
Como
hija única que soy intento mantener vínculos cercanos con mis
familiares y allegados por eso los sábados voy a comer a casa de mis
abuelos maternos con los que siempre paso una grata jornada. En una
ocasión llevaba noticias frescas, teníamos un nuevo miembro en la
familia e iba a enseñarles su foto.
Reuní
a los dos y dije –mirar, éste es Ramiro el nieto recién nacido de
Begoña-, mi abuela lo miró sonriendo pero él soltó un -¡no me
gusta ese niño!-. Me quedé sin palabras, mi abuela y yo nos
miramos y ella respondió -¡cómo puede no gustarte ese bebé! A lo
que él respondió –porque se llama igual que su bisabuelo quien
mandó encarcelar y matar a mi padre-. Nuevamente me quedé sin
palabras al percibir su sentimiento de dolor. Pero mi abuela que
siempre ha sido muy resuelta volvió a hablar -¡Qué culpa tendrá
ese niño de lo que haya hecho su bisabuelo!
No
quise ahondar más en el tema pero me reconcomía no saber esa parte
de la historia de mi familia, así que a la tarde mientras
merendábamos le pregunté y esto fue lo que me contó:
Iba
a hacer la Primera Comunión, el traje de marinero heredado de su
hermano mayor le quedaba algo corto pero no quitaba ápice de emoción
al momento tan crucial de su vida. Sus padres también andaban
contentos y nerviosos, su tío Braulio recién llegado de América,
había comprado un pequeño edificio cerca del centro, en breve se
mudarían al primer piso, donde cada hermano dispondría de su propia
habitación y sus padres abastecerían a los vecinos desde el colmado
alojado en los bajos. Habían gastado todos sus ahorros en comprar
productos necesarios para el negocio. Los escasos muebles de que
disponían ya se encontraban en el futuro hogar. Acostados en el
suelo pasaron su última noche en la vieja casa.
Los
tiempos que corrían no eran muy halagüeños, la guerra de la que
todos hablaban no había llegado aún a la ciudad, la lucha se
centraba en el norte y en la zona costera del Mediterráneo. La
incomodidad de los improvisados catres no fueron impedimento para una
noche en vela, sino las explosiones iniciadas a eso de las diez de la
noche. Todos corrieron a refugios improvisados en bodegas y
estaciones de metro. Las mujeres rezaban, los niños observaban el
tono bajo en que hablaban los hombres y sus semblantes preocupados.
Algunos compartían la escasa bebida o comida que en la premura de la
huida habían podido recoger, otros nerviosos no paraban de llorar y
maldecir a los que bombardeaban su ciudad. La niñez de mi abuelo se
vio repentinamente asaltada por el terror, el frío, el hambre y la
incertidumbre para cuando aquellos estruendos terminaran.
Una
vez el silencio se adueñó de la noche, malamente lograron pegar
cabezadas, los adultos eran conscientes que sus vidas peligraban y
desconocían como afrontar aquella situación. Al clarear el día y
no escuchar más explosiones iniciaron una lenta y temerosa salida
del refugio. El amanecer mostraba un paisaje desolador, edificios
derribados, agujeros en calles y parques, todo lleno de polvo y un
olor apestoso a pólvora, gasolina y madera quemada. Mi abuelo junto
a su familia se dirigieron primero a la vieja casa, para su alivio
aún seguía en pie y sin daños aparentes. Su hermano mayor quedó
a cargo de los pequeños mientras sus padres se acercaban al futuro
hogar para comprobar su estado. Mientras tanto su hermana Conchi
improvisaba un desayuno con lo que encontraba por la desabastecida
cocina. Las horas se hicieron eternas allí encerrados, su hermano
tenía la orden de no dejarles salir de casa bajo ningún pretexto.
Finalmente su madre regresó. No paraba de llorar, nunca la había
visto tan de desesperada, algo que jamás olvidó en su vida. No fue
capaz de articular palabra, hasta que un poco de agua le devolvió el
habla. Narró como su futura casa había sido pasto de las bombas,
todo el edificio había caído y la tienda de comestibles quemada.
Lo habían perdido todo, pero mayor era la pérdida del cabeza de
familia pues un grupo armado les había interceptado el paso cuando
regresaban, y uno de aquellos hombres apuntándole con un fusil le
había ordenado subir a un camión para llevarle detenido.
Su
madre no paraba de llorar, no sabía cómo consolarla, sólo era un
niño, pero tenía claro que odiaba a quien causaba tanto dolor a su
familia. En la jornada siguiente tío Braulio asomó por casa,
preocupado y cabizbajo, su madre le contó lo ocurrido, quedando en
ver la forma de enterarse donde estaba encarcelado y si podría hacer
algo por él.
