuarelas, dibujos y libretas con los que de pequeña me había entretenido tía Reme. Me dio una carta escrita de puño y letra por la vieja en la que me dejaba en herencia lo que contenían las dos cajas. Me sentí estafada, burlada, estuve a punto de prender una hoguera con todo aquello, pero las fuerzas me fallaron y caí en depresión, quería morirme, a nadie importaba, era un cero a la izquierda y cuanto antes me fuera mejor para ellos. No me levantaba de la cama nada más que para ir al baño y como no comía, cada vez lo hacía menos. En una de esas ocasiones tropecé con la caja de los dibujos desparramándose por el suelo todo su contenido.

Entonces asomó el cuaderno de la tía con el dibujo al que tanto cariño tenía, siempre miraba con admiración aquellos colores tan fuertes, rojo, amarillo, negro, tenían una fuerza y un brillo inusuales. Salí de mi somnolencia y comencé a observar la lámina. Nunca supe si era un ocaso o una tierra en llamas, aquel árbol escuálido resistía en pie a pesar de la furia del color. Por primera vez lo observé con otros ojos, fijándome en el más pequeño detalle de sus pinceladas y di con la firma, Martinasky, un año, 1950. Tras un frugal paseo por la cocina para beber y comer algo, más bien poco al haberse encogido mi estomago tras tantos días sin comer, mi vocación periodística me instigó a investigar por internet aquel nombre. Una mujer llamada Martina se había iniciado de niña en el arte gracias a una joven aupair que la cuidó un verano, para que nadie criticara sus dibujos firmaba bajo un pseudónimo, Martinasky, manteniéndolo a lo largo de su carrera profesional llegando a ser una de las mejores artistas del momento, sus obras estaban en museos famosos y sus esculturas amenizaban las calles de muchas capitales europeas. Era una gran artista de reconocida fama mundial y ¡yo tenía un cuaderno con sus dibujos! Seguí investigando su vida, sus andanzas, sus obras, descubrí que existía una Fundación Martinasky, pero antes de decirles nada tenía que averiguar por qué la tía disfrutaba tanto con aquellos retazos de colores y el motivo por el que los guardaba con tanto cariño.

Me pasé dos días leyendo información sobre la artista, sobre su familia, sobre sus estudios, inquietudes y formación, pero seguía sin aparecer la conexión entre las dos, hasta que una de las viejas del pueblo que siempre había sido amable conmigo me hizo una visita. Al ser de la edad de tía Reme no paré de preguntarle por su vida, sus andanzas, al parecer tuvo mala suerte en la vida ya que al ser la pequeña le correspondió cuidar muchos años de su madre y luego de su padre, sin conocérsele novio ni marido alguno. Si bien antes de enfermar su madre había querido conocer mundo y se fue de aupair a Francia, de donde tuvo que regresar intempestivamente por la grave enfermedad de su progenitora.

Ya conocía la relación entre las dos que justificaba la posesión de dichos dibujos. Me puse en contacto con la Fundación Martinasky contándoles por encima la historia e intentando que algún experto viniera y certificara la legitimidad de la obra. Intentaron comprarme el cuaderno por unos 250.000,00 €, tras un periodo de reflexión decidí consultar con la casa de subastas Christie en España, quienes al comprobar la autoría y la pertenencia, se ofrecieron a subastarlo partiendo de los 750.000,00 €. Me frotaba las manos pensando en el dinero que podía percibir y en ningún momento conté a nadie mis proyectos, bueno tampoco había a quien, porque no me hablaba con nadie y mucho menos con la delincuente de mi hermana quien dilapidaba la herencia en juergas.

El desprenderme de la acuarela me dolía por tener grato recuerdo de aquellas tardes sentadas bajo el almendro, apoyadas en una mesa de mármol mientras pintaba y ella la contemplaba abstraídamente. Pero el posible dinero me resarcía de lo vivido y de mí sacrificada dedicación. Llegó el día de la subasta, me invitaron y presencié estupefacta como el importe iba subiendo sin apenas ruido, ni jaleo, ni voces, unos por teléfono, los presentes levantando una tarjeta, y se vendió por 1.350.000,00 €. ¡Era millonaria! Casi me da un patatús, tuve que acudir a un banco para abrir una cuenta y regresé a casa volando porque mis pies no tocaban suelo de lo eufórica que iba. Encima de la cama encontré una carta de la CEE, el resultado del examen de la oposición, que nervios al abrirla no atinaba con el dedo y tuve que coger un cuchillo de la cocina ¡había aprobado! Tenía que incorporarme en el plazo de dos meses en Bruselas.

Y por eso estoy aquí en la República Dominicana, en un Luxury Resort, disfrutando de la playa, las comidas, los bailes, los masajes y excursiones que he contratado durante este mes, porque el próximo me voy a Bruselas en busca de apartamento. No me despedí de nadie, a nadie conté mi maravillosa suerte y espero que en mucho tiempo no me busquen porque yo a ellos no pienso hacerlo.

Escribí una carta a Martinasky narrándole suavemente la vida de tía Reme y la herencia que me dejó, es una mujer mayor pero aún tiene la cabeza en su sitio y como vamos a estar cerca pues vive en Holanda me ha invitado a su mansión, ahora sólo me queda encontrar pareja entre mis compañeros, o quién sabe si algún político.



 

 

 

 

 

 

 

 

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