No
había donde comprar comida, tan sólo se abastecían del agua de la
fuente y bien con infusiones o bien con alguna verdura, lograban
saciar su hambre aunque no su tranquilidad. Debido a la escasez, un
pelotón armado les trasladó junto a algunos vecinos a una casa
grande, todos apretujados se hacinaban en estancias que antaño
habían sido lujosas, controlándoles y abasteciéndoles con algo de
comida y bebida, así como permitiendo que se asearan mínimamente.
Dos semanas pasaron en aquel lugar, vigilados continuamente, rezaban
en silencio, rogando a Dios les ayudara en aquel difícil trance
bélico. Por fin un día apareció su tío Braulio, con malas
noticias, mediante el Embajador inglés se había enterado que la
checa en la que encerraron a su padre era de las peores, estaba vivo
pero mal atendido y desgraciadamente figuraba en una lista de
traidores, era cuestión de días que le montaran en un camión y lo
fusilaran. Su madre dio rienda suelta a su desdicha y no dejó de
llorar en días, no tenía idea de lo que era una checa y quería ir
a rescatar a su padre pero qué podía hacer un niño en medio de una
guerra, sólo eran comerciantes que no se metían en política ni en
historias parecidas, no entendía el motivo por el que querían matar
a su padre, que a pesar de tener mal genio era un buen hombre y les
quería con locura.
La
situación de ellos tampoco era fácil, los vigilantes se
aprovechaban de sus armas para intimidar y abusar de las mujeres, su
hermana se pasaba el día escondida y su madre a duras penas se
sustentaba en pie al no querer probar bocado. Seguían sin noticias
de su padre cuando volvieron a oír el sonido de bombas cayendo.
Desconocían quienes atacaban pero el afán por sobrevivir les hizo
correr hacia la boca de metro más cercana. Una noche de silbidos,
explosiones y disparos de metralleta les mantuvo en vela, cuando por
fin se hizo el silencio, nadie se atrevió a salir hasta que un
soldado asomándose a la boca de metro gritó “¡ya sois libres han
huido!”. Fue entonces cuando una fila silenciosa emergió a la
calle y vieron la destrucción provocada por los bombardeos. El
edificio que hasta entonces habían ocupado seguía en pie y hacia él
se dirigieron, no habiendo vestigio de sus vigilantes. Algunos se
desperdigaron por la ciudad intentando volver a sus hogares por ver
si podían rescatar alguna de sus pertenencias. Ellos permanecieron
allí y no fue hasta la tarde que apareció nuevamente tío Braulio
acompañado de su padre. Justamente esa mañana le tocaba subir al
camión, pero a causa del bombardeo sus carceleros huyeron y con
ayuda del ejército nacional les excarcelaron de la checa y pudo
salvar su vida. Permanecieron un par de meses en aquel alojamiento
provisional hasta que su padre encontró un nuevo hogar y un nuevo
empleo con el que mantener a su familia.
El
abuelo volvió a dejarme sin palabras, según contaba Ramiro Valtueña
bisabuelo del Ramiro recién nacido era el jefe de la checa donde
encarcelaron a su padre.
Se
tardaron años en reconstruir la ciudad, un nuevo Gobierno muy
diferente al anterior regía el país, mi abuelo y sus hermanos
crecieron, estudiaron intentando ser personas de provecho y poder
labrarse un futuro. La economía de su familia era modesta pero
todos arrimaban el hombro estudiando y trabajando al mismo tiempo,
así fue como él pudo hacer su Primera Comunión de forma más
sencilla a la planeada, pero lo importante era que todos estaban
bien. Terminó sus estudios en la Universidad, conoció a mi abuela
y se casaron. Formó una familia en una ciudad distinta a la suya
regresando siempre que podía para ver a los suyos.
En
su nuevo destino prosperó, formó parte de una nueva comunidad, con
muchos y buenos amigos, sus hijos nacieron y crecieron en aquel
entorno, se casaron y le dieron nietos con los que pasar sus ratos de
ocio de una jubilación merecida. Ni él ni su mujer jamás
volvieron a mencionar la guerra, el país había logrado una
Constitución pactada y la paz llevaba años instalada en el
territorio. Ahora los problemas de mi abuelo eran Hacienda, los
fondos de inversión, la salud, ir a la compra con mi abuela o pasar
unos días de vacaciones con sus hermanos o cuñados, un modo de vida
relajado. El cumplir años iba mermando su salud, algún susto que
otro le tenía preocupado, pero llegar a ser octogenario era algo que
muchos de sus conocidos no habían logrado.
Sin
embargo ochenta años de prosperidad, felicidad y bonanza en su vida
no consiguieron borrar el trauma ocasionado cuando sólo era un niño
y esa historia siempre ha permanecido en su memoria dejándome sin
palabras ante el sentimiento de dolor tan profundo que mostraba
mientras la contaba.

